Siete a cero

Las reconciliaciones suelen ser apasionadas; se acumulan sentimientos encontrados, nostalgias, exigencias, deseos. De cierta forma explota el presente en un instante sin tiempo: los grises del pasado se guardan en la sombra y aquello que viene se entrega sin limites a lo que se vive, agitadamente.

La selección chilena caminaba a través de la irregularidad, a ratos bajo el desencanto, con la solidez bajo sospecha. El técnico, Juan Antonio Pizzi, la bandera que simbolizaba esas dudas. Pero no era sólo él, los rendimientos individuales tampoco comulgaban con el recuerdo. Las incertezas eran ruidosas, pero también visibles. Para los más obsecuentes, las criticas parecían injustas y aguardaban esperanzados un repunte del que nadie podía estar realmente seguro. El equipo a ratos mostraba buenos momentos, pero no más que eso. Había que ser pacientes, sí, pero tampoco callar, ¿por qué callar? No existe espacio para el progreso sin cuestionamiento. La madurez de una persona, de un equipo de fútbol, de una sociedad recae de buena medida en ello; endurece y estabiliza a quienes están para cosas grandes, el resto chilla y se hunde en las excusas. La tensión para el seleccionador era viva, el orgullo picaba el corazón de los jugadores y la hinchada, en general, se mostraba intranquila. Chile salía a la cancha sin perfil de favorito, pero seguía siendo «La Roja», con la misma base que ha roto la historia, y nuestras pulsaciones aceleradas, anhelando desde el arrebato más sincero que apareciera esa organización que a ratos respira, atrapa y protagoniza la escena.

La salida de los equipos al campo de juego, rodeados de una multitud, con el color verde poblando las tribunas. Aún así, los jugadores cantaron el himno sin titubear, con la mano en el pecho, los ojos cerrados, entonando hasta el final. A los 3 minutos de juego ya se veía a un Chile decidido, concentrado, exprimiendo el campo de juego. «Qué siga así», pensábamos todos. Con 7 minutos, Eduardo Vargas mandaba un pésimo centro al área. Aránguiz le reclamó de inmediato. «Tranquilo, conchetumadre», le contestó ‘Edu’ a ‘Charly’. Una puteada entre amigos, una puteada de fútbol, una demostración de la llama. México intentaba salir, pero le costaba: donde había un mexicano, llegaba un chileno, y luego otro, y si hacía falta…otro. Un equipo atento, anticipador, con gran lectura del juego. Y cuando México logró dar dos pasos para adelante, de contra Vidal se vistió de Pirlo y sólo una pierna de último segundo evitó que Puch quemara la red. Iban 10 minutos y el entusiasmo era probablemente incontenible. Allá en el césped, y acá en Chile. La selección jugaba en su ritmo, aplomados y dominaba. Sin tanta precisión desde tres cuartos, pero arrimándose al área rival.

El cuadro azteca nuevamente avanzó un poco, pero Chile había vuelto a ser un sistema, desde un origen táctico fundamental: ser un equipo corto. De esa forma sorprendió y llegó el primero. Gary Medel no necesita usar la zona de volantes para avanzar y profundiza en forma vertical; Alexis Sánchez pica soberbiamente en diagonal, aunque parecía que se le abría, aguantó. Entre dos habilitó a Aránguiz. Excelente elección. El príncipe es el príncipe porque entiende el juego: mientras otro jugador mandaba un centro a la pelea, el retrocedió la jugada, la oxigenó, la llenó de vida. Marcelo Díaz pateó con fuerza, con ganas. Ochoa dejó el rebote, y ahí estaba Puch, en el otro lado de su ubicación, expresando la movilidad. La tocó de primera, casi con prudencia, y avanzó lento, con drama, abriendo un episodio precioso. Con 15 minutos la Roja empezaba a ganarlo y estaba más que bien.

México fue por el empate, pero sin demasiadas ideas, perdiendo los duelos y sin lograr controlar el centro del campo. La fuerza de Arturo Vidal para eso fue esencial. Además, hubo dos aspectos que Pizzi entendió desde el juego con Argentina y estableció una evolución en cuanto su concepción anterior. Lo primero fue mandatar al tándem Puch-Fuenzalida a una solidaridad sin arrugas: era su apuesta y le pagaron. La otra fue aún más inteligente, porque ya no se trató de hombres, si no que de posiciones: Vidal acompañó desde más atrás -lo que no significó que no subiera, eso para el Rey sería contra natural-, liberando un poco más a Díaz, brindando mayor y mejores opciones de salida. Contra Argentina el partido se perdió ahí, ayer ya no estaba ese flagelo. Y cuando hubo que irse para atrás, con cara de perro, metiendo con todo. Las divididas iban para nosotros.

Antes que finalizara el primer tiempo, el sector izquierdo de la ofensiva nacional -que despedazó todo el partido- elaboró el segundo: Beausejour-pisadita-pase a Alexis; Alexis una vez más la aguanta, México tiembla, Eduardo Vargas ve la sangre en el área: va para él, anticipa al defensor, define a lo crack. 2-0 y la explosión de gol. Un Chile serio, comprometido, de vuelta. La ventaja no aseguraba nada, pero reflejaba la expresión de la cancha. Faltaba el segundo tiempo. Y llegó el mito.

México salió con ímpetu a cambiar su suerte, pero al frente reaparecía el campeón de América con toda su dimensión: presión, presión, presión y Vidal la terminó robando. Alexis-Vidal-amague en el área del mejor volante de todos-y Alexis sentenció el partido. Espectacular. En 50 minutos Chile destrozaba a un oponente calificado, superándolo ampliamente.

Luego vino el show de Eduardo Vargas. El de Renca nació para la selección. Algunos lo ponían en duda. Partió con un pésimo centro y a los garabatos; terminó haciendo cuatro goles, amplificando su nombre para siempre, y con la cara llena de risa. Además venía de una semana dura por la salud de su vieja: pagó con un póker. En el cuarto de Chile (y segundo de él), velocidad y definió sin nervios. El hat trick lo finiquitó sin pensar, con un zurdazo al ángulo. Su cuarto gol rompió la parte de arriba de la red, el lugar que le faltaba. Un goleador de la puta madre.

La guinda de la torta la puso quien abrió el fantástico episodio: Edson Puch. Claro que cerrando su partidazo, ya no fue con la prudencia del primero: la cuchareó como en el barrio.

Fue un partido memorable, espeluznantemente imborrable. Para aplaudir y no parar más. Cuando el partido fue exigente, se jugó con el nervio con que lo hacen los grandes equipos. Chile apareció en el momento justo, perfecto. Y ya una vez el juego estaba asegurado, no hubo conformismo. Chile fue una escuadra brutalmente salvaje, apasionada, disfrutando su reencuentro con lo mejor de su fútbol. Y nosotros, embobados, reconciliados, contando los segundos para ver más videos, leer más cosas de lo que fue. Aguardando sin calma hasta el miércoles. Aplaudiendo sin cansarnos.

Contra Colombia no va estar Arturo Vidal ni tampoco hay que confiarse ni agrandarse más de la cuenta. cada partido tiene su cuento, sin embargo, el envión es tremendo. Lo de Chile fue espectacular, pero también lleno de humildad: la barrida de Puch para el sexto gol y el infinito sudor que dejaron todos en la cancha es la ilustración de aquello.

Qué partidazo. 7-0. No, los números no dan cuenta de la magnitud…es mejor escribirlo, porque así se construyen los mitos: siete a cero. Apareció el campeón, y quiere seguir escribiendo. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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