Una revancha en tono olímpico

Los Juegos Olímpicos son competencia, eso es innegable, pero también un permanente ejercicio simbólico. Apreciar esa multitud de disciplinas muchas veces no acostumbradas a ver, como también la increíble capacidad de sus exponentes, genera fascinación colectiva. Y claro, la expresividad propia del instante, cuando se conjuga el presente activo con las expectativas instaladas, sentencian la atención definitiva. Sin dejar de mencionar, además, las distintas historias de sacrificio que rodean a la mayoría de los atletas, generando admiración sincera y un paradigma a perseguir.

El mensaje derivado de la propia riqueza del deporte y de sus deportistas se inhala en sí mismo, en la actividad que transmiten, en la fuerza y el talento expuesto. Obviamente el resultado es un reflejo, pero el cómo, el viaje realizado, la ansiedad del momento y la perspectiva del intento se traduce de manera clara y natural; es una explosión de sensaciones.

Ayer todos apostaban a que sería uno de los tantos personajes llenos de gloria deportiva existentes en Brasil quien tendría el honor de encender el pebetero olímpico en la ceremonia inaugural. Sin embargo fue, para sorpresa de todos, Vanderlei Lima el que lo haría.

Vanderlei Lima, ex maratonista y próximo a cumplir 47 años, fue finalmente quien se robó las miradas del mundo anoche en el Maracaná de Río de Janeiro. No estaba en los planes de nadie, pero quizás esa sea la demostración propia del particular espíritu olímpico, ese paralelo a la normalidad.

Vanderlei, bicampeón panamericano del Maratón (1999 y 2003), llegaba los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 sabiendo que podía ser su gran oportunidad. Los rivales africanos se apoderaban del favoritismo, pero él, en silencio, sabía que estaba bien preparado; en su fuero interno se tenía fe. Y con esa convicción, fruto del trabajo de años, corrió. Corrió tan bien que ya bien entrada la carrera (kilometro 36 de 42) ganaba por un margen considerable, llevando un ritmo solido y sostenido. Para hacerla bien corta, no tenía cómo perder la medalla de oro. El sueño estaba ahí, simplemente manteniendo el tranco. Pero sucedió algo que no estaba en los planes, quizás sí de algún guionista dramático, y también en la cabeza del fanático religioso Cornelius Neil.

Cornelius Neil, un irlandés que cree en la biblia tal cual se lee, quiso llamar la atención del mundo y no se le ocurrió nada mejor que interrumpir la carrera de Vanderlei. Saltó al asfalto, mientras miles de personas alentaban el paso de los corredores, y lo abrazó, frenándolo. El brasileño, sin entender demasiado, con el rostro desencajado, pudo escabullirse del acoso, pero la intempestiva aceleración del pulso, la perdida de la frecuencia y el shock mental ya se habían instalado. Fue una escena dramática, en el último día de esos Juegos Olímpicos.
Finalmente Vanderlei Lima acabó la carrera, pero saboreando un amargo y desconcertante bronce. Aun así, con toda la dignidad del mundo recibió esa medalla, sin reclamo, sumamente orgulloso. Tal vez porque el resultado, así como el insólito imprevisto, eran tan sólo un detalle más de los distintos y variados escollos que le había brindado la vida. Quien comió mierda siempre mira de frente y para adelante. Y ese adelante llegó anoche. ‪#‎BB‬

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
Contacto: Twitter

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*