Un equipo espectacular

“Alo, Jorge, ¿cómo estás? Te llamamos para decirte que has quedado”. Así, como un postulante normal de algún trabajo corriente, en este mundo lleno de fantasía que es el fútbol, arribaba a Universidad de Chile, tras dejar en el camino a un laureado Diego Pablo Simeone, Jorge Sampaoli. El casildense venía de una interesante campaña en el Emelec ecuatoriano, perdiendo la final del torneo a manos de la poderosa Liga Universitaria de Quito. Pero claro, en tierra chilena ya se le conocía como el tipo que imitaba con celo obsesivo a Marcelo Bielsa durante su irregular estadía en O’Higgins de Rancagua. La prensa, con la guata al aire de quien ríe sin correr detrás de la pelota, lo había denominado con ironía como “el Bielsa de los pobres” y prejuzgaba con escepticismo el paso del calvo estratega por el banco azul. Sin embargo la dirigencia estudiantil había quedado maravillada frente al detalle riguroso con que mostró su proyecto y, aunque les pese el respingo, porque apostaba por jugar a lo guapo, yendo al frente, sin discursos inteligentes. Sí, porque más allá que desde la ANFP atornillaron contra el Loco Bielsa, se mojaban al darse cuenta que un método respondía a la necesidad sociológica de un país: dejar la prudencia hueona a la hora de buscar los objetivos. Sin nada, no queda más que rebelarse, poco se cuida. Y la U, junto a Sampaoli, se rebeló.

Llegó Herrera, un tipo de la casa, conflictivo, pero en su mejor momento: valía pagar los 700 mil dólares. Sin arquero, todo queda a medio camino. Atrás, Pepe Rojas asumía como capitán y desde ese perfil aumentó su nivel de manera insospechada; Marcos González consolidó sostenidamente su apodo de “Lobo del aire”; y, en el segundo semestre, retornó desde México Osvaldo González. Por nombres, una defensa sin gran chapa a priori, pero que cuajó perfecto en el sistema: Marcos por arriba, con dos escuderos a la fricción y con soltura para correr mirando arco propio. Por las bandas, proyección constante con Mena y, en especial, con Matías Rodríguez. Al medio se formó una dupla de época: Marcelo Díaz y Charles Aránguiz. El primero estuvo a punto de virar a Huachipato, pero el posible destino europeo de Felipe Seymour le otorgaba chances para un futuro cercano. Se quedó, Seymour a mitad de año emigró a Italia y Carepato, un tipo conocido más que nada como lateral en su paso por el equipo universitario, mostró toda su riqueza técnica y la inteligencia para moverse y morder. El joven Aránguiz, por su parte, no tardó en transformarse en el eje disruptivo. Gustavo Canales de 9 en las importantes; Eduardo Vargas explotando sin piedad la banda derecha y desarrollando un crecimiento brutal; a ellos se sumó un pujador Pancho Castro, construyendo una delantera chispeante. Se añadía también el bueno de Albert Acevedo, un tipo ordenado desde la cuna, de esos que se comía toda la comida; el Guille Marino, un volante de control; Gustavo Lorenzetti que variaba de nueve y medio o punta izquierda; Gabriel Vargas, un delantero pepero; y, Diego Rivarola, el amo de la hinchada. Todos engranados, fluyendo en modo sistema, con espíritu agresivo. Universidad de Chile era un cuerpo vivo, que apresaba a su rival, lo dominaba y lo goleaba.

14 de diciembre de 2011, estadio Nacional. Jorge Sampaoli, ahora alabado por todos, recita un discurso agobiante al pecho de los jugadores, quienes escuchan atentos, sin divismo, con el overol encima y sabiendo que el oxigeno, para entender que valió la pena, debe ser constantemente escaso.

Ya vencieron en todos lados: Uruguay, Brasil, Argentina y Ecuador. Ninguna ganga: Nacional de Montevideo, el campeón de Uruguay; Flamengo, puntero del Brasileirao cuando fue goleado; Arsenal de Sarandí, un hueso durísimo de esos tiempos; Vasco da Gama, un grande que peleaba punto a punto con Corinthians el titulo de su país; y ahora, Liga de Quito, el rey ecuatoriano y asentado animal copero. Pero la U ya lo había derrotado en Quito tras la maestra presentación de Acevedo (anulando a Equi González, el 10 de ellos: un punto de flexibilidad notable de Sampaoli en ese duelo) y la magistral conversión de Eduardo Vargas. Aún así, faltaba el último paso, en un estadio delirante, sin espacio, con vozarrón propio, himno vibrante, abrazando la noche.

“¡Muchachos, este día es para siempre!”, fue la última arenga que se escuchó antes de la explosión al entrar a la cancha. La voz, a veces tan inútil, era atmosfera.

El resto, ya se sabe: Vargas fusiló antes de los 3 minutos; Lorenzetti, un olvidado durante muchas temporadas, que finalmente daba el salto merecido, estampaba el segundo bien adentro del complementario, haciendo rebotar los tablones; y de nuevo Vargas, desatado, gambeteando a la historia, y punteteando a la orilla con lujo de calle. 3-0, goleando, y Sudamérica arrodillada ante un equipo de movimiento obrero, con escupo guapo y cuneta en las patas.

No era joda, así quería jugar, a través de la U, el futbol chileno; el de los hinchas y el de los jugadores con mascada rebelde. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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