Roger: hasta que tú quieras

Cuando hace 6 meses abandonaba la temporada por una rebelde lesión, muchos temimos lo peor. No que fuera a retirarse definitivamente, eso dista mucho del ánimo competitivo y de la pasión que siente por su deporte. Pero sí, tal vez, que su regreso fuera menos luminoso y que de a poco, sin darnos cuenta, la magia de Roger quedase sólo en el testomonio del recuerdo. Y si bien la nostalgia es una sensación viva que alimenta a diario nuestros días, a mí me quedaba el incierto sentimiento de si realmente me había despedido de él. Parece exagerado, lo sé, pero fueron muchos años descubriendo el tenis desde él. No era sólo que ganaba, lo hacía a punta de lujo, rescatando esencias perdidas.

Ciertamente, en un principio, me resultaba insoportable saber que compartía época con Fernando González; el suizo se llevaba todo y aunque desde el otro lado de la malla venía un huracán de pelotazos, simplemente con su muñeca invertía la secuencia. Y el desgraciado además no sobraba, no se perfilaba engreído, ni deslegitimaba victorias ajenas. Cuando perdía nunca una lesión era la causa, “me ganaron bien y punto”. Tan correcto que me enloquecía.

De a poco la admiración por la inmensa versatilidad y capacidad de su juego traspasó la pista y me hice hincha. Sufrí cada derrota con Nadal como propia y festejé cada copa levantada, sintiendo un extraño orgullo de ser parte del mismo tiempo. Y como vengo de barrio pelotero, la complicidad cobraba exquisito sabor salado cuando cruzaba cables y tiraba la raqueta al suelo. ¡Se lo festejaba! Además, cada vez que pasaba, terminaba ganando. La pica mueve, qué no.

Los años relegaron su protagonismo pero no así el inmenso amor que siente por su deporte. Y esas son cosas que se transmiten. Sí, claro que iba a volver, pero ¿cómo?, ¿de qué manera?

Miré diariamente su instagram a ver qué tal andaba de la recuperación. Y diariamente era lo mismo: él la luchaba, entrenando duro. A veces lo cuestionaba y me preguntaba si realmente ese esfuerzo era valioso: ya lo tiene todo, para qué más. Pero la respuesta estaba ahí mismo: el tipo era más feliz que la mierda ahí dándolo todo. A ratos me sentía cansado de escribir, porque a diferencia de él, ¿yo qué gano? Y la respuesta estaba ahí mismo nuevamente: sí, yo también disfruto con esto. ¿Qué más importa?

Ha vuelto y ya están entre los 4 mejores del primer Grand Slam del año. Verlo en la cancha ha sido espectacular. Con 35 años sigue regalando clase, e incluso ha sumado carisma. El Rod Laver está lleno a rabiar cuando está presente y el rating de todo el mundo sube hasta el nivel de un partido de fútbol sólo por un ratito de la leyenda. Roger Federer nos conecta con ese espejo sublime de una obra perfecta y espontáneamente bien lograda. Como decimos por acá: “Le lleva cariño”.

Y sigo revisando noticias suyas. Es increíble verlo de vuelta en el tour, es como si a cualquier traposo adulto le regalaran 15 minutos y este volviera al recreo junto a los vagos y fieles compañeros que tuvo en el colegio; así está Roger, en su recreo, en su pichanga, con los suyos. Reconociendo el valor de cada uno de estos minutos, que pueden ser los últimos, no importa, él los aprovecha, no dramatiza y persevera por estirarlos.

Mañana voy a estar despierto a las cinco de la mañana, esperando que le gane a ese genio que es Wawrinka y verlo en la final. Y si es con Nadal, preparando estomago de súperclásico. Deseo profundamente que se lleve este torneo. Y si no, seguiré mirando sus partidos, hasta que el tiempo lo permita; hasta que él quiera. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 365 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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