Ya no está Batistuta

Frente a el portón, ahí chuteaba y era campeón del mundo, con Chile. No había otro juego, no eran los autitos, ni el Atari, era la pelota, el portón y mi imaginación. Llegué al fútbol como casi todos: primeros pasos y la pelota que te la tiran; desde ahí, no hubo otra posibilidad para el ‘Viejo Pascuero’. Me gustaba jugarlo, tanto que no me cuestioné nunca el hacerlo solo, aunque sabía que era de 11. A veces iba a la plaza y jugaba con niños más grandes, pero todavía era demasiado chico como para tener permisos prolongados. Mi vieja me cuidaba, y a pesar de mis berrinches, brujamente no cedía. Aún así, de esas experiencias aprendí a contener el llanto, a convivir con las rodillas con sangre y no temerle a las patadas. La pichanga en su dimensión social primaria.

Paralelamente al juego, comencé a observarlo, así también se aprende, y también se comienza a interpretar. El fútbol es la temperatura del cuerpo mientras se juega, pero desde afuera nace su lenguaje, y no es otro que el hincha quien se lo brinda. Con 5 años ya era un pleno hincha, de hecho me senté a ver todo Italia 90, y obvio que tenía el álbum. La lamina que más tuve fue la de Walter Zenga, el arquero italiano. La que no tuve fue la de Batistuta, porque no jugó el mundial. Conocía a Caniggia y Goycochea, héroes de ese torneo. No estaba el Diego, pero seguían siendo los subcampeones del mundo, y Chile, sólo era campeón en mis pensamientos, mientras gambeteaba y de un derechazo abollaba el portón. Mi vieja no me retaba, mal que mal, era eso o el temor de una chuleta en pleno cemento.

A mi papá lo conocía poco, nos veíamos, pero no muy seguido. Decir que era un tipo futbolero puede ser cierto, pero tampoco era un fanático. Conversábamos de fútbol, pero no demasiado, más me interrogaba con eso de las capitales: -«¿Paraguay?»- preguntaba, y yo sin dudar, respondía -«Asunción». Y así. Al cabo de un tiempo, me supe muchas. Sin embargo, ese día, nos tocaba el mejor plan que alguna vez se le ocurrió: ir a ver Chile – Argentina al estadio. ¡Me volví loco!

Lo recuerdo todo, o eso creo: mi mamá ordenándome el pelo, la ropa y limpiándome la cara, afuera un auto tocando la bocina y el comienzo de la aventura. Una masa de gente que nunca antes había visto, la tensión que se diluía en canticos y una efervescencia sin demasiado sentido, pero absolutamente real. Todos tan distintos, pero a la vez alineados en una causa, en un lenguaje común y en un deseo honesto, emocional, lleno de sangre. Mi viejo que paraba a comprar una bandera y yo que sólo quería entrar y lo apuraba: después de eso, nos hicimos amigos. Ya en la galería, descubrí el apego, a la selección cuando ingresó a la cancha: ¡Cómo latía mi pecho! Y a mi viejo, que me cuidó en todo momento; con un abrazo, con un «tranquilo», y con conversaciones sin sentido. El caballero de al lado decía que Argentina era pura pinta, y el que estaba atrás criticaba a Arturo Salah, porque Chile no jugaba como el Colo Colo de Jozic y además faltaba Mariano Puyol.

No quedaba tanto partido, ‘La Roja’ lo había intentado, a ratos superado, pero Argentina no dejaba de hacer lo propio. El Nacional estaba colmado, creo no haber ido al baño durante las 3 horas que estuve allá adentro, porque no se podía; el partido no te dejaba, el nervio aplastaba las rodillas, y de hacerlo, todo el estadio se movía. Eran otros tiempos, cuando la seguridad partía por respetarse aún estando apretados, y setenta mil personas era cierto y no un verso publicitario.

Goycochea saca desde su arco, con tranquilidad, y largo, muy largo; Batistuta va en busca del balón, pero queda corto, sin embargo, le queda a Caniggia, que la frena con la mirada y juega en dos tiempos, al espacio, ahora sin mirar; Batistuta había quedado corto, pero el instinto de un 9 es el orgullo, voltea y persigue la oportunidad; Batistuta ya tiene la redonda en sus pies, ingresa al área a toda velocidad, la defensa roja corre en masa y desesperada, pero ya es tarde: define cruzado, de izquierda a derecha, usando todo el arco, la pelota usa el poste y suavemente besa la línea hasta ingresar. Batistuta corre como si fuese la final del mundo, lo celebra en la cara de la galería. Chile 0, Argentina 1. Fase de grupos, Copa América 1991.

La salida de la cancha tuvo esa tristeza agitada, mezclando rabia y pena. Las frases de la gente comenzaban con fuerza, puntudamente encarando al viento, pero al rato la realidad ahogaba la queja, y el silencio era quien ganaba. La derrota, la implicancia de la derrota; caer una vez más con Argentina, a pesar de hacer un partido correcto, frente a ese vecino distinto y altanero, que en tres toques sacaba el potrero. Chile jugaba bonito, pero lento; Argentina jugaba rápido y te clavaba. Desde ese día, con apenas 6 años, lo transformé en mi ‘rival’ especial, y a Batistuta en mi 9 de referencia.

«No siempre se gana» fue lo que dijo mi papá cuando nos sentamos en una fuente de soda a comer un sanguchito. Parecía tan acostumbrado a eso. En mi caso fui un poco más rebelde, porque seguí siendo campeón del mundo frente al portón, y poco a poco mis días en la plaza se fueron extendiendo.

Mañana juegan nuevamente Chile contra Argentina, muchas cosas han pasado desde 1991; ya no está mi viejo, tampoco Batistuta, pero el fútbol sigue y agradezco enormemente saber que voy a ir de un lado para el otro, y que pase lo que pase terminaré exhausto, viviéndolo a pleno, igual que esa primera vez. ‪#‎BB‬

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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