Soy Michael Phelps

Ha dicho, para la galería y la nota cebolla, que lo hace porque quiere que su hijo vea lo que es capaz de hacer su padre. Claro que para ser justos, el pequeño Boomer no alcanza el año de edad y muy pendiente de la piscina no anda. Puro cuento. Falacias, como diría con astucia nuestro Eduardo Vargas. Obviamente el nacimiento de su primer retoño es una motivación importante a la hora de continuar, pero a veces no hay que decorar ni profundizar tanto las causas, ni tampoco agregarle un mantel popular a las intenciones. Porque más allá del lenguaje corriente que todos sabemos será aceptado, es importante observar el instante en que el cuerpo se expresa sin cadenas. Quizás sea ahí, al igual que en cualquier cita romántica, cuando entendemos de qué va todo esto. Apelando a un Phelps originario, que se reconoce autentico, diferente e indomable en el agua, su espacio de identidad más claro.

Anoche en la final de 200 metros mariposa apareció plenamente concentrado, más serio que de costumbre; no hubo show para la cámara. Miró a su lado y tenía al sudafricano que le negó el primer lugar en esta misma prueba cuatro años antes en Londres. Luego ojeó a su otro lado y estaba el joven húngaro que ya lo había madrugado tanto en la serie como en la semifinal. La excusa estaba sobre la mesa. Sin embargo, desde un comienzo salió con todo. Agarró la punta en los 50 metros y de ahí no la soltó más. Muchos creyeron que haría un tren de carrera más conservador, expectante al desarrollo de la misma, guardando la energía para el final, mas nada: apretó, apretó y apretó. Impuso el tramite y nadó con explosión, haciendo temblar las butacas del domo. Estaba en juego un simbólico oro número 20, algo inédito, brutal. La expectación estaba puesta en él, y en vez de presionarse, se agrandó. Sin dudas tenía nervios y tensión, pero no más que confianza. Y al llegar a la meta expresó su revancha, también sus sentimientos: no fue un llanto, fue una expulsión de dominio. «Soy el 1, no se olviden», fue la imponente escena que quiso transmitir a sus rivales y al mundo completo. No fue arrogancia, fue adrenalina. Y fue por esa adrenalina que todavía no cuelga el gorrito y sigue nadando, porque es en esa dinámica donde se reconoce. Quiere ganar, pero por sobre todo, quiere competir.

Michael Phelps fuera del agua es un tipo mundano, un terrestre más, y es quizás por eso que persigue su vicio; el vicio de sentirse bien, de estar en el lugar que quiere. Y si alcanza para seguir ganando, lo hace. Al rato obtuvo la medalla de oro número 21 de su carrera en la posta 4×200, la cual remató sin apremios. Esta vez eso sí no hubo tanta euforia; estaba raja de cansado y se fue rapidito. Además cuenta que el pequeño Boomer se despierta temprano a pedir «la papa».
Michael Phelps está Río de janeiro porque lo pasa increíble nadando, y como es probable que estos sean sus últimos Juegos Olímpicos, se da el gustito de darse él mismo un homenaje. Se ganó ese derecho, él lo buscó. ‪#‎BB‬

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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