Renacer

(Foto: Gustavo Ortiz/JamMedia/AgenciaUno)

Lo amaban. Tanto era el descontrol que hasta un reportero devenido en poeta perseguía sus jugadas. Y cada vez que este cerraba la escena, el coro de la multitud le sacaba latidos a la piel: “¡¡¡Chileno!!! ¡¡¡Chileno!!!”, expulsaban desde el alma los hinchas de River Plate, mientras la imagen de Marcelo Salas aplastaba los complejos de la cordillera y al pedante orgullo pelotero del vecino. Y entre las fintas y goles de campeonato del muchacho de Temuco, nuevas generaciones abrazaban la sincera fiebre del fútbol trasandino, y también nuevas ideas: el motivo de esa fiebre podía ser y era un chileno.

El fútbol es un lenguaje de pulsiones exageradas y quien no lo entienda así y quiera reposarlo jamás respirará lo que se respira en una cancha o en una galería. Marcelo Díaz creció respirándolo, por más que su aspecto y talante de juego fueran tranquilos. Y creció oyendo el “¡¡¡Chileno!!! ¡¡¡Chileno!!!”, y como muchos se pasó el rollo e imaginó que era él quien desataba la fiebre. Es que es eso, aparentemente, el verdadero éxtasis de este juego: el descontrol popular por una alegría vana, pero tan fuerte que se vuelve inolvidable; y aquel gol, patada o abrazo en la cancha son marcas de tiempo, huellas de que algo hicimos en esta vida que no es más que un ligero desvelo a medio camino entre el cielo y el infierno. En el fútbol, sin embargo, suele vivirse en uno u otro extremo más que a medio camino.

En la comuna de Padre Hurtado no hay muchas cosas que hacer, si hasta ser infiel parece difícil. Sería entonces la santa pelota de plástico, esa de gamba y que duraba con cuea una pichanga, el refugio de Marcelo Díaz, quien avanzó como jugador con todas las dificultades que le hemos conocido y que ya a estas alturas es mejor simplemente mencionar: de largos trayectos sin un peso para llegar a los entrenamientos, pasando por tragedias familiares que derrumban, a estar asfixiado por la banda una vez se hizo profesional. Díaz parecía conminado a vivir entre la puteada del hincha y la indiferencia de la prensa. No renunció aunque lo pensó. ¿Por qué no renunció? Esas son respuestas que tienen más de suerte y convicción que certezas. Pero la verdad es que le dio la vuelta en reversa y encontró su lugar en el mundo, o sea, en la cancha. Técnico y tranquilo, apoyado en la visión de enganche donde jugó de joven, la posición de volante central se transformó en la suya. Víctor Hugo Castañeda en La Serena y Jorge Sampaoli en Universidad de Chile estimularon una confianza que lo llenarían de elogios y ser llamado a la Selección. El impacto provocó la atención no solo de hinchas que ahora aplaudían cada vez que su nombre sonaba en los altoparlantes, sino que también de Europa. Luego, como si no bastara con ello, sería titular en el mundial de Brasil y uno de los motores principales para la obtención de las dos primeras Copas América de la Roja. Díaz gozaba en el cielo.

No obstante, la placidez invitó al relajo que esponjoso se convirtió en mala raja y se lo tragó el infierno. Varios le darían la espalda y lo tratarían como un canalla. ¡Cuánto dolieron esos errores! Si hasta el técnico de turno de la Selección le quitó el piso. Su nivel bajó considerablemente, así como su confianza, y de Carepato, como muchos lo llaman, poco más se supo, salvo una que otra intervención en México que poca repercusión tuvo. Y si bien, el cariño popular no se había extinguido, cada día que pasaba se le miraba más como un recuerdo.

El entrenamiento no había sido el mejor, la campaña de Pumas tampoco era de protagonista y aunque varios medios criticaban con dureza, el ambiente no expresaba crispación. Díaz se sentía aletargado, manso, casi casto. Hasta que el teléfono sonó y del otro lado Coudet le propuso volverse loco: “Marcelo, veníte a Racing, vení a Argentina”. La llama estaba viva, tenía fiebre.

En Argentina ya no está Francescoli ni Riquelme ni menos Bochini, y la economía parece vivir en una ratonera sin huecos. Pero los estadios siguen vibrando, el fútbol es el desquicio noble de lo corrupto y la temperatura hace que el diablo espere como uno más por su choripán. Y la pelota, ¡ay cómo está sufriendo esa pelota!

Marcelo Díaz se bajó del aeropuerto y cayó en la banca. Pero no se desesperó, al contrario, puso el balón al piso en medio del caos, como si ya lo conociera, y comenzó a distribuir en una liga que corre y compite, pero que cada día piensa menos. Y un pase bueno, y otro, y otro, y el olé, y los aplausos con sabor a nostalgia porque ese era el fútbol que ellos tenían antes. Parece una reinvención, o una redención, o tal vez una comunión entre dos que se necesitaban y han sabido jugar en el cielo y en el infierno.

La noche cae, Racing es puntero, y Marcelo Díaz se va de la cancha ovacionado y escucha el ¡¡¡Chileno!!! ¡¡¡Chileno!!! … Tiene más fiebre que nunca, él la desata, no es ningún rollo, y se siente perfecto, exagerado y perfecto, algo así como renacido. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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