Un partido de libro

El 5 de enero del año 2015, el coqueto estadio municipal de Kingsmeadow viviría una de sus jornadas deportivas más especiales, decenas de periodistas y de cámaras modificaban el acostumbrado entorno apacible del pequeño recinto por un ambiente eléctrico que no reconocía el silencio. No se podía esperar menos de una hinchada que ya había demostrado el coraje necesario para reclamar lo que consideraba suyo: su identidad, el sentido de pertenencia.

Para algunos el fútbol no es más que un pasatiempo, pero para muchos otros se circunscribe a un vínculo concreto que camina de manera paralela en la historia de vida de una persona, apegando recuerdos y expectativas, diseñando un viaje emocional. Pero además de esa estructura personal, se elaboran lenguajes compartidos, y es en ese rol colectivo que el fútbol arrastra toda su fuerza, con vicios y refriegas callejeras, pero también con orgullo y huella social.

A la cancha salía el modesto AFC Wimbledon, las gradas estallaban, algunos incluso botaban lágrimas, se trataba del resultado de un peregrinaje duro, fruto de la voluntad sincera y el esfuerzo de años, más allá de ese escepticismo típico que tan bien definió Charly García alguna vez: “Esa careta idiota, que tira y tira para atrás” (Fantasma de Canterville); pero ahí estaban ellos, con la bufanda de su equipo, ahogando la garganta.

Junto al AFC Wimbledon, iba nada menos que el Liverpool, un gigante de la isla y cinco veces campeón de Europa. Era la ronda de ’32’ de la FA Cup y el millonario equipo visitante iba llegaba al encuentro sumido en una crisis y con la absoluta necesidad de ganar. Todos los titulares al campo de juego, comandados por el capitán Steven Gerrard.

El AFC Wimbledon tiene un origen reivindicativo fascinante: corría el año 2000 y los dirigentes del histórico Wimbledon FC tomaban la decisión de relocalizar su ubicación amputando su raíz fundamental; la comuna de Milton Keynes -ubicada 90 kilómetros al norte de Wimbledon-, a través de un presuntuoso empresario local, ofreció lo que toda institución dominada por perfiles modernos está dispuesta a aceptar, incluso si eso significa alterar la esencia de todo lo que representan. Un nuevo estadio, además de un gimnasio equipado con lo último que venía de China parecieron ser argumentos suficientes.

Por supuesto el rechazo de la hinchada fue inmediato, qué mierda les importaba el estadio si para ir a ver jugar al equipo de su barrio tendrían que moverse 90 kilómetros, además del impacto que significaba perder el sustrato territorial que los identificaba. Se movilizaron, pero los billetes mandaron. El 28 de mayo del 2002 la federación inglesa aceptó el cambio. Para el año 2004 el empresario que los llevó pagó las deudas y cambió el nombre del club a “Milton Keynes Dons”. Efectivamente, Wimbledon FC desapareció bajo la audaz jugada de un zorro.

Sin embargo, el destino de los hinchas estuvo lejos de quedarse en meros reclamos, troleos por internet o bravatas con carteles, no, el mensaje y la acción de la hinchada fue de responsabilidad con sus sentimientos y refundaron el club. Efectivamente, los muy hijos de puta se habían llevado el marco, pero no a sus fanáticos; se habían llevado el derecho de llave…y nada más que eso. Bandas a beneficio en conciertos improvisados, completadas bailables, uno que otro robo y más de un mecenas de ferretería, pero lo consiguieron. Comenzaron en la última liga regional, pero a paso apasionado, con la firme convicción de retornar y dar la pelea, avanzaron serie tras serie, año tras año. Tanto que ahora medían fuerzas con el Liverpool, nada menos.

Liverpool inició el juego con aire burgués, sobrando el partido, mientras del otro lado un conjunto de cajeros de banco las mordía todas. Sí, efectivamente los “reds” superaban con amplitud las características técnicas y la capacidad física de su rival, pero no lo superaban en ganas, porque en eso el entrelazamiento con la parcialidad de Wimbledon era absoluto, y si había que puntear para adelante, se punteaba, y si había que pegar una patada se pegaba, y si había que tirar un caño se fantasmeaba. El convencimiento del AFC Wimbledon era brutal, y por supuesto emotivo.

La visita no lograba dar tres pases seguidos, en cambio el local jugaba el partido de su historia; claro, no era el Barcelona ni el Milán de Arrigo Sachi, pero no tengan dudas que había más corazón que varios de los equipos que salen por el CDF. No era una secuencia aburrida ni conservadora, al contrario, no había miedo, había atrevimiento. En definitiva, se percibía una causa, una razón por la cual sacarse la cresta por la camiseta: era fútbol en su estado puro, en su zona salvaje, en secuencia rebelde, como el propio inicio del club que rechazó su muerte en tiempos en que todo quiere comprarse.

Además, en la ofensiva del Wimbledon, había un personaje que definitivamente capturaba la atención, y también casi todos los rebotes: Adebayo Akinfenwa.

Akinfenwa, de un metro ochenta y ciento tres kilos, quemaba el pasto y enloquecía a todos: fanáticos, observadores y, por sobre todo, a la defensa contraria. Por momentos trotaba, pero lo suyo era caminar esperando el pelotazo para aguantarla con su ancha humanidad, también pisarla y, obvio, usar su carisma para envalentonar a los suyos y sacar a los rivales. Le ponía gracia y sabor Akinfenwa, además se reía y respiraba por la boca, agitado todo el tiempo. Un artista.

Claro que si de un lado estaba Akinfenwa, del otro no había que olvidarse de Gerrard, y fue el capitán, con todo el amor propio, el que desmontó los prejuicios y sudando puso el 0-1. Lo gritó como si se lo hubiese hecho al United y de pasada puteó a todos sus compañeros: tenían que despertar. No obstante, no despertaron.

Wimbledon continuó machacando y fue por esa vía que llegó un tiro de esquina: la pelota quedó rebotando y sería Akinfenwa, con el cuerpo de tractor y en modo galán en sequía -aquí te pillo, aquí te mato- quien se estiró, sacó una champa completa de pasto y puso el empate: nunca en la vida corrió más que en aquella celebración…fue espectacular, el estadio se vino abajo.

El segundo tiempo mantuvo la tónica del primer tiempo, el nobel equipo tenía por las cuerdas a Liverpool, tanto así que tuvo el 2-1, pero quién otro que Gerrard la sacó de la raya. El crack de Liverpool no estaba dispuesto a perder, pero principalmente a no defender con dignidad la camiseta de su vida. Y fue con ese mismo carácter que selló el 2-1 con un magistral tiro libre. Wimbledon buscó la respuesta pero las energías ya estaban disipadas y Akinfenwa al borde del ataque.

Steven Gerrard no llegó con pose de divo y dio una clase magistral de lo que significa ser el líder de un equipo, siendo serio en la batalla más humilde, siendo honesto con el fútbol y teniendo respeto con la historia y el presente de su equipo.

La hinchada local despidió a los suyos bajo una ovación, mirando hacia adelante, con el compromiso intacto, orgullosos de ser responsables de su propio destino.

Akinfenwa, con 20 kilos de sobre peso, confirmó que en el fútbol caben todos.

Fue un partido lleno de figuras, fue un partido de libro. #BB

PD: Ayer 30 de mayo de 2016 Steven Gerrard cumplió 36 años y el AFC Wimbledon ascendió a la tercera división del fútbol inglés (el segundo gol lo hizo Akinfenwa de penal). Ahí se encontrará con el Milton Keynes, ese será un partido que habrá que narrar.

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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