Todos fueron a ver a Roberto Baggio

La final había arrugado el pasto, con la pelota desafinada y el explosivo temor que aparece cuando el objetivo secuestra el camino. El “10” azurri apenas participó del juego, pero seguía siendo clave, era el mejor del mundo, y el mejor del mundial, porque aunque durmió en la ronda inicial, cuando comenzó el show, desde octavos, soltó la gambeta y eliminó a Nigeria, España y Bulgaria. Italia se instaló en su quinta final planetaria y la razón: Roberto Baggio.

Todo se va resolver desde los doce pasos, es la primera vez que un mundial se definirá por esa vía. La presión de Brasil es cierta, lleva veinticuatro años sin levantar el trofeo, y Pelé que está en la tribuna ganándose unos billetes comentando cualquier cosa, ya tiene saturado a todo el país de la samba con eso de que debería nacer de nuevo. Romario lo detesta, quiere su título y le importa un carajo el “Jogo bonito”; pide su penal, aunque con la tez pálida, porque la instancia eclipsa la personalidad y poco queda del arrogante carioca que dos noches atrás medía sus atributos en un burdel. Del lado italiano, los guantes de Goycochea en Nápoles todavía crujen en la retina, pero tienen confianza en la revancha, además define Roberto, la estrella que jamás tuvieron.

Está echado sobre el césped, proyectando figuras en las nubes, envuelto en el sonido del viento; se arrancó de su padre y de los pedales, él no quiere ser ciclista, no tiene ganas de eso y aunque su origen es humilde tiene prepotencia aristocrática: nadie le dirá qué hacer, ni tampoco tendrá que gritarlo, simplemente lo va hacer. Pero tampoco tiene dónde jugar al fútbol, que es como mejor se siente. Una semana atrás fue sustituido a los treinta minutos del primer tiempo, por glotón, por no dar un pase, por querer hacerlo solo, y en Caldogno no hay espacio para figuritas.

Caldogno es un pequeño pueblo rural en la provincia de Vicenza, bien al norte de Italia. La gente se saluda en la calle, todos saben quiénes son y por supuesto ya se ha comentado que uno de los Baggio esconde la pelota mientras va corriendo. Sin embargo, también se dice que no ayuda en la marca y que detrás de su continuo silencio hay una insolente prepotencia. El muchacho tiene apenas once años, pero su descaro contagia la enemistad, y en una cultura abruptamente expresiva, la introspección es irritantemente sospechosa. A Roberto sólo le preocupa volver a jugar, y para hacerlo tendrá que pedir disculpas a su entrenador, decir que lo siente y que ahora sí va jugar como todos pretenden. En definitiva, al chiquillo lo están obligando a desaparecer y situarse en el plano correcto, en el plano convencional, en la dimensión normal y mediocre de lo común.

Por suerte, Roberto mintió: hizo lo de siempre, porque era mejor y punto. Su equipo ganó 7-1, siete goles suyos.

No pasó mucho tiempo para que fuera ‘descubierto’. Aterrizó en el Vicenza, un equipo modesto de la segunda división, pero un paso enorme en la carrera del tímido adolescente, que veía como poco a poco, de forma natural, su habilidad comenzaba a darle réditos. No obstante no era sencillo, su posición en la cancha no terminaba de consolidarse y tampoco conseguía adaptarse seriamente a la disciplina táctica exigida para jugar en el calcio. Sí, sus piernas parecían tener ojos propios y con la redonda volaba, pero la crítica sobre su compromiso grupal permanecía. Baggio estaba al borde del fastidio, continuaba simplemente porque era un apasionado, no encontraba mayores respuestas de si mismo que en la vorágine instantánea del juego; pero un buen día un primo le presentó al budismo, y con Buda venía Andreina.

No era fácil meditar con ella ahí, trataba de concentrarse, pero inmediatamente se le aparecía el cuello de la chiquilla. No tuvo más opciones que arriesgarse, decirle tonterías e invitarla pesimamente a salir. El galán trabajó varios meses, incluso ya se podía decir que era budista y eso de que “todo está adentro tuyo” ya era parte su elocuencia diaria, pero la cita con Andreina todavía no llegaba. A ella le gustaban los tipos como él, pero Baggio fiel a la raza masculina, no se mostraba sincero y se postulaba más bacán de lo necesario, rebotando como condenado. Hasta que de tanto insistir fueron al cine, a ver una mala película, pero nada que lo oscurito no mejore. Ahí le robó el primer beso. Se los sigue robando hasta hoy.

