Un crack en serio: Didier Drogba

Tres muchachos, todos usando camisetas típicas de hockey sobre hielo, caminan en dirección opuesta a la de él. Cuchichean entre ellos, casi ni le miran. Pasan a su lado, conteniéndose, tratando de fingir el deseo. El tipo, un moreno alto desbordante de confianza, que de cierta forma intimida, se da cuenta y esboza una pequeña sonrisa; reconoce el siguiente paso. Dos segundos más tarde, eternos en el impulso de los jóvenes, exquisitos en el hombre que los detiene, ocurre el desenlace obvio, el estallido de las hormonas, la memoria de la sangre: el trío de mozalbetes se da vuelta al unísono, no se resisten. El sujeto explota con una carcajada, mientras abraza a su compañera. Elizabetta, quien se sabe irresistible, disfruta del momento; no por sentirse adolescentemente observada, más bien por una extraña satisfacción de importancia. “Esto sólo ocurre en Canadá”, le dice ella, moviéndose coquetamente el pelo. “Claro, el resto del mundo está gobernado por salvajes, y en ese terreno, soy un poco más famoso”, contesta él, medio broma, medio en serio.

De pronto, un par de turistas latinos, a unos 15 metros de distancia, lo reconocen. Con elegancia cruzan la calle, gritando: “¡Drogba! ¡Drogba!”. El dúo logra llegar a su encuentro. Una vez abordado, estrujan al máximo los cuatro segundos de amabilidad: fotos, palmadas y un par de autógrafos del extraordinario futbolista. Y sí, también una pequeña miradita al escote de Elizabetta. Algo instintivo.
Didier Drogba, a sus 38 años, juega los descuentos de su carrera. Pero así como el futuro dentro de una cancha marcha próximo a extinguirse, para atrás hay mucho que se puede contar, y que lejos de acabar, el tiempo irá naturalmente profundizando.

Su nombre, al menos, ya es singular dentro del fútbol, decir Drogba es una imagen y un perfil instalado dentro del campo de juego. Es imaginarse un centro desmedido que Drogba persigue; la encuentra, aguanta de espaldas, limpia para atrás. Corre rápido en diagonal al área, ahora sí el centro es medido: cabezazo y a cobrar. Un delantero de siempre: corajudo, sacrificado y con olfato.

Pero Didier Drogba no es sólo un excelente goleador, también es un tipo carismático, con chapa de líder. Eso se deja entrever al minuto en el césped, a través de la exhalación inquieta y sus ojos que parecen inmóviles. El cuerpo dispone el juego, su mirada destina el arco. Existen muchos tipos conceptuales de grandes futbolistas, pero tal vez los más trascendentes son aquellos que generan el contagio; en los compañeros, en la galería, en la atención tensa de los rivales.

Así fue como en el mundial de Brasil ingresó en el segundo tiempo contra Japón. El equipo asiático ganaba 1-0 y la selección de Costa de Marfil parecía no encontrar ningún tipo de respuestas: era superado en todos los aspectos. Hasta que entró Drogba, revolucionando el encuentro, inclinando el estadio, descontrolando la inercia. El equipo recuperaba la memoria anímica con su líder adentro, y con esa misma espontaneidad, el juego se dio vuelta. Lo ganó 2-1 Costa de Marfil. El episodio no tuvo la épica fílmica con Drogba haciendo los goles, pero la sensación fue real y las crónicas están para releerse. La nación africana festejaba una vez más de la mano de su gran héroe, uno que va mucho más allá del fútbol.

5 de Octubre del año 2005. La selección de Costa de Marfil vence como visitante por tres tantos a uno a Sudán, y logra de esa forma una histórica clasificación al mundial que se jugará en Alemania al año siguiente. La euforia es absoluta, las calles de todo el país africano se desatan tras la hazaña obtenida por sus nuevos héroes. El fútbol, en un breve milagro, descomprime por unas horas la asfixiante vida que lleva el pueblo. Costa de Marfil libra una guerra interna de años, con una rebelión fuerte y centenares de muertes día tras día. Son más de 60 diferentes etnias conviviendo, el dialogo es complejo, pero lo es aún más al resolverse a través de fusiles y caudillos. Costa de Marfil no contempla un plan, ni mucho menos una idea real de nación, pero la camiseta de la selección convoca, identifica y expulsa, aunque sea ocasionalmente, la rabia con sus múltiples prejuicios.

