Una historia de fútbol…

Diego Milito (y Gabriel)

Mirta salía a la cuadra y les gritaba: “¡¡Diego!! ¡¡Gabriel!! ¡¡A estudiar, boludos!!” Pero ninguno le hacía caso a su madre, estaban demasiado concentrados en aquellos verdaderos significados que a los niños definen -y que algunos adultos se inventan que olvidan-: jugar, fantasear, dejarse llevar.

Esta historia se trata de Diego, pero es imposible narrarla sin Gabriel, el hermano que apareció catorce meses después quitándole la exclusividad del cariño y de la pieza; aunque a la vez el secuaz perfecto para dar la vuelta por el Barrio ferroviario de Bernal, en Quilmes, al sur del gran Buenos Aires, escapando de los llamados de su vieja para jugar a la pelota, también de los vecinos por los vidrios que quebraron, e ir con la misma pandilla mirando “pibas”.

No obstante la complicidad entre ambos, la pica existía, competían y se neutralizaban el uno al otro, con el veneno de la lengua o el puñete en un mentón. El roce propio del día a día erizaba naturalmente los conflictos, al igual que en la cancha cuando el mayor se iba para arriba en busca de la red y el menor lo esperaba en el área para bajarlo.

Claro que si había un tema que lograba tensionar la fraternidad, ese era el apasionado y vesánico momento de ser hinchas: Gabriel respondía a los deseos de su padre y al de la mayoría de sus amigos siendo fanático de Independiente de Avellaneda; Diego tomó el camino contrario, escuchando los relatos de su abuelo, esos que hablaban de viejas glorias pasadas en un presente deprimido, donde los héroes no llevaban espadas ni conquistaban princesas, sólo eran humanos que cambiaban el destino de sus vidas y de la gente a punta de goles y trancadas. Y a través de la empatía del escupitajo corriente fue que comenzó en el profundo anhelo de ser futbolista…futbolista de Racing de Avellaneda.

Los estadios de ambos equipos están uno al lado del otro, pero las canchas de entrenamiento para las inferiores no, fue así que el primer gallito lo ganó Diego e hizo que el viaje al profesionalismo de ambos se iniciase en la “Academia”; sin embargo las condiciones que ofrecía Racing eran precarias, Gabriel que había llegado con una mueca en la cara, lo aguantó poco tiempo y pronto se fugó al “Rojo”, el equipo por el que latía y del que tenía un poster en el lado que le correspondía de la pieza. Diego se privó un año de seguir jugando, no había plata para el colectivo y era el menor quien presentaba las mejores aptitudes para lograrlo. Sí, el delantero tenía condiciones, pero el defensa parecía un superdotado y todos así lo sentenciaban. Se la comió callado, sin envidia, pero acumulando ganas.

Diego volvió a Racing después de un año y la remó con esfuerzo, mientras Gabriel avanzaba a paso rápido en “la contra”; Tan rápido que con 17 años ya debutaba con el apodo de “El Mariscal”. Habían dos hermanos Milito, uno era un proyecto incierto de delantero en una institución al borde de la quiebra, el otro llenaba las portadas de los medios y se perfilaba como el defensa con mayor potencial del fútbol argentino.

Pero ya es tiempo de dejar a Gabriel de lado y concentrarse en Diego.

Diego Milito entrenaba por la reserva de Racing y se enteró de que realmente el club de sus amores había quebrado. Tampoco tenía contrato y con 20 años ni siquiera había debutado en primera. La situación lo tuvo al borde de colgar los botines y de concentrarse exclusivamente en sus estudios de ciencias económicas. Pero no quiso renunciar y pese a que leía frías palabras de Smith, en su sangre corría todavía el espíritu novelero que le transmitió su abuelo. Debutó ese mismo año como profesional (1999) y se sintió como un personaje secundario de un breve cuento, algo que para él sin duda era mucho más valioso que ser un anónimo de terno, marcando el paso de la vida moderna.

