Un 15 de diciembre de 1996

No había sido convocado inicialmente, de hecho, hasta ahí no era un jugador fijo para Nelson Acosta. Sin embargo se fueron cayendo los soldados del medio y el volante de Cobreloa fue el designado para cubrir la emergencia. Aún así pocos apostaban por su titularidad. Lo recuerdo bien: no quedaban demasiados días para el partido y, como suele suceder, la cercanía delante del juego comenzó a dominar la frecuencia. Chile visitaría Buenos Aires y ahí estaría el terror de mi infancia, Gabriel Omar Batistuta. La confianza en el ambiente era poca y el desnivel competitivo entre una selección y otra rodeaba el absurdo; o eso estábamos acostumbrados a pensar. Todo sumamente lineal, uno más uno, jugador por jugador y harta idea preconcebida…harto pánico escénico. En la radio enunciaban una estrategia intelectual: “Hay que aguantar los primeros 15 minutos”. Mi viejo, que iba manejando, asentía. También se hablaba del 11 inicial, y el recién nominado, Fernando Cornejo, no aparecía por ningún lado. Salvo en la cabeza de Acosta, quien seguramente meditando junto a un chacarero y un schopcito lo percibió, viendo el futuro antes que su propia pizarra. La intuición de don Nelson, un viejo zorro.
Y así fue, aquel 15 de diciembre de 1996, Fernando Cornejo entraba como titular al Monumental de River Plate.

A mi papá le gustaba Cornejo, no sé si por su juego, porque la verdad es que él era un futbolero que iba y venia, sin obsesión, midiendo más partido a partido que a través de ideas generales o sentencias absolutas. Pero le gustaba probablemente porque tenía aspecto de tanque y buen toque, cualidades que en la cancha se valoran: cuando tu compañero va al choque y no se cae, o no se caga; o cada vez que el pase pide espacio y va al espacio. Cornejo era así, un tipo serio, parejo y con condiciones reconocibles, sin misterios, ni gambetas laguneras. Además, para una generación el apego a todo lo que venía de Cobreloa, sin necesariamente ser hincha, allanaba cariño. No sé cuántas veces le fue infiel a mi vieja durante los años 80, me imagino que varias, pero no más de las veces que lo fue con su equipo gritando goles de los naranjas cuando estos sacaban chapa de guapos por América.

El partido se dio tal como esperábamos: Marcelo Salas y Sebastián Rozental perdidos en el exilio, al otro lado de la cancha, mientras el resto trajinó a punta de pundonor y sacrificio cada uno de los espacios. ¡Lo que se movían las casas de Chile cada vez que el desgraciado del Burrito Ortega tomaba el cuero! ¡Los apilaba a todos! Javier Margas iba como chauchera suelta detrás del enano. Y a mí, en particular, el miedo me llegaba cuando Batistuta armaba el cañón buscando el arco de Tapia; ese le pegaba a un refrigerador y lo levantaba. Pero la Roja contuvo y hubo más de una ráfaga de toques. Eso sí el chiqui Chavarría no duró ni 30 minutos hasta que se fue expulsado. Claro, a los muñecos ‘che’ no se los podía ni tocar, y la Roja en ese tiempo, hay que reconocerlo, tenía poco peso. Ahora, que se emparejaron los errores, los demás lloran.

Y se arrancó Marcelo Salas: fue, fue, y fue. Solo, pero qué importaba, tenía fuelle y amague, y ya estaba casi adentro del área… Pero entre dos le hicieron el sándwich: ¡Tiro libre! Después de más de 50 minutos, al fin un descanso. La posición era prometedora y quien llegó de últimas, Cornejo, se tuvo toda la fe, plantándose frente al balón. “Va ser gol”, dijo mi viejo. Cornejo tomó poca carrera, la típica que se toma para darle un flotado con comba por el interno. Y eso pensó el arquero trasandino, quien rápidamente se movió a cubrir el segundo palo. Error, cayó chanchito. Cornejo, inteligente, la tiró rasante y cruzada al palo del arquero: se escuchó la mejor música del gol, esa inesperada, llena de desahogo. Chile le estaba ganando a Argentina en su casa, bajo el escepticismo de todos.

Salas, un rato después, con esa elegancia saca quicio que tenía, hizo expulsar al ratón Ayala. El partido se puso 10 con 10, y la posibilidad de ganar más cierta que nunca. Pero no bastó, la falta de experiencia se tradujo en retroceso y Ronald Fuentes validó los nervios haciéndole un tonto penal a Ortega. Batistuta rompió el arco.

La albiceleste se fue con todo, pero la Roja después del empate supo resistir, don Nelson no dejó espacio defensivo sin cubrir y a melones con vino el Matador aguantaba arriba. Y se sacó un empate festejado. Incluso hubo bocinas por todo Chile. El punto, que no estaba en los cálculos, fue determinante para llegar al mundial de Francia ’98. Y Fernando Cornejo, desde ahí, no saldría de las nominas.

Han pasado 20 años de eso, ya no está mi viejo, tampoco Cornejo, pero ese gol y ese partido siguen, junto a todos los sentimientos que arrastra. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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