Un rey de pueblo choro, un rey rebelde

“¡Ahí quedó Brasil! ¡Ahí quedó Brasil!”, fue la expresiva sentencia del volante una vez acabó el juego entre la Roja y el Scratch en el sudamericano sub20 del año 2007; tenía apenas 19 años. Chile había hecho méritos suficientes como para ganar el partido, pero fue un penal sobre la hora el que brindó el empate. Lo pateó Vidal, quien minutos antes ya había pateado otro: no dudó, no tembló, al contrario, sereno, apuntó al ladito de la piedra, entre la cuneta y el camote. Al finalizar el encuentro, se despachó esa recordada declaración. La costumbre de ir despacio, ojalá sin bulla, con los ojos para abajo, por un minuto, a través de Vidal, quedaba relegada; el muchacho, desafiante, revelaba un instinto que desatendía la convención nacional. Jugaba muy bien, pero no era distinto por eso, más bien se diferenciaba porque no consentía respeto reverencial, y con ese aire rebelde, a ratos engreído, se movía en la cancha, avanzaba en la vida, y construía su identidad.

Iban 75 minutos de juego y un puntetazo externo de zurda se colaba con bote en la red chilena: el peruano Edison Flores extinguía el movimiento de la sangre de un país; Rusia parecía enterrarse en un recuerdo que no fue. El silencio ni siquiera era silencio, más bien un latido apagado. La selección chilena igualaba 1-1 con Perú, y a falta de 15 minutos, nos quedábamos sin mundial. Sin ningún lugar hacia dónde escapar, el presente iba demasiado rápido y en el futuro no había nada. El vacío congelaba por dentro, mientras la jugada en que Arturo Vidal definió a las piernas de Gallese, solo y con el arco descubierto tras centro de Beausejour, giraba el puñal de la memoria. Eso fue en el primer tiempo, cuando Chile ganaba 1-0 y dominaba a placer. Hubiese sido definitivo, pero ahora empatábamos, con poco tiempo por jugar, y el gran objetivo haciendo temblar las piernas de todos, adentro y afuera de la cancha. O de casi todos.

Con los minutos la desesperación brutalizaba, junto a garabatos adheridos en los labios. Una idea inconsciente bailaba en la cabeza: farra histórica. El mejor equipo chileno de todos los tiempos quedaba prematuramente fuera del gran objetivo. Y luego de un primer tiempo en que se pudo golear. Es verdad que la tendencia venía a la baja, pero era demasiado pronto como para creer que un equipo bicampeón de América quedaría eliminado. Sin embargo, eso estaba pasando. Pizzi, pálido, gritaba desde la banca; era más bien un alarido, con desesperación. Perú de pronto cazaba todos los rebotes, ganaba las divididas y confundía a un Chile que no entendía bien dónde pararse en la cancha. La tensión abrumaba, el equipo estaba estirado y los centros hace rato que ya no funcionaban. Durante el primer tiempo las bandas se usaban hasta el fondo, con paredes; ahora, la pelota volaba con apuro desde tres cuartos.

Aún así, a Chile le quedaba un ganador en el campo de juego: Arturo Vidal.
Se le crítica su soberbia y los errores del pasado, pero es con esa impronta de personalidad que ha dirigido su carrera. Indomable, persigue y alinea el juego alrededor suyo. Suele estar en todos lados, sin dejar de luchar: no lo hizo cuando no tenía para la micro en las inferiores, tampoco cuando los “expertos” de Colo Colo lo tenían en la banca en juveniles: le dijeron “No vengas más”, y él no hizo caso. A la mierda, si se tenía fe. Y amaba hacerlo, estar jugando; no estuvo dispuesto a amputarse. Ni se ha tragado las críticas de los aparecidos, ni de los moralistas. Vive en el error, como uno más, pero transgrede lo habitual y los límites cotidianos de la gente corriente. Hoy es el volante más completo del mundo, o el más determinante, o el con más empuje, o todo eso. O nada de eso, qué importa, él lo cree así. Y así juega, como un rey de pueblo choro, como un rey rebelde.
No habían espacios, todo se desintegraba.

Isla, Aránguiz, Isla…y un pase al borde del área con destino a Vidal. Quedaban nada más que 5 minutos, mientras las rodillas heladas de todo el país se movían. Recibió, giró y de zurda, el derecho clavó rasante el disparo ajustado al poste izquierdo del portero peruano. Quien estuvo en duda por una amigdalitis hasta el último segundo, jugando con una pierna en la miseria, sacudía el estallido, y nos daba un espacio en el futuro. Va ser de esos goles que se gritan siempre. Con drama, sin lucir pero con épica, subrayando la emoción brava de la pelota. Y el significado, en el límite oportuno, de lo que es un crack.

Y ni saliendo en camilla se desentendía, al contrario, con los brazos aleonaba el ambiente, dando el sustrato eléctrico que faltaba. Dale, Arturo, no hay problema en que digas que eres bicampeón, di lo que quieras, juegas como tal.

Rusia sigue lejos, pero el enfermo se levantó de la cama, y negó a consumirse en la inercia; a través de un rey de pueblo choro, como un rey rebelde…como Arturo Vidal. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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