Saga: Pablito y el Lucho. Capitulo 1

Mimado, hijo único, Pablito lleva en sus manos su nueva pelota: de cuero, brillando, la de la champions. Paso seguro, mirada concentrada, ropa de marca, Pablito recuerda las jugadas de Messi, entremedio de la baba acuosa de relatos argentinos. Pateando un envase de jugo, el Lucho pierde el tiempo y hace la finta a la tarea, extraños ejercicios matemáticos que poca sombra pueden hacerle a las ganas de jugar como el ‘Loco Carlos’, el crack del barrio.

Pablito vive cerca del Lucho, a un par de cuadras, pero hasta ahí no se conocen; se han visto, pero nunca han cruzado palabra alguna. Es que Pablito es hogareño, sale poco a jugar a la plaza, además le gusta ver partidos en la tele y maneja al dedillo toda la información de la pelota. El Lucho es callejero, siempre anda corriendo y, por supuesto, bueno para mandarse cagadas. Son distintos, claro que sí, pero ambos están atados al mismo sueño: ser futbolistas profesionales, y en eso queman sus ilusiones. La ilusión, ese rastro que sólo muriendo puede ser nostalgia.

-Hola pos, Pablito, que bueno que viniste- Lo saludó Don Manuel al verlo llegar. Don Manuel es el motivado de la villa, siempre anda organizando eventos, completadas bailables, campeonatos deportivos, bingos a beneficio, tocatas, lo que sea, lo que se le ocurra o lo que le digan; disposición y voluntad siempre tiene. Don Manuel es el maestro chasquilla del hueveo. Pero también, es el técnico de ‘Los Zafrada’, un equipo sub12 de futbolito que hizo al dedillo para su hijo, el Rucio, un moreno color oscuridad que a todos le generan dudas si realmente hay algún parentesco genético. Es que Don Manuel es moreno, ¡pero no tanto!, y bueno, la señora Casandra NO es morena. Cosas que pasan.

De Pablito se rumorea que tiene pasta, no lo ubican tanto porque estudia en un colegio pagado del centro, a unos 30 minutos en auto y mucho contacto con la gente de por ahí no ha tenido, pero una que otra gambeta ha tirado en la plaza cuando sale con su padre, el Yoyo, un nacido y criado en esa tierra. Don Manuel requiere un volante con urgencia, el campeonato está por empezar y necesita alguien que le de los pases al Lucho, la gran figura del equipo. El entusiasta técnico no quiere dejar nada al azar, ni menos perder un torneo que él mismo propuso y diseñó para una inactiva municipalidad. Además sabe de la fuerza de ‘Los chorizos’, el equipo de pendejos bravos que armó el Milton, un viejo zorro y pato malo que va de guapo por la calle y las quiere todas, en la vanidosa y siempre a ganador. Y lo que es más delicado, el Milton piropea cada vez que puede a la señora Casandra y según cuentan, a la señora Casandra mucho no le molesta, ‘risita y miraditas’ le deslizó a Don Manuel la soa Astrid, la vieja venenosa de la zona. Y ya que es personal, no es momento de guardarse nada, por el contrario, así que ni dudó en hablar con el Yoyo para que Pablito se integre al equipo. El chiquillo al principio tuvo sus dudas, más que nada porque es tímido, pero su progenitor lo estimuló con la siempre delicada sutileza masculina: -No creo tener un hijo cagón, ¿o si?- le dijo con sobrecogedora ternura. Una vez herido el amor propio, Pablito iría.

-¿Llegó el cuico?- Preguntó el Lucho una vez entró a la sede (la casa del técnico). El cuico es Pablito, quien justo en ese momento fue al baño, pero el Lucho no habla, chilla y claro que el aludido escuchó y supo de inmediato que se trataba de él. Cachamal del estratega y mirada reprobatoria del resto del equipo, quienes ya llevan media hora con el nuevo y ya está más que aceptado. Es que llevan media hora hablando de fútbol y Pablito se maneja como ninguno, de hecho en varias rectificó al mismo técnico, situación que de inmediato le brindó cierta composición de autoridad. El Lucho, que como siempre llegó tarde, se sienta en una esquina, no avergonzado pero si con esa maldita sensación de exclusión. Y le va durar un buen rato, porque el Lucho no tiene cable en la casa y no tiene cresta idea de qué hablan ni quien es Lewandowsky.

El amistoso está por partir y ya al fin el Lucho se siente cómodo, es que la pelota en los pies lo relaja y no tenerla pero buscarla le mueve la cuchara. Y desaparecen los gritos de su madre, los empujones de sus hermanos y el olor a copete de su padre. ¡Cómo no va ser feliz en la pichanga! Y es naturalmente bueno; flaquito, rápido, siempre se filtra y manda peñascazos que no se condicen con su físico.
Hasta ahí, un breve saludo una vez salió del baño y no mucho más. Pablito sabe que ese que revolotea por todos lados, la pide, la quita y patea, es el Lucho, también sabe que le dice ‘cuico’ y eso le molesta, le molesta mucho.

Don Manuel da una breve instrucción, de fútbol sabe poco y usa los lugares comunes habituales: ‘toquen y no se presionen’. El Lucho al fin corta el hielo con Pablito y le dice: -Cuico, pásamela nomas, yo hago los goles- La cara es de confianza absoluta y una risa soberbia que no hace juego con esas zapatillas gastadas y al borde del hoyo. Corrijo, hacen todo el juego. Pablito se quiere descojonar y mandarlo a la mierda, pero se mide, acaba de llegar. ‘Los hago yo mismo’ piensa el mozalbete agraviado, con rencor en la sangre.

No sale nada, Pablito es elegante y la pisa, pero está traguilla y al Lucho no se la pasa. El Lucho ya le lleva varias puteadas y mira al banco exigiendo la reprimenda. Llega una sutil, pero el muchacho tímido e hijo único adentro de la cancha es un león con hambre y está decidido a hacerlo por su cuenta. Hasta que el fútbol hace de fútbol y mete la lección: flor de patada, de esas criminales saca partidos, totalmente descontextualizada. El juego va 0-0 y Pablito se retuerce en el suelo, mientras el Lucho le pega un combo en el hocico al infractor. Quedó la cagá. Tienen 11 años, pero la batalla es batalla. El partido se suspende un rato, Don Manuel y el técnico rival, luego de calmar a sus huestes, deciden continuar, pero sólo 15 minutos más. Pablito mira al Lucho, que tiene un ojo entintado, no entiende bien la reacción destemplada que tuvo su compañero, pero aún así le agradece. El Lucho le responde el agradecimiento con un ‘pásamela pos hueón’. Hueón ya era mejor que cuico y el resto, Oliver y Tom. Taquitos, hoyitos, trenzas y todo lo que resulta de dos que saben jugar. 4-0 y un abrazo al final del partido. Don Manuel vibra, sabe que con esos dos, el torneo se puede ganar.

Se van juntos caminando, el Lucho le cuenta que le pegó porque ‘ese mismo culiao me fauleó el año pasado y siempre hace la misma’. Pablito lo invita a tomar once, el Lucho quiere ir, pero si llega tarde a la casa, va tener más problemas de los que siempre tiene en su casa, porque en él desgastan la miseria y cualquier excusa la usan. ‘Invítame a ver la champions’ le pide al despedirse. Pablito le afirma con la cabeza, le mira las zapatillas y sigue su camino. Llega a su casa, su padre le pregunta qué tal estuvo, le contesta que serán campeones y que necesita unos zapatillas de fútbol nuevas, pero una talla menos. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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