Racing sobrevivió a través de un gerenciamiento, con Diego Milito en el plantel. De a poco comenzó a jugar y marcar goles. Presentaba características interesantes, sobre todo un buen desmarque, sabía ocupar las puntas y recogerse. Además la embocaba. Y así, de estar a un centímetro del retiro, fue pieza clave en el primer campeonato nacional de la “Academia” después de 35 años (2001). El fervor que despertó ese título en la desenfrenada y fiel hinchada terminó de confirmar el romance y que todo lo vivido había valido la pena.

Tras eso su vida cambió para siempre. Llegó a una selección nacional conformada por jugadores del medio local y Bielsa le limpió la cabeza: “Diego, vos jugás bien y querés jugar bien. Pero sos delantero, y los delanteros hacen goles”. Le mostró vídeos de Batistuta, Salas y Van Basten. Diego Milito entendió que el tiempo de ser aspirante había quedado en el pasado y voló a Europa.

Humilde, sin humos en la cabeza, llegó a la “B” italiana a demostrarse que podía. Genoa fue el destino y no se cansó de hacer goles durante dos temporadas. Fue así que arribó a Zaragoza, un cuadro que por ese entonces competía fuerte en España y que curiosidades del destino tenía en la plantilla a su hermano, Gabriel.

Con Gabriel no pisaban la misma cancha desde un viejo clásico del año 2003 jugado en Lanús: esa vez Diego hizo un gol y pidió tarjeta roja para su hermano chico por una falta. Gabriel lo llamó “vigilante” y le sacó la madre. Diego le recordó que tenían la misma. El partido terminó empatado, con ambos peleados y sin hablarse durante la noche: aún seguían durmiendo en la misma pieza.

Pero esta vez serían compañeros y juntos ganaron una Copa del Rey. Luego Gabriel fichó en el Barcelona. Diego volvió a Genoa, que ahora estaba en la serie “A”: La descosió y a final de temporada fue contratado por el Inter de Milán. Ahí conoció a Mourinho, lo ganó todo y fue elegido el jugador europeo del año. Y cómo no, si con dos golazos suyos frente al Bayern Múnich junto a su equipo ganó la Champions League. Sí, el mismo que parecía un delantero de futuro incierto, se transformó en el delantero más letal y admirado del mundo durante esa temporada. Y era así, porque todo lo que tocaba Milito iba adentro. Además el tiempo le había entregado el carisma y la personalidad necesaria para ser figura a nivel mundial. Ese año debía ser su Copa del Mundo, pero aunque fue a Sudáfrica, Maradona tenía otros favoritos.

Las lesiones torpedearon la continuidad de su estelaridad, aun así le ganó varios clásicos al Milán con la simple estampa.

Regresó a Racing el 2014, al amor que él quiso perseguir, el lugar donde alguna vez soñó con ser protagonista de algún relato futuro. Volvió como capitán, fue campeón nuevamente y nunca llegó tarde a un entrenamiento, ni se quejó, ni pidió un trato distinto. No fue divo, porque a diario se vestía con la pasión de consumar un deseo infantil, quizás ficticio.

El sábado 21 de mayo de 2016 se retiró a estadio lleno, como un crack y profundamente emocionado. Construyó más que un cuento, se construyó a sí mismo. La hinchada no paraba de corear su nombre, con poleras alusivas que decían: “Milito hay uno solo”. Él sabe que no es así, pero sonríe, porque también es fanático, entiende el lenguaje y por eso fue rebelde y conquistó su destino.

“El príncipe” de esta historia es Diego Milito, se retiró con un gol de penal y fallando otro, como ídolo humano, como esas historias de escupitajo corriente, donde no importa lo perfecto, porque se trata de fútbol, de letra y de calle.
Gabriel el día viernes asumió como técnico de Independiente, parece que nuevamente le tomó algo de ventaja. Diego ahora vive la desolación de dejar de hacer lo que es, pero ya aseguró que algún día quiere ser entrenador y seguramente no dejará que su secuaz de toda la vida se escape solo. Es que a Diego Milito le encantan las historias, no marcar el paso, y todavía quiere jugar, fantasear, dejarse llevar… ‪#‎BB‬

Acerca de Roberto Meléndez 413 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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