Torneo de los recreos

11.15 de la mañana, suena el timbre y el colegio completo se vuelca a una de las canchas interiores que dan forma al patio y al resto de los movimientos. Cientos de personas; alumnos, profesores, auxiliares, gente de paso. Y allí adentro, por los siguientes 15 minutos, 6 por lado y el comienzo de la adrenalina, de un mundo aparte, del fútbol. También de esta historia, aunque la verdad, todo parte mucho antes.

Aparecí a los 5 años, de la mano de mi vieja y bien arregladito. Por supuesto lo primero que busqué no fue ni la biblioteca ni la sala de ciencias, fue, evidentemente, la cancha de fútbol. Y ahí jugué, me agarré a combos y fui creciendo.

La primera vez que miré uno de esos partidos de recreo terminé alucinando. No se trataba tan sólo de dos equipos intentando ganar, se trataba de dos cursos exigiéndose respeto. Respeto alrededor de la pelota, con el amague, los empujones y el aliento de los de afuera. Quería crecer rápido, dale, vamos crece, crece… Y no porque quisiese aprender a leer, multiplicar o tener una polola, no, era algo mucho más importante: era pararme en esa cancha y demostrar que las piernas no me temblaban. Y ya desde ese primer momento, desde esa primera pichanga al sonido del timbre, imaginaba las jugadas, la forma en que celebraría el gol y el aplauso entremedio de tanta corbata. Porque regresabas a la sala y previo paso por ese territorio infernal llamado, ‘baño de hombres’, te sentabas y el partido visto se comentaba. Y el que la rompía, la rompía, sin dobleces ni envidias amariconadas. El fútbol expuesto en lengua sincera.

Los años pasaron, aprendí a leer, a multiplicar y sacarme rojos en arte. También, cómo no, deseosamente aprendí pararme en ese recreo, a ‘estadio lleno’ y meter goles.

Las alumnas también iban a mirar. En tercero medio sentí como una de cuarto no me sacaba los ojos de encima. El problema es que era la hija del profesor de historia. ¡Qué cruel destino! Con todo, el problema lo solucionó la noche y esas primeras cervezas a escondidas… ¡Pero qué besos! …Bendito fútbol…

A mi curso yo lo llamaba ‘Chile en el mundo’: no destacábamos en nada importante y todo lo hacíamos a medias. Tampoco teníamos un espíritu demasiado fraternal, nos dividíamos entre: «Los sin futuro»: el equipo de fútbol en plenitud más los secuaces-; «Los de allá’: jóvenes que se sentaban adelante y jugaban cartas Magic; y, «Las chiquillas»: nenas con las que sólo teníamos en común compartir una sala de clases. Sí, definitivamente no era el curso más integrado. Sin embargo, había un gran detalle que nos unía: el odio por el curso de al lado, el ‘A’.

En la vida uno necesita odiar algo, créanlo, es sano, alivia, despeja. Y el curso de al lado se ganaba el sentimiento de manera espontánea. Amigos del morral, pateros con los profes, sin humor negro y en donde el liderazgo lo compartían una crespa madura siempre bajo el pulso luminoso de lo correcto y un tipo de promedio 6,9, acólito, scout y, para peor, techno electrónico. Sí, dos pasteles llenos de azúcar. Y todos eran amigos, y se abrazaban, y no se enojaban cuando discutían. ¡Eran todos iguales! Para colmo, poco tiempo antes, nos habían derrotado en las urnas cuando buscábamos hacernos del centro de alumnos. El único instante de poder que brinda el colegio arrebatado por una campaña en que primó la simpatía. ¡Revancha! ¡Necesitábamos revancha!

Y la posibilidad de tomarla se daría en el gran y único escenario: el torneo de los recreos. Cara a cara, en la semifinal, ellos y nosotros, colegio completo mirando. Nuestro curso, como nunca, a pleno, cómplices, con bombo y challas.

