Cuando Chile le ganó a Argentina, con gol del «Choro» Navia

Chile no era candidato ni mucho menos. Por supuesto buenos jugadores había pero la expectativa no iba más allá de hacer un digno papel. Ojalá en lo posible ilusionarse con un par de promesas que elevaran la moral, y bien a mano el discurso de la mala fortuna por ese gol desperdiciado, y a ese maldito saquero que no cobró el penal. Todo estaba dispuesto para el truco habitual. Sin embargo el equipo sub 23 chileno se nutría de futbolistas con experiencia, en su mayoría jugando en primera y con varios de ellos ya habiendo debutado por la adulta. En el banco, además, se encontraba el siempre astuto y pintoresco don Nelson, quien pese a usar poco las bandas y de vertical nada, aseguraba el verso y se tenía fe «hemos venido a conseguir uno de los dos cupos», dijo serio aunque bajito al llegar a Brasil. El objetivo: los juegos olímpicos de Sydney 2000.

El torneo se jugó en las ciudades de Londrina y Cascavel. El local, obvio favorito, presentaba a un equipo rápido y potente, liderado por la nueva gran joya del Scratch, Ronaldinho Gaúcho. Argentina, el otro gran candidato, mostraba algunos nombres: Riquelme, Aimar, Saviola, Cambiasso, por citar cuatro. Tremendo. Uruguay, desde su eterno espíritu competitivo y con buena parte de la generación que fue finalista del mundial sub 20 de 1997, también mostraba pergaminos. Otro aspirante era Colombia, que previo al torneo ganó todos y cada uno de los amistosos que jugó. La Roja la tenía peluda. Y para colmo en el debut tocaba el dueño de casa.

Tras un primer tiempo promedio -especulativo, peloteados y al aleluya del rajazo-, Chile conservaba el 0-0. Di Gregorio se vestía de héroe en el arco; Huaso Álvarez parapetado en la banda derecha; Olarra y Contreras lustrando el área chica; Tello sacándole la punta a la marca; tres volantes centrales (Maldonado, Ormazabal y Kalule Meléndez) conteniendo en lo posible; Pizarro naufragando como enganche; y arriba, en triste anonimato, Navia y Tapia. Uno que otro melón con vino les llegó a los delanteros y cuenta el mito que hubo una jugada por fuera: un centro desmedido de Álvarez.

Acosta pateaba la perra porque el equipo no lograba contener el vendaval amarillo; eran palos, sacadas de la línea y patadas al aire…aunque con la conciencia tranquila de saber que tras 60 minutos se seguía empatando. Aún así, todos sabíamos que era cosa de tiempo, esa película ya la habíamos visto. Y así fue: a los 63 minutos, tras toque-toque-toque, el delantero Alex ingresó al área con el cuero dominado, y bajo el segundo de calma, frotó de picotón en beso carioca, haciendo estéril el rápido achique de un Di Gregorio que había estado inspirado. 1-0. Cagamos, fue la expresión universal del chileno promedio que miraba el partido en esa tarde de verano.

Curiosamente, el Scratch al abrir el marcador bajó el ritmo y fue justo ahí que un incisivo y energético Julio Gutiérrez -que ingresó por Navia-, le dio aire a los nuestros. Fue así, con el equipo algunos metros más adelantado, que un tiro de Tapia de rebote le llegó a Pizarro, y el enano desde 20 metro clavó un empeine tres dedos paralelo alucinante, sacando con fuerza un grito de gol inesperado. Golazo.

Mañas, la hora y el juego que se empató. Acosta, orgulloso, felicitaba a los suyos. De fútbol, poco, pero el empate era buenísimo y un apronte prometedor.

Sin embargo el discreto nivel de juego continuó y tan sólo dos penales fantasmas de la ‘sombra’ Espinoza al final de cada tiempo, pusieron a Tapia a 11 metros, castigando en ambas ocasiones y dando a Chile un ajustado 2-1 frente a un tibio Ecuador. Los 4 puntos eran importantes, no obstante, el nivel ofrecido por la Roja no daba para grandes entusiasmos. Inevitablemente asomaron algunas críticas, no del todo conceptuales, es cierto, pero al menos emocionales: este Chile no convence, decía el gran intelectual del momento, Mario Maurizziano.

Don Nelson estaba dolido con las críticas, así que dispuso un equipo con vocación ofensiva para el siguiente juego, casualmente, frente a Venezuela. Ofensivo en esos años era jugar con dos volantes creativos. Pizarro y Rodrigo Nuñez estaban llamados a generar la diferencia a través del viejo recurso del ‘güeno pa la pelota’ iluminándose. El sistema reducido a un par de 10 prendidos y que los de arriba no temblaran. Cinco minutos y no pasaba nada. Diez minutos y la Roja corriendo detrás del balón. Quince minutos y el flaco Olarra de puntete al corner. La vinotinto nos daba un toque y nos presentaba a un desgarbado moreno llamado Juan Arango.

Pero goles son amores y los del caribe rebotaron como galán ansioso por whatsapp, a diferencia de Tito Tapia, quien una vez más salvaba la plata en una jugada aislada clavando a los 43. El mote de equipo pragmático con subtitulo de equipo cueudo se tomaba el cartel. Pero el gol de Tapia dio un semblante diferente al segundo tiempo: el desorden se apoderó del rival, Nuñez mostró clase, Manolito Neira a los 57 y otra vez Tapia a los 58, sellaron el 3-0. Chile, sin brillar, cerca del cuadrangular final.