El fútbol parece haber contribuido con una cuota valiosa, pero no suficiente para Didier Drogba. Drogba entiende el momento social que vive su país, también comprende el éxtasis generado por la clasificación al mundial de fútbol, la primera en la historia, y decide actuar, asumir su responsabilidad. ¿De qué vale vender camisetas si el apellido de la espalda no tiene lenguaje? Es cierto, el balón por sí mismo se expresa, pero a veces se vuelve insuficiente. Drogba leyó el momento y actuó.
La cámara de televisión registrando el festejo de los futbolistas, en vivo para toda Costa de Marfil, y es el jugador que la rompe en el Chelsea y lleva ‘la número 11’, Didier Drogba, quien lo encabeza. Canta algo así: “Queremos divertirnos, suelten los fusiles”. El resto de sus compañeros entonan lo mismo, al mismo tiempo que bailan y ríen. El mensaje es atrevido, la situación política es cruda, bordea el abismo de una guerra civil. Y es en ese instante cuando el delantero redobla la apuesta y esgrime un emotivo y elocuente discurso. Muestra el ejemplo de la unidad de equipo, que juntos se pueden conseguir cosas, que ya es tiempo de perdonarse, que todo debe resolverse a través elecciones, discutiendo, no matándose. De la algarabía del baile, a un manifiesto sincero, de rodillas. El discurso caló y reconstruyó la confianza en la gente de a pie. Con resquemor vivo, los líderes políticos, tanto del gobierno como de la rebelión, debieron dar un cese al fuego. El dialogo no estaba restablecido, pero la inminencia de la guerra tuvo que contraerse. Había hablado la sabiduría de la paz, de la boca del ídolo. Desde ese momento, Didier Drogba fue el único hombre no discutido de su país, y el símbolo de una nueva expectativa.

Drogba, quien a temprana edad se fue a vivir a Francia, puso al servicio esa experiencia, pero a la vez el patriotismo que genera la distancia. Y claro, el compromiso humano que asume un líder notable.

Descontaminado de la reyerta cotidiana, sin apego a la lógica separatista de las etnias, veló por el bien común, desde el fuerte vozarrón futbolístico. Las oportunidades que le dio la vida no se consumieron en su leyenda, ni aquilataron su propia gloria, tuvieron la intención de servir mucho más allá, y esa es la magnitud de su importancia, la realidad de su grandeza.

Y no fueron sólo palabras. El año 2006, cuando le entregaron el balón de oro como futbolista africano del año, lo llevó a Bouaké, el epicentro del territorio rebelde. Drogba, natural de Abiyán, el centro fuerte del país y la cuna de la administración formal, daba el paso. Se exponía a un atentado, de uno y otro lado, porque estaba pasando los límites. No tuvo miedo. Su llegada fue multitudinaria. A los pocos meses logró realizar un partido en la cancha municipal de Bouaké con toda la selección. La cancha estaba repleta, no cabía nadie más. Llegó gente de todo el país. Drogba impuso la reconciliación. 5-0 se tragó Madagascar. El último lo hizo Didier, el humilde estadio casi se vino abajo.

Por supuesto que los problemas no acabaron ahí, todo es mucho más complejo, pero sentó las bases y ya no hubo retorno. Los caudillos podrán seguir maquinando, pero el crack ya habló y limpió buena parte de muchas conciencias.

Claro, el partido que todos recordamos es esa final de Champions League del año 2012, cuando fue el protagonista de todo. Bayern Múnich nunca supo de qué manera frenarlo, y fue así como a los 88 minutos clavó el empate con un brutal cabezazo que hizo estéril la volada de Neuer. Luego en el suplementario cometió un penal y pasaba de héroe a villano. Robben tiró una masita. Finalmente en penales, el destino quiso que lo definiera él: la cruzó sin dudar y Chelsea y él ganaron su primera Champions. Debía ser el héroe. El fútbol masivo lo recuerda así, como un goleador de la puta madre. Pero es eso, y mucho más. Un crack en serio: Didier Drogba. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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