Roger Federer, con sabor de inolvidable

EMOCIONANTE. BRILLANTE. PARA NO OLVIDAR.
CON 35 AÑOS, ROGER FEDERER EN UN ENCUENTRO ESPECTACULAR, DRAMÁTICO Y CAMBIANTE, COMO CORRESPONDÍA A LA ESENCIA DE LAS DOS LEYENDAS QUE ESTABAN EN LA PISTA, LOGRÓ SU 18° GRAND SLAM. VENCIENDO A QUIEN TENÍA QUE VENCER, A SU GRAN RIVAL DE SIEMPRE, AL GRAN RAFA NADAL EN 5 SETS.

Fue de esos partidos de guata apretá, entre el nervio y la sorpresa; porque cuando algo parecía encaminado, el de al frente ponía el pecho e invertía la tendencia.
Federer comenzó con la chapa, sin grietas, absolutamente serio. El saque era clave, como también la solidez de su revés, el centro a minar por Nadal. La afición de Melbourne, una de las más contagiosas e implicadas del circuito, se rendía al expreso suizo, que se comía la cancha distribuyendo versatilidad y un mensaje furioso: esta no era una final, era consumar la historia. 6-4 para el nacido en Basilea.

Sin embargo si hay un jugador que no se intimida frente a la competencia ese es Rafa. Nadal es un monstruo: se puso frente al mejor de todos los tiempos durante todos estos años, le ganó más veces de las que perdió e instaló su nombre con sello propio. Y no se achicó frente al inicio demoledor de su eterno rival. Lo sabía, debía insistir, apechugar a la velocidad del helvético y contrarrestar con la fuerza mental que siempre lo ha caracterizado. 6-3 para el mallorquín.

Igualados a un set, vino una exhibición sin parámetros. Roger Federer, visto en la cuerda, soltó el brazo como pocas veces; y eso resulta exagerado decirlo. Agresivo, atacó sin dudar, sin temblar, sin errores. Nadal seguía en ritmo de combate pero no lograba hacer pie: desde el otro lado venía el tenis envuelto en arte; estrategia camuflada en inspiración. 6-1 para Roger.

Pero como no podía ser de otra manera, Rafa no se inquietó, sabía que la persistencia podría abrirle chances. Tras dos temporadas llenas de lesiones y relegado de las grandes instancias, el ahora no presionaba, más bien irremediablemente incubaba rebeldía. Por otra parte, el destino tiene sus jugarretas, complicando la pierna derecha de Federer, quien se veía más lento y comenzaba a errar más de la cuenta. Puerta abierta para Rafa que mandaba el partido a un culmine quinto set.

El mundo deportivo estaba ahí. Y quienes no lo son tantos también. Federer y Nadal son nombres que trascienden, que se han convertido en familiares. Ambos han conformado una de las mayores rivalidades conocidas. En el punto a punto, pues afuera son amigos, se llevan bien. Son muchos años sabiendo de ellos, valorando su impacto. El ambiente del Rod Laver Arena mimaba el espectáculo, viviendo el juego como merecía; vibrante, especial, en espacio único del recuerdo. Y alrededor del planeta no era necesario ser un especialista en tenis para absorberse, inquietarse, no pestañear. Lo que iba de un lado volvía mejor del otro. Y cuando todo era anormal, ridículamente extraordinario, aparecía un yerro abrazando humanidad. Los nervios hablaban en los ojos, en sus rostros, en el recorrido de la pelota y en la falta de aire de los hinchas, que a esa altura eramos todos. Los aplausos eran latidos honestos.

Nadal de entrada en el último set quebró el servicio de Federer, quien se había tomado unos minutos para ser tratado de su pierna. El mazazo parecía inclinar todo de manera irreversible. Rafa se observaba vivo, inteligente a la hora de atacar, jugando al cuerpo de un rival que se volvía más estático, para luego sacudir a las líneas. La derecha del zurdo se tomaba el escenario. Y para colmo resistía los ataques de un Federer que aún mermado sacaba amor propio. Es que el suizo jugaba su partido aparte: la espina mental que el español había significado en sus múltiples duelos anteriores, hoy en la madurez de sus 35, no podía ser nuevamente la razón de una derrota. Pero parecía serlo, porque otra vez el trabajo y desgaste psicológico de Nadal cobraba réditos. Fue en ese todo o nada que ganó el mejor. Roger no dejó de insistir y fue en el sexto game cuando pudo igualar el partido: tiró todo, hasta lo que no se conoce.

¿Quién iba a pensar que luego de 6 meses sin competir estaría en una final de Grand Slam? Ni él lo pensaba. Pero ya estaba, y al frente, Rafa. Hace unos meses se juntaron en la academia de este último y apenas si aguantaban unos peloteos de niños de 13 años. “Estamos para partidos de caridad”, fue la sentencia de viejos cracks que se dieron en una mirada nostálgica a lo que eran. Y ahora ahí. No, no había espacio para ser contemplativo. Roger fue por todo, quizás no tendría otra opción de demostrar hoy todo lo que será para siempre. Y así fue: ya no hubo errores, ni concesiones y fue violentamente, con rugido apasionado, por lo suyo. Mantuvo el saque y de vuelta quebró otra vez. Lo remontaba y ya de cara al triunfo, no falló. 6-3 el quinto y definitivo.

Fue increíble, presuntuosamente sensacional, bello, con tinte de coraje. Fue Roger y Rafa, dos colosos atemporales. Fue Roger Federer, ganando un nuevo Grand Slam. Qué más decir que gracias, y seguir aplaudiendo. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 361 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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