Roberto Baggio comenzó de abajo, sin que nadie le regalara nada, fielmente incomprendido. Si hubiese nacido en Sudamérica, el boleto a la admiración era una mera diagonal, pero aunque en Italia el fervor por el fútbol es abiertamente desatado, su concepción es diferente y en esa comprensión tuvo que subrayar la posibilidad de existencia. “¿De qué juega?” Era la pregunta usual, y Baggio respondía en el campo: de extraordinario. Tenía el pase de Laudrup, la gambeta de George Best y definía como Romario. Roberto Baggio controlaba el juego a partir de su talento, capturaba la atención; podían ser noventa minutos sin hacer nada, pero el rival jugó con nueve. Y con un resto de vuelo y tres metros de espacio, lo inesperado y el deleite.

Su capacidad dejó de estar oculta y la Fiorentina iba por la nueva joya que ya rompía los moldes de la “B”. Cuando todo parecía encaminado y Baggio jugaba su último partido por el Vicenza, se rompió la pierna y el resultado fue devastador: 18 meses fuera de las canchas. Pudo ser el fin de su carrera, pero ahí fue cuando puso a prueba toda su fuerza interior, y no quiso renunciar a la pasión que el fútbol le exprimía. Fiorentina no se echó para atrás, y literalmente depositó toda la fe en un jugador que cambiaba el paladar histórico de la península. Con el paso de los partidos, Baggio terminaría reconvirtiendo a todo un país. Ya no era Maradona o Platini, era un italiano quien hacía arte instantáneo, corporal, en movimiento. Era “Il Divino”, tal cual.

Por supuesto que existía resistencia hacia él, pero la mayoría quiso ser seducido, quizás porque la disciplina finalmente sea sólo un detalle corriente al lado de lo que inspira. Y ese jugador de cordones desatados y medias hasta abajo causaba la revolución espiritual que el hincha futbolero necesita; Baggio quería bailar en un fútbol de francotiradores.

Al mundial de Italia ‘90 llegó joven, aunque le alcanzó para hacer el mejor gol del torneo (a Checoslovaquía, una maravilla) y dejar en claro que cada vez que fue a la banca fue una pérdida de tiempo. De Fiorentina –de donde nunca quiso salir- pasó a un gigante como Juventus en el precio más caro de la historia, el resultado fue que para el mundial de USA ’94 arribara como el futbolista más determinante del planeta y con el balón de oro del año anterior en su casa.

Baggio no había hecho una gran final, pero la única razón por la que Italia estaba ahí era por él: zafó de la ignominia en el último minuto de octavos frente a Nigeria, y luego lo ganó en la prorroga; sentenció a España en cuartos; y liquidó con dos intervenciones de genio a la crecida Bulgaria de Stoichkov. Era su mundial.

Fue así, en su mundial, como llegó a patear el último tiro de Italia en la tanda de penales. La azurri ya había fallado dos veces, Brasil una. Baggio debía convertir para mantener el suspenso y alargar la vida de su selección.

Llegó calmo, concentrado, sabiendo qué hacer. Taffarel siempre elegía un lado, así que ya tenía decidido patear al centro. El ambiente era ruidoso, lleno de gringos que no entendían la ceremonia, tragándose una hamburguesa. Tomó una carrera medianamente larga, y sin tanta velocidad, con la vista en el portero, fue midiendo sus pasos. La cámara lenta de los recuerdos inembargables de pronto estalla y la pelota comienza a viajar alto, demasiado alto. Roberto Baggio fallaba y se quedaba clavado, estático en el punto penal, en ese punto que le dio la infamia eterna. Aunque Baggio ya no estaba ahí y su mente se perdió en el abismo del dolor, su figura se quedó ahí para siempre. Romario, que había convertido su penal lloraba en el campo, al igual que Pelé, quien mostraba una faceta nueva: emociones por algo que no se tratara de él.

Baggio siguió jugando, y bastante bien, pero ya nunca fue lo mismo.

En el momento más difícil no fue divino, falló, y con ese remordimiento aún despierta de noche, cualquier noche. Sin embargo, pudo transformar una idea y se ganó el amor de su pueblo. Sin estridencias, ni frases, ni donaciones, ni todo el verso gastado del buen tipo; simplemente jugando fútbol, jugando un buen fútbol, un fútbol apasionado, elegante y artístico. En definitiva, un fútbol propio, que le nacía y que no fue corrompido.

Y aunque un penal fallado corrompa su recuerdo, al volver a Italia, el aeropuerto estaba lleno: todos fueron a ver a Roberto Baggio. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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