Un héroe en blanco y negro; Matthias Sindelar

Es 2 de junio de 1934 y en una de las habitaciones de una pequeña residencial de Milán, el general Giorgio Vaccano observa con frialdad a quien a cinco metros suyo bebe un whisky barato mientras le tiemblan las manos. El sujeto, pálido desde los rincones primitivos de su genética, intenta persuadir con el alcohol el miedo que le provoca la mirada del general, sin embargo, Vaccano está cómodo, disfrutando la presencia de su sombra que enmudece al pobre hombre que tiene frente de sí. El tipo intenta decir algo, cualquier cosa, pero el tartamudeo lo delata estéril, con el espíritu consumido. Vaccano ríe, enciende un puro, botando las cenizas al suelo, y lentamente le explica que no hay más opciones. Repite, una y otra vez: es vencer o sufrir las consecuencias. Lo dice y gesticula de la misma forma que a él se lo dijo el propio Mussolini. Una vez ya pudo darse por satisfecho y creyendo haber incrustado bien firme el pánico, tal como él mismo lo sintió cuando estuvo delante de “Il Duce”, se retira, dejando con el calzoncillo meado al árbitro sueco Ivan Eklind.

Eklind, quien 24 horas más tarde debe dirigir el partido semifinal de la Copa del Mundo entre la selección local, Italia, y el mejor equipo europeo de los últimos años, Austria -conocida como ‘la selección maravillosa’ (“wunderteam”)-, ha entendido perfectamente su situación. Y ahora, solo, se bebe toda la botella. Vaccano, por su parte, tiene una bala condicional camino a su cabeza en caso de una ‘inesperada’ derrota, respira algo más tranquilo.

Paralelamente, en el sencillo hotel que dispuso la organización para la selección austriaca, una comitiva militar pasaba a ‘saludar’ metralleta en mano. Pero a pesar de ello, el técnico Hugo Meisl no se permite dudar. Así lo hizo saber a sus muchachos, y por sobre todo a su capitán, el gran y admirado, Matthias Sindelar. Ninguno de los dos, ni Meisl ni Sindelar, están dispuestos a dejarse intimidar, ya han renunciado al gran sueño de participar del primer gran evento en Uruguay por falta de recursos, y asumen este momento como el definitivo para firmar sus nombres en el para siempre del fútbol; ese deporte que de a poco despierta interés global, y ya de manera cierta se consolida como el juego del pueblo. Lamentablemente, esa noble expectativa choca con los intereses de Mussolini, quien en su vesánico anhelo de superioridad racial, y que sin matices extiende a los ámbitos deportivos, no permitirá ninguna afrenta, menos en suelo propio.

Es 3 de junio y en el estadio San Siro de Milán hay dos grandes instrucciones: una para Luis Monti, otra para el árbitro. La del juez sueco, ya se conoce. A Monti, un fiero volante argentino que ahora juega para Italia, la de anular de cualquier manera a la estrella rival, Matthias Sindelar. Y a punta de patadas, lo hace. El encuentro se resuelve rápido: un tempranero gol para el local, obra de Enrique Guaita, quien se metió con pelota, brazo y arquero para adentro. El resto a defender y patear. Sindelar se lleva moretones hasta en el cuello. Por si fuera poco, el portero Combi lo tapa todo.

Es cierto, el cuadro italiano jugaba con la adrenalina a tope, y nivel tenían, pero el contexto situaba todo en modo de batalla. Ivan Eklind, obviamente, sería recompensado dirigiendo el partido final. Italia fue campeón y el árbitro, ahora sí, bebió whisky caro, con la conciencia hecha polvo.

Ese día Matthias Sindelar, emocionalmente arruinado, con las piernas ensangrentadas, lloró y odió profundamente al fascismo, también a la política, a Italia, y por un instante también al fútbol, aunque fue demasiado breve, porque el fútbol era, en definitiva, su vida.

Sindelar creció en el sur urbano de Viena, en una zona brava, un barrio helado y con hambre. De tez blanca y flaco como alfiler, parecía hecho de papel. Así, liviano como una hoja, aprendió a gambetear por las cunetas. Jugando por divertirse, y por respeto. La calle aprendía a ser la calle, en todos lados, y con una pelota se comenzaba a interactuar, esa era la representación, a veces sublime, otras veces violenta, de las emociones masculinas. Matthias, que en ningún ámbito corriente de aquellos tiempos era destacado, sí era extraordinariamente hábil con el balón. Un adelantado. Pero bueno en serio: en movimiento, con el cuerpo coordinado.

Su padre, un humilde soldador, no veía ningún futuro en el talento de su muchacho, pero no tuvo tiempo para frenarlo: se fue a la primera guerra mundial para no volver nunca más. El golpe fue profundo, una cicatriz abierta para Sindelar que sólo el descanso agitado del fútbol contuvo.

Al poco andar el rumor de que un muchacho de origen checo bailaba y hacía desaparecer el cuero por los adoquines australes de la capital llegó a oídos de un jugador del club Hertha Viena. Este lo fue a ver y quedó atónito; era demasiado rápido, y los golpes que le llegaban sabía absorberlos. No era más que una pichanga callejera, pero ese joven era suficientemente diferente. Sí, aquel flaco era el delantero que su equipo necesitaba.

