Una comedia olímpica

Quienes están presenciando los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro se lo están pasando en grande, viviendo cada segundo con extrema atención, bordeando una tensión viciosa, que parece irrenunciable delante de la adrenalina de la competencia; pero ese exquisito delirio no es para todos, al menos no para Julio.

Julio tiene 33 años y sigue viviendo con su mamá; ella lo quiere mucho pero ya no lo soporta. Es que digamos las cosas como son, Julio es sumamente vago, ni al fútbol jugaba en el colegio y no ha mandado jamás un mail ya que nunca encontró la arroba. Por supuesto, le ha hecho la finta al laburo toda su vida. Alguna vez trabajó en un ´’call center’, pero eso de hablar bien rápido y vender humo no iba con sus principios. “Si voy a vender algo, debo creer en ello”, le señaló enfático a su vieja tras volver de su primer día. En el amor tampoco es un tipo que haga demasiado esfuerzo: le mete Tinder y listo. En definitiva, Julio es una fuente inagotable de carerajismo.

Sin embargo apareció de pronto una oportunidad laboral que al fin colmaba sus expectativas: ser salvavidas en los Juegos Olímpicos. Es que si hay algo que podemos considerar como talento en la vida de Julio es que bracea bastante bien en el agua; fruto, claro, de la cimarra de sus no-ocupaciones. A Julio le gusta la playa, el bronceador y pasear bien canchero, viendo si por ahí cae algo. Entremedio de todo eso, evidentemente, aprendió a nadar con suficiencia en el mar.

Como nunca antes, se la jugó y llamó por teléfono a quien podía ayudarle con la diagonal del pituto. El carioca estaba convencido que esta era la oportunidad idónea de llegar al lugar que según él le correspondía: la televisión. ¡Lo que fantaseo nuestro héroe! Julio estaba seguro que el destino esta vez lo trataría como realmente merecía, y este era el momento perfecto para mostrar de qué estaba hecho. En su imaginación la escena de la caída de algún deportista o tal vez de un descuidado espectador, era una constante sin pausa, y sería, quién más que él, el hombre que iría al rescate, llevándose el flash mundial y la fama eterna. Tiritaba de emoción. Y tenía tanta certeza de que todo ocurriría tal cual el profetizaba, que incluso ya había pedido fiado en “El Garrincha”, el almacén de la esquina, donde alguna vez trabajó media tarde. Primero una nota, luego un jugoso contrato en algún reality, y por último galán de telenovela. Su futuro estaba hecho, armado, definido. Y ya, engreído, miraba con desdén los almuerzos que su madre le daba cuando despertaba.

Julio, eso sí, mucho de los Juegos Olímpicos no sabía, como era presumible. Pensó durante un segundo revisar en Wikipedia, a lo diputado, pero eran tantas letras. Además el computador se puso lento y le vino la angustia.
Rindió la prueba para acceder al cupo y le fue fantástico: quedó. Fue a las capacitaciones y destacó por sus habilidades físicas y el ritmo de su nado. El encargado de recursos humanos tuvo una conversación con él una tarde, y entendiendo el entusiasmo que vio en el futuro crack de las teleseries, lo recompensó: Julio sería salvavidas de la piscina olímpica, para todas las competencias de “pista” de la natación. Y así es como Julio pasa los días uno a uno hasta ahora de estos Juegos, con la cara larga, dándose cuenta que la tribuna está a varios metros del agua, esperando a ver si Michel Phelps y compañía se ahogan. Por ahora la fama está lejana y para peor, el trabajo es un voluntariado. ‪#‎BB‬

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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