La selección adulta tenía unos amistosos pactados para la misma época del preolímpico, y don Nelson, súper serio, abandonaba el barco en medio de todo. Pero casi clasificados al cuadrangular final, refutaba soberbio ante las consultas. Su asistente, Héctor Pinto, quedaría a cargo.

Faltaba sólo un miserable empate ante una Colombia de tranco irregular. Chile, engrupido, se pasó el rollo y cuidó a los amonestados. Flor de baile. Yerko Darlic y César Santis daban caldo al medio. Colombia la movió y nos goleó 5-1. El recién asumido Héctor Pinto se tragaba una boleta. Todos apuntaríamos a un gran responsable espiritual: don Nelson. Quien, dolido una vez más, ya no contestaría más preguntas al respecto. Con los 4 partidos del grupo ya jugados y libres en la última fecha, los 7 puntos no alcanzarían para meterse en el cuadrangular final. Los cafeteros debían caer por 7 goles de diferencia en su partido con Brasil. ¡Siete! Además, encuentro en el que a ambos les servía un empate.

No obstante, hubo cuatro detalles que marcaron un tramite insospechado: Colombia, envalentonada luego del macizo triunfo ante la Roja, salió a buscarlo con arrojo prematuro; Brasil, por su lado, necesitaba de un gran partido para tapar las críticas que se centraban en un debilitado Wanderlei Luxemburgo; Ronaldinho despertó enchufado; y don Nelson en Chile se comía un asado, en plan cábala. Los muchachos chilenos, con las maletas listas, miraban el partido por la tele, como un mero compromiso. Pero de pronto un gol y, al ratito, otro gol, y otro, y otro, y otro: 5-0 al cabo de los primeros 45. Y ya parecía impactantemente posible. Todos de pronto excitados, embobados presenciando algo ridículo. ¡Y fueron 9 goles! ¡MILAGRO! Brasil destrozó a Colombia 9-0 y los jugadores en el hotel se tiraban extasiados a la piscina, con ropa y maletas.

Tras la locura del destino la Roja ya no podía flaquear, por el contrario, había que ser dignos del milagro. El cuadrangular nos tenía frente a las 3 potencias de siempre, Uruguay el primer rival. Chile, el invitado de piedra, el que se coló por la ventana, finalmente se soltó y Pizarro desparramaba ese fútbol de cerro y potrero. Se gambeteó a 3 orientales y cuando se sacó al cuarto de rabona, ¡los celestes le querían pegar! Fue un 4-1 precioso, de toque y lujo. Chile se había soltado. Si hasta Rodrigo Ríos hizo un golazo. El viento siguió a favor y contra Brasil partimos ganando, pero un gol en contra del Huaso Álvarez nos bajó los decibeles y Ronaldinho al minuto del segundo tiempo puso el 2-1. Terminaría 3-1 en contra, pero con la opción intacta: se definiría todo en el juego frente a Argentina, un dream team que no despegaba, pero era Argentina, el chacal de siempre. Igualados en todo, en caso de empate tras los 90, habría penales: sí, final a todo lo alto.

Fue un 6 de febrero del año 2000, en Londrina. Todo el país expectante. El grupo de futbolistas sabía que debía jugar el partido, hasta ahí, más importante de sus vidas. Era fútbol, pero también más que eso: era arrebatarle a la biografía sus palabras frecuentes. Y así fue, con fútbol, garra y personalidad. De tú a tú, sin cagarse. El temor de que en la difícil viniera el arrugue asomaba como relato conocido, pero no era el minuto, menos luego del trayecto milagroso, menos en tiempos de nueva era, menos en una final contra la albiceleste y toda la fanfarria que encierra su verso de pelota. Chile, aplomado y serio, quería mapa olímpico.

Minuto 85, Álvarez desde un lateral busca en tres cuartos a Nuñez; este combina con un Gutiérrez de pies rápidos que le juega la pared; abre a Tello -sí, Chile lo buscaba y usaba la cancha-, quien no duda, avanza y mete el chimbazo; el tiro es fuerte, arrastrado, difícil para el Tigre Muñoz, que la deja picando en área chica; y ahí estaba Navia, el Choro de Valparaíso que hasta ahí hacía un gran campeonato. Pero goleadores son goleadores, y atento, olfateando como centro delantero, anticipó a todos y de un toque con la parte externa del pie derecho la puso en la malla. El ‘¡Gooool conchatumadreeee!’, se oyó en todas partes. Tapia se tomaba la cara con incredulidad, Di Gregorio se bañaba en el pasto y las bocinas comenzaron a cantar en todas las calles del país. El rostro de Navia festejando se hizo eterno. Chile le ganó a Argentina, jugando en su campo y fue a los juegos olímpicos, brindándose el premio de una hazaña, cambiando las palabras del discurso conocido. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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3 comentarios en Cuando Chile le ganó a Argentina, con gol del «Choro» Navia

  1. Durante el preolimpicon, el DT era Hector Pinto
    debido que la seleccion adulta jugaba la «Sahara Millenium Cup» en la India. Last but not least… esta pagina es realmente excelente!

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