Con 16 años debutó y en breve las canchas comenzarían a llenarse para ver jugar a quien denominaron, sin rubor, “Mozart”. Por supuesto no tardaría en llegar a un equipo más poderoso como lo era el Austria Viena. Cada juego se presenciaba con riguroso silencio, como si se tratase de una obra artística más, todo hasta que Sindelar aparecía en escena, el verdadero artista, para desatar expresiones inmediatas, escribiendo una partitura que el hincha convertía desde sus sonidos en la música del fútbol. Sindelar desnudó emociones exaltadas y provocó el murmullo constante en los estadios. Y también letras a los periódicos, los cuales se resistían con respingo trasnochado a cubrir este nuevo juego de pelota, pero a los que la magia de este nuevo talento, furiosamente aclamado, terminó por someter.

Fue tan grande su imagen que incluso traspasó lo corriente y se convirtió en el primer jugador de fútbol en ser protagonista de una película. Por supuesto actuó de él mismo: no había una estrella más importante en su país. Y en la selección, ganaban y ganaban, siendo el embolo indispensable que con los años llamaríamos ‘enganche’. Sindelar, un centro delantero en su club, jugaba de asistidor en el sistema de Hugo Meisl. Austria era la referencia moderna de esos años, la selección maravillosa, y Sindelar la bandera. Los primeros síntomas de presión y posesión datan del “wunderteam”. Los golearon a todos. Sólo faltó ganar un mundial.

Matthias vivía sus últimos años como jugador, él lo sabía y empezaba a respirar una infatigable angustia. Pero aún guardaba la expectativa de retirarse en el mundial de Francia de 1938. Austria seguía siendo una selección muy competitiva, sin embargo, ese anhelo otra vez se vería truncado por los intereses de un nuevo déspota: Adolf Hitler.

Austria, ya clasificada a Francia, debía renunciar puesto que en breve se vería anexionada a la Alemania nazi. Matthias Sindelar, héroe de Austria, ahora debería jugar por los colores alemanes. Se negó desde el primer instante de conciencia. Porque podía ser un sencillo hombre que se expresaba a través de una pelota, pero fue ese mismo deporte el que le enseñó la reciprocidad colectiva. Jugar es una conexión personal, pero también con el entorno. Además la agresiva actitud nazi frente al pueblo judío le despertó absoluta desconfianza desde un primer instante. Su familia tenía ese origen, más allá de haberse convertidos al catolicismo, lo mismo que múltiples amigos suyos que ahora se veían afectados y oprobiados por las nuevas normativas. Por si fuera poco, Camila, también era judía.

Camila, la mujer que amó al verla y odió al escucharla. Quien por fisionomía derritió el divismo del galán, pero que al oír su acento italiano avivó su más interna revancha, recordando aquella maldita jornada de Milán. Mas, los ojos son los ojos, y de los labios ya no salían palabras, sino latidos. La pelea terminaría siendo en la cama.

Es 3 de abril de 1938 y se va jugar el último partido de la selección austriaca, en Viena, con su gente. El rival será precisamente el país que ahora lo absorberá, Alemania. El encuentro tiene una alta dosis de nostalgia, salvo para los altos mandos de la “SS” que lucen radiantes en los palcos. Por lo demás, el triunfo alemán garantizado: ya se conversó con todos, incluso con Sindelar. El acto, producido por Goebbles, el gran arquitecto publicitario nazi, tiene todos los ingredientes afinados.

El juego es aburrido; el local tiene la pelota pero no profundiza, aún cuando Sindelar tuvo un par de oportunidades, las que ha fallado. Algunos cuchichean que lo está haciendo a propósito, pero dado el contexto, ¿qué más se puede esperar? No da para juzgarlo. El desenlace es triste, deslavado para una selección que cambió una época del fútbol. El primer tiempo terminó sin goles.

En el camarín conversan, discuten. Algunos son pro nazis y esperan que Sindelar no encare tanto. No así uno de sus mejores amigos en la selección, Karl Sesta. Ambos miran a su técnico, el viejo Meisl, quien no oculta su pena; esa pena sincera, esa pena inexpresiva. Todo el trabajo de años por la borda. El juramento entre ambos jugadores es implícito: será por Meisl, será por Austria, será por ellos, será por el fútbol, será por el derecho a sentir. Sindelar, quien otro, convierte de entrada en el segundo tiempo; Sesta, tras otra gran jugada de Sindelar, el segundo. 2-0 Austria. Ambos festejan con un baile, a plena vista de todos, sonriendo en la cara del enemigo, con el espíritu en alto. La conmoción en los palcos es absoluta, mientras tanto el estadio delira, en el último gran gesto de dignidad.

Matthias Sindelar nunca jugó por Alemania, de ahí en más decidió que siempre estaría lesionado, cayendo en la pobreza, pero con Camila a su lado, y la mirada limpia. La Gestapo comenzó a acecharlo, hasta que definitivamente lo encerró. Una noche del 23 de enero de 1939, a la edad de 35 años, murió por intoxicación respiratoria de monóxido de carbono. Venía de jugar cartas, un poco alcoholizado, abrumado por la desesperación de vivir en esa Austria, de no poder jugar al fútbol, de ver como sus amigos iban desapareciendo. Aunque dicen que esa noche estaba feliz o, al menos, distraído. Fue en el departamento de su mujer, junto a ella.

El parte oficial de su muerte señala que fue un accidente mientras dormía producto de la estufa del lugar. Gracias a ese inverosímil parte, fruto de las gestiones del alcalde de Viena, se le pudo rendir un multitudinario homenaje, pese a que nadie lo convocó.

Nunca disputó un minuto por la nazi hitleriana; vivió mientras jugó. Fue un héroe de aquellos primeros tiempos de pelota, cuando todo era en blanco y negro, salvo él y su recuerdo. ‪

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Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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1 comentario en Un héroe en blanco y negro; Matthias Sindelar

  1. Siempre que leo esta historia, me emociono, los idolos de verdad son los que traspasan la cancha, sublime, un heroe en blanco y negro.

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