Un pequeño homenaje

La primera vez que cometí un robo fue a los 7 años. Con la pandilla de los cabros de mi casa, asaltamos el almacén de Don Nelson y me llevé una Fanta de dos litros. Nos la tomamos en la plaza, antes de jugar a la escondía pelota. Admito que con los días no aguanté y le conté a mi hermana grande; me pegó tremenda patá en la raja y fuimos a pagarle al viejo Nelson; un viejo pyme, bueno y radio AM.

La segunda vez fue a los 10 años. Como curso nos propusimos dar una película en la sala de audiovisual, ‘Street fighter’ (ese esperpento de Jean Claude Van Damme), para reunir fondos ya ni me acuerdo con qué objetivo. La entrada la estábamos cobrando a 300 pesos (viejazo), pero un niño de un par de cursos menos me pasó 1000 y lo dejé pasar sin darle el vuelto. Sentí adrenalina, lo admito, y me compré unas papas fritas con kétchup en ‘el cochino’, el puesto aceitoso que estaba a la vuelta de la escuela. Cuánto cabrochico salía masculinamente enfermo de la guata de ahí, parecía diagonal de Messi. Pero de que eran wenas, eran wenas.

La tercera vez que robé fue la colación del Migue. En verdad tenía hambre. Creo que fue en séptimo básico: dos Súper8 y un juguito de durazno en caja. Cuando el Migue se dio cuenta, preguntó con violencia que quién había sido; apoyé su búsqueda, con la boca llena de chocolate.

Demás está decir todos los lápices que me prestó la Claudia Alvarado y que nunca le devolví. Eso era impresionante: todos los días un lápiz nuevo; le pagué unos años después, con un par de besos y falsas promesas.

Ya más grande, cometí robos menos ingenuos. El CD legend de Bob Marley que era del Mati, y que lo metí a mi bolso después de ir a la casa agrícola. Ahí sí me sentí ladrón. Me miré al espejo cuando llegué a la casa y sentí que había tocado fondo. Un par de días después le conté al cura Washington mientras me confesaba: me obligó a devolverlo y a rezar 6 ´padre nuestros’ y 3 ‘Ave María’. El CD lo devolví con demasiada vergüenza, rubor y lección necesaria; los rezos, obviamente, hice la diagonal, es que cada vez que entro a una iglesia me cago de la risa, no sé si es el silencio o el nervio de sentirme ajeno a tanta idea de ‘pureza’. Basta una miradita complice o un murmullo divertido; y cuando no se puede, más dificil es tragar la carcajada; y en lo prohíbido, más creativo.

De la biblioteca de mi colegio, creo que me pelé al menos 15 libros; todos excelentes y que nadie leía, porque la verdad sea dicha, nos evaluaban con pura mierda. Los cuentos de Maupassant, que tenía un registro de entrada del año 1982, al año 2001 llevaba apenas 3 prestamos en 19 años. ¡3 loco, 3 en 19 años! Un insulto ridículo; chao, me lo llevé nomas. Esos eran robos intelectuales, de orgullo. Era el polvo o yo.

Cuando cumplí 3 meses con la Anita, no le tenía regalo y le saqué unos aritos a mi mamá. Es que ella era de esas minas que se preocupaban de las fechas; yo también, pero soy distraído y cuando llegó a mi casa con un gorrito de mi equipo de fútbol, sentí el deber de pelarme esos de plata que estaban en el baño. Cuándo mi vieja comenzó a preguntar por los aros, la Gilda, una amiga de mi hermana que estaba en capilla y tenía fama de güiña, se llevó toda la sospecha. Sorprendentemente, la Anita, con quien duré harto tiempo, nunca se los puso en los domingos familiares. Debió haber sido la ‘cuea’ del amor.

Y una vez, tenía un paseo a la playa y como no tenía plata, le rompí el chanchito a mi hermano chico. Eran 30 lucas, pendejo ahorrativo, se pasó. Nunca se las devolví, además me acusó, cagón, eso no se hace. Años después, el hijo de puta me vendió una bici para pagar su primer motel. A diferencia de él, supe entenderlo, aunque igual se llevó la mejor volea en la espalda.

El último robo fue hace un par de años. Conocí a una mina súper hierbas, come frutas. Le gustaba la música de feria artesanal, el nag champa y harta lana. De esas personas que asumen el estereotipo y son sumamente predecibles; poco interesante, pero definitivamente con buenas curvas. Yo sabía que ni con palabras ni con baile, necesitaba un flotador verde del bueno y el ‘Negro’ en el auto tenía flor de corazón; pun pa´ adentro y entre la risa y The Strokes, manito, beso, cuellito y vamos qué vamos. Con el tiempo le conté al ‘Negro’; se enojó, pero qué hombre respetable dejaría escapar tamaña oportunidad.

Perro muerto nunca he hecho, aunque sí me he colado a muchas fiestas y conciertos; y claro que me he quedado con más de un polerón y canilleras que he encontrado botadas por ahí.

Leo esto y no soy ejemplo de nada, pero bueno, como se dice, a la FIFA. En fin, este es un pequeño, inocente y miserable homenaje a Sergio Jadue, Varela, Joseph Blatter, Michel Platini, y buena parte de la elite nacional. #BB

Por cierto, con la hierbas salí un tiempo: no había tema, pero sí buena complicidad en las sabanas; claro que al cabo de un rato y una carta astral, dijo que yo conectaba mejor con las minas cáncer y piscis; ella era géminis. No le entendí ni raja, pero de todas maneras, lo verde puta que salía salado: era apenas un universitario de pitcher, que hacía la fantasma en el transantiago, y sinceramente, era insoportable que no entendiera de qué se trataba un offside. Ahora sí, #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
Contacto: Twitter

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*