En mi rol de capitán dije un discurso breve pero al caño: «Piensen en todos esos abrazos melosos que se dan; en la forma irritante, de pololos hermanos, en la que se hablan; en la risita afectiva cuando discuten… Y en todos esos años en que han dicho, caraderajamente, que son mejores que nosotros. ¡¡Vamos, salgamos y goleemos a estos conchasdesumadres!!».

5 minutos y ya perdíamos 0-2. Mi discurso no funcionó. Salimos demasiado acelerados y no hilvanábamos nada. Nuestra área, además, estaba un poco mojada, resbalándonos, confundidos, sin hacer pie. No conseguíamos calmarnos y el tiempo avanzaba demasiado rápido. Se escuchó desde su barra un par de ‘oles’, pero como nunca la nuestra apañaba y soltaba gritos de la guata, con fuerza y eso no se olvida.

Nos puteamos, como se putea adentro de una cancha, como se putea a un amigo cuando hay que despertarlo. Fuerte y a la vena, las violentas palabras nos tranquilizaron. Arica en el arco comenzó a ordenar, gritándole a Padilla y Mujica, el par defensivo que encontró aplomó y disminuyó el pelotazo; Pancho, el flaco gambetero, de a poco tomó el enlace; Huevo, bajito pero apasionado, arriba molestaba y ladraba a una defensa engreída; y yo, en la polvorita, exigiendo la pelota, reclamando el pase, también tragándomela y jugando al héroe. ¡Es que no podíamos perder! Y los minutos, los breves quince minutos, eran cada más breves.

Iban 8 minutos, o algo así. Desde afuera se sentía un ambiente comprometido: la barra de ellos, la barra nuestra, el resto del colegio. Ya no nos llegaban pero nosotros tampoco llegábamos. Controlábamos un poco mejor que al principio el balón, sin embargo, el daño en arco rival era escaso. Había que patear…¡Hay que patear! ¡Hay que patear! Recuerdo haber escuchado «Meléndez, queda tiempo, calma», lo decía un alumno de un curso menor. Voltee y le contesté «no, no queda tiempo». El fútbol en esa explosión finita, arrastrando la ansiedad, el delirio y el coraje. Levanté mis brazos y reclamé el pelotazo desde el fondo. Arica la tenía en sus manos y encrispado solté «¡dale, hueón, dale!». Y desde allá vino un saque alto con la mano: la vi venir, la vi caer y sin pensarlo peine un cabezazo desesperado: la pelota se fue a una esquina, dio un bote y se mimó en la malla. Descontábamos. ¡Se podía, claro que se podía!

El gol definitivamente nos puso en marcha y a ellos les cambió el semblante. Les respirábamos en la oreja, con hambre.

Inmediatamente, a la jugada siguiente, una combinación con Pancho produjo un rebote y un tiro de esquina a favor. Pancho fue rápido, tomó la pelota, la puso en la línea y miró al área. Yo le gritaba «¡acá, hueón, acá! No sé si estaba solo o no, quería patear, empatarlo, sin embargo, no me hizo un puto caso y lo mandó al área, al lugar donde puso la vista: Mujica entró por el medio y de voleo interno puso el empate. Espectacular. Épico. Se sentía el ambiente, el eco de las palabras confundidas y vibrantes. Nuestro equipo, a diferencia de la sensación del entorno, ya no tenía confusión.

Tras el empate ya no había cómo detenernos, estábamos absolutamente encendidos; tocando, pegando y cerrándoles la boca, esa que mientras estuvieron 2-0 mantuvieron siempre abierta.

Faltaba poco y Arica despejó bien alto; salté, la gané por arriba y enseguida metí el pase a un costado; apareció Pancho y desbordó unos metros, luego sacó el centro; ahí se coló Huevo, que no había hecho nada, pero qué importa si iba de 9 y estuvo cuando había que estar: se barrió sin dudarlo y entremedio de todos anticipó y la metió adentro ¡¡¡¡GOOOOOOOOOOOOL!!!! Inolvidable…nunca olvido al chico sin esa polera… No quedaba nada y lo habíamos dado vuelta.

