Saga: Pablito y el Lucho. Capitulo 2

El partido del 'loco' Carlos

Recibe con el pecho, no sólo recibe, la hace correr, bordeando el área, con la pelota atada al pie derecho y toda la defensa una vez más realiza el mismo ejercicio persecutorio, desplazándose hacía él, cerrándole el camino. La pisa, recta la espalda, levanta la vista, con el cuello estirado y toca hacía atrás; ingresa al área, lo tratan de desestabilizar a empujones e imperceptibles patadas que de imperceptibles tienen poco; la pelota ahora se fue por arriba y precisa a la zona del lateral, desde ahí sale un centro rasante, fuerte, lleno de pimienta; el Loco Carlos ya está en el punto penal, tiene medido el contacto con la piedra y el mal bote, ha jugado ahí toda la vida y la vicisitud del movimiento es parte de la identidad de la cancha, también de sus recuerdos, de su juego y de un día a día que nunca ha caminado claro, ni cierto. Pero ahí está él, gana la posición y con la canilla cambia la dirección, la pelota va al arco, a la red, es gol, el empate y nuevamente el crack del barrio y del viejo equipo ‘Cruz del sur’, hace estallar a una poblada galería que mete canticos, cervezas, garrafas y chuchadas en la cancha de tierra.

El Lucho se estremece, observó y registró la jugada, pues no hay otro delantero al que haya mirado tanto, y admirado. Es que el Loco Carlos tiene algo especial, no sólo es buenísimo, tiene corazón, pero aparte un detalle que muchos no se esfuerzan por entender y es la clave para equilibrar el juego en una zona de calidad más alta de lo presumible: jugar sin la pelota. El Loco Carlos siempre se está moviendo, su estilo nace con la pared en la cabeza. Podrán existir los más famosos y reconocidos delanteros, pero para el Lucho, que vive sin cable y de tele nada, sus ojos son toda la realidad y en esa, nadie es mejor que el Loco Carlos; ni los de la selección.

El Loco Carlos sabe que está siendo observado por todos, que en él recae gran parte de la esperanza de que ‘Cruz del sur’ juegue el cuadrangular final y así apostar a un ascenso inédito dentro del fútbol amateur. Aunque a él le pagan, no mucho, pero lo suficiente como para invertir esa platita en la noche y la Mirta, su compañera de juerga y de cama, también quien lo contiene, le oculta su evidente soledad, le ahuyenta la nostalgia de un viejo amor perdido por borracho y quien, pese a un trato tierno, no espera nada de él ni le hace demasiadas preguntas. De esas relaciones que sostienen el tiempo, pero no transforman una vida.

Pablito sigue el partido en silencio, no está íntimamente relacionado con el equipo, pero ya que el Lucho lo invitó, no dudó; además, de a poco viene sacándose el mote de niñito consentido y miedoso de la calle con que arribó bajo los siempre invalidantes prejuicios. De a poco se acostumbra a ver el partido ‘parado’ y la lectura del juego ya la tiene más o menos clara, ‘harto pelotazo y harta patada’ sentencia sin escandalo; sin embargo, en menos de 90 minutos, no le quita la vista de encima al Loco Carlos, ‘ese gambetea y no tiene miedo’, le dijo al Lucho luego del empate. El Lucho siente el fútbol, así lo evalúa; Pablito perfila descripciones, compara los trayectos, lo analiza.

Don Manuel está con su mujer, la señora Casandra, sentados en lo alto de la pequeña grada de madera; la señora Casandra alguna aventura tuvo con el Loco Carlos, quien pese a no tener un caracho amable, compensa con una pichanguera bien cuidada, un cuerpo de calugas momentáneas, además del atractivo de ser un tipo de largas caminatas silenciosas y una reserva que captura el misterio femenino. Atento sólo a lo propio, divagando en el estrés de una vida que parece escapársele, la decora y la llena de ilusiones que se evaporan al contacto del presente, en la intercepción que hace el resto con su mundo imaginario, el único testigo de un pasado auspicioso y que lo tuvo tan cerca de todo: ser un jugador profesional, la mina bonita de la villa, la risa honesta que sale de la calma. Todo eso cuando todavía era ‘Carlitos’ y no se había fracturado; cuando respiraba sana la promesa de una casa propia y los dientes para su viejita, no ahora que gastaba su dolor en vasos de alcohol y sólo revivía el domingo en la tarde, en esa cancha de tierra que le encaminó su lenguaje, ese futuro que alguna vez creyó y que ahora lentamente lo mataba; sí, al Loco Carlos, el futuro lo estaba matando. Pero en la cancha seguía siendo un genio, un talento espontaneo; y toda su debilidad, desaparecía y eclipsaba incluso al propio yo, aunque tal vez, no había más yo del Loco Carlos que adentro de la cancha.

Queda poco y buscan al Loco Carlos; los propios con un pase o un compromiso, los extraños con ‘bellas’ palabras y toda clase de agarrones. El Lucho las reclama todas, Pablito no se queda atrás. El juego es tenso, áspero, calentito.
La toma el crack, tiene un pase al lado, pero lo omite, gambetea a uno y acelera; la barra, que vive de pie, ahora se pone en puntas; acelera un poco más, pero esta vez la caga, se le va larga y la pierde, quiere recuperarla, pero ya es tarde, la jugada se hilvana rápido y la contra se arma con buen aspecto, 4 contra 4 y el rezo interno y colectivo, ‘no, no, no’. Zapatazo de empeine a 20 metros, rebota en el sacrificado lateral y con eso el arquero ya no queda en posición: gol, 1-2 y el grito de gol de la visita que hace aún más insolente al estático silencio. El Loco Carlos agiliza el reinicio, mete palmas y en el alarido está el mea culpa, pero no va dejar de intentarlo, aunque los minutos se gastan y la desesperación se vuelve impotencia. El Lucho ve a su ídolo al borde del abismo, sus ojos le pican y aunque apenas tiene 11 años, ya sabe de pesadillas y noches sin dormir tras una dura derrota.

Desfallece en el suelo, con la boca seca y la cabeza dándole vueltas; no quiere saber de nadie. Pasan unos minutos, algunas ironías de la siempre bipolar hinchada lo sacan del modo y lo vuelven violento; al rato se tranquiliza y pide disculpas, ‘porque me la comí’.
Pablito y el Lucho vuelven a casa con toda la amargura, se prometen no perder la final del torneo contra ‘Los chorizos’; es que han ido bien: 7 partidos, 7 triunfos. Al Lucho las zapatillas nuevas lo tienen de goleador. Don Manuel baja de la grada de la mano con la señora Casandra, lo espera abajo el Milton, el técnico pato malo de ‘Los chorizos’ y que le tiene ganas a la señora Casandra. El encuentro es tenso, se apuestan cosas y ya todos en el barrio están enterados que se viene ese partido. Hay morbo.

El Loco Carlos va solo caminando de regreso a su casa, no tiene ganas de nada, ni siquiera de un copete. El Lucho lo mira a lo lejos, sigue siendo su ídolo. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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