Zamorano

Chile's Ivan Zamorano begins celebrating his goal during the Austria vs Chile World Cup Group B match, Wednesday, June 17, 1998 at Geoffroy Guichard Stadium in Saint Etienne. Other teams in Group B are Italy and Cameroon. (AP Photo/Denis Doyle)

Se terminaba su mundial, Chile caía 1-4 ante Brasil en el Parque de los príncipes, París. Sólo faltaban algunos segundos, la eliminación era un hecho, sin embargo quedaba una última chance: tiro libre a favor, a unos 25 metros del arco custodiado por Taffarel y es Iván Zamorano, capitán y sempiterno goleador nacional, quien tomó la pelota con la ansiedad de niño apurado; nadie osó reclamar la oportunidad. Le urgía, lo había buscado durante los 4 partidos de Francia 98 y aunque un gol suyo ya de nada serviría, al menos para él presentaba el símbolo de su estancia, porque de eso viven los goleadores, en eso piensan antes, durante y después. La acomodó, fijó su vista, pasó parte de su cabello por detrás de la oreja y luego de una última inhalación, el remate; el tiro iba más que correcto, sorteó barrera y se apegaba al palo derecho del portero, sin embargo, el meta del scratch no estaba para homenajes ni ser el liberador de deudas personales: voló mejor que nunca y con el brazo bien estirado, la sacó cuando la bocha del nuestro pedía red. El delantero siguió la jugada, observó alejarse la pelota, dio un saltito, luego una mirada al cielo, luego otra al suelo, exhaló y finalmente hizo las paces con el destino tras un par de chuchadas. El gol no llegó, en su único mundial, a los 31 años.

Es cierto que no convirtió, pero si hubo un jugador que puso carisma y actitud adentro de la cancha durante ese mundial inolvidable, ese fue Zamorano, el gran capitán. Algunos podían discutir sus atributos futbolísticos, ‘que es muy tieso’, ‘que no la pisa’; otros que le gustaba mucho la farándula y que cantaba como las weas; pero lo que nadie podía poner en duda, era el coraje cada vez que salía a la cancha, y que siempre, cada vez que se puso la roja y llevo la cinta, dio la cara, huevió al arbitro, arengó a todos e incluso más de una mano le dio a don Nelson a la hora de mover al equipo. Zamorano era el líder y así jugó ese mundial, pese a no haber convertido. Ahí estuvo su cabeza, ese don brutal con el que contaba, para iniciar el empate a Italia y el gol frente a Austria; ahí estuvo su personalidad, para destrabar la emoción en ese momento en que los ojos picaban, y aleonar a un equipo y a un país completo con ese ‘¡¡VAMOS CHILE MIERDA, VAMOS CARAJO!!’ al cierre del himno en el trascendental juego contra Camerún; ahí estuvo Zamorano, corriéndolas todas, pidiéndolas todas, dejando la piel, porque eso nunca podrá reprochársele. Es verdad que no anotó en ese mundial, pero puta madre que supo ser capitán.

Ese Chile de los 90 que buscaba reconciliaciones por decreto, que temía hablar mirándose a los ojos y que salvo un par de intelectuales a los que sólo la elite de siempre conocía, mayor referencia internacional no aparecía. Salvo Iván Luis, un flaquito de Maipú, hijo de esa clase media orgullosa de ser clase media porque viene de más abajo que eso y que soñó en grande porque si no es imposible conseguirlo; ahí estaba el orgullo de su padre, al que no pudo llevar al Bernabéu ni al Meazza, porque se le fue antes y seguro esa siempre fue su gran pena, y su gran causa; porque esas son las cosas que constituyen la vida de una persona, esas gigantes que provienen de lo simple, como la cazuela de su vieja o el tener un hijo y enseñarle jugar a la pelota.

Todo el país siguió su campaña en el Real Madrid, detrás de canal 9, con los relatos de Juan Manuel Ramírez. Sagradamente, en familia o solo, daba lo mismo, había que verlo. Los goles se gritaban como propios y Valdano a su llegada, el enemigo publico de Chile. Es que el argentino no quería al nuestro en la plantilla y se le buscaba club en Alemania, pero Zamorano quería lucharla, reconstruirse la oportunidad; y se quedó, la guapeó y a los 14 segundos de iniciada esa liga, ya cobraba. Si el 9 ya era ejemplo, luego de esos huevos, se ganó el respeto hasta del más escéptico de los tontos graves. Y le metió tres pepas al Barcelona, fue el goleador de la liga y de su pie derecho salió la bomba con que conquistaron el titulo; un golazo que lo pilló justo a él en el momento preciso, para causar el delirio de un estadio a reventar y festejar como se piensa de niño, sin camiseta y con la cabeza mareada.

Fuera de la cancha también Zamorano se convirtió en referencia, claro que sí, era inevitable, no había nadie más famoso que él. Por esos tiempos tenía pegado el acento español, promocionaba hamburguesas y salía con modelos. La vida sentimental del ídolo también siempre tuvo a todos en vilo, Daniella Campos era la novia de Chile y lloramos con lo de la Kenita. Y claro que también ha sabido del rechazo, como cuando fue cara del transantiago y luego el sistema funcionó como el hoyo. E inquietos al enteramos del pastelazo en la ciudad deportiva, pues la historia de Zamorano es paralela al día a día.

En la cancha, el recuerdo es de grandeza. No convirtió en el mundial, pero sus 12 goles en las eliminatorias fueron fundamentales, no por nada terminó como el goleador; también su presencia cuando no pudo estar en los últimos cotejos de esas clasificatorias, ya que aunque no se vestía, desde la banca lo seguía, implicado, esperando que el joven Matador se hiciera cargo. Y los goles en la Copa América de 1991 o de 1999, también en los Juegos Olímpicos o esa despedida de la roja a lo grande ganándole a la Francia de Zidane en un nacional lleno. Ya son 49 años de Zamorano y aunque ahora su peinado es más pituco, en mi cabeza sigue teniendo la pichanguera, va con la 9 puesta y lleva la cinta. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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