Pero ya lo dije: éramos ‘Chile en el mundo’.

Segundos antes de que el timbre sonara indicando el termino del partido, en la última jugada, ellos tenían un lateral pero la pelota estaba en mis pies; metiendo la maña, la mandé bien lejos, haciendo tiempo y esperando que sonara el final del partido. El árbitro, el profesor de historia, me expulsó. Reclamé un par de segundos, quemé lo que más pude. Al salir de la cancha, detecté con culpa premeditada, el error: quedó una marca libre y fue justo esa marca quien pateó con desespero a nuestra portería: Arica, no en su versión más feliz, perdió con Newton y su volada no duró medio segundo, ni medio metro. 3-3. No se podía creer, y yo no sabía dónde enterrarme. Timbre y final.

¡Habíamos estado ahí! ¡A nada! No sabía qué decir, pero no había espacio para decir nada: tocaban penales.

La expectación, espeluznante. Ya nadie estaba fuera de la cancha, todo el colegio estaba adentro, rodeando los remates. Yo no quería mirar y me alejé un poco. El resto, equipo y curso, abrazados; no en la melosa, en la apasionada, en la definitiva. Y el fútbol, entremedio, recorriendo nuestra sangre.

Arica era alto y tapaba el arco, había fe. 3 penales para cada equipo.

La cara de todos era de mucho nervio. La final, que se tomaba una hora completa de clases, y que desde los 5 años día a día quisimos jugar, se encontraba al frente, al borde, a seis penales.

¿Cara? ¿Ellos? Ok. Primer penal era del «A». De pronto el silencio. Arica se movía, el hacía show. El delantero de ellos tomó carrera y sin freno cruzó el derechazo: a lo Caszely, igualito, lo erraba. ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! Cuando lo importante está cerca, el corazón más se agita y a mí se me estaba saliendo. Turno nuestro y Pancho no dudó; fuerte al arco con los ojos cerrados: gol. En la misma celebración, sin darme cuenta, ya había llegado el empate de ellos. Todo era así, furtivo y frenético. Mujica, más bien tosco con el corazón la puso a un costado. Y ya quedaba sólo uno. ¡Dale Arica, tapa y acaba con esto! No obstante, ellos volverían a empatar. Último penal. La tomó Padilla, un defensa solvente y pie plano que ahora tenía la final en su derecha. Carrera larga, larga, bien larga…o quizás no. Lo que sí recuerdo bien fue que su tranco no llevaba ritmo ni estética pero sí ojos entintados en fuego. Aceleró, qué chucha ¡¡y adentro!! Un puntete glorioso que dejó sin posibilidad de reacción al arquero. ¡Qué momento! ¡Qué recuerdo! ¡Qué eterno! Los 35 chilenos en el mundo del IVºB nos abalanzamos arriba suyo al siguiente segundo, en el mejor montoncito que hubo, que habrá, que viviré. Vaya euforia, ¡y a la final!, dejando en el camino al archirrival, en nuestra propia final.

Luego de la mejor y más nostálgica ducha helada, al volver a la sala, esta nos sacudió con un caluroso y efusivo aplauso. El fútbol puso las cosas en orden y ganamos lo que teníamos que ganar; revancha consumada en terrno sagrado.

A día de hoy, cuando ya tocamos los treinta años, cada vez que nos vemos o conversamos ese partido sale al ruedo, reviviendo las jugadas, los goles, y el odio. Aún siento mi rostro con la sonrisa estirada, caminando por ese pasillo, mirando la cancha una vez el juego acabó. Y aún queda la alegría de ese día, timbre al timbre, cuando no nos temblaron las piernas… en el torneo de los recreos. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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1 comentario en Torneo de los recreos

  1. recuerdo torneos de colegio, se me viene a mi mente un gran amigo q dios lo llevo joven, eduardo picart capitan alma y tromba de nuestro equipo! abrazos para ti huaipicart!

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