Pichanga cubana

Los días pasaban amargos con esa rodilla rota no operada, pero Nataly, sin hacer caso a las instrucciones del médico de turno, lo dejó todo tal como estaba; no tenía tanto tiempo como para quedarse postrada en una cama por más de un mes: ya había decidido dejar el país, rumbo a Canadá, a perfeccionar todo lo que acá le es imposible. Y para despedirse, romántica, lo sabe bien, no basta con mensajes de textos. Los días pasaban lánguidos, con sabor a puntos suspensivos, caminando con dolor, cerrando los pendientes. Malditos pendientes.

Los días pasaban y la pelota seguía gambeteando los pasajes de su Iquique natal, perdiéndose los picados que ha jugado toda su vida por esa insoportable rodilla. Y escuchaba “¡Golazo!” y como que fallecía, porque nada nunca le ha gustado tanto como jugar con la redondita, aunque a veces la miren raro, pero poco le importa mientras juega, ahí solo se respira y sueña. Como un buen beso. Y así pasaron los días, hasta que llegó su último pendiente, este, eso sí, no tenía nada de maldito: viajar a la vieja Habana cubana, no en plan de turista, más bien caminándolo por el barrio chino. Y conoció la Cuba real: con lo bueno, con lo malo, con sus mitos, y con el Baseball por todos lados.

Una noche, buscando un lugar para comer, ya que no llevaba una pulsera “todo incluido”, en una calle un grupo de niños jugaba al balón, pero sin palo de madera, sino que, con los pies, a pata pelá, la mayoría sin camiseta, con arcos de piedras y autos jugando a ser árbitros del tiempo. Una pichanga con todas las de la ley, como las de antes, como las que siempre jugó en Iquique. La cercanía de la escena la motivó a tomarles una fotografía, claro que los pequeños, astutos y sin dudar, le pidieron “¡One dolar!”. Y ella, como buena compatriota viajando, regateó: “Tssss, inviten a jugar primero y les paso un dólar”. Los pendejos quedaron pa la cagá, y la rodilla ni murmulló.

Minutos después, pese a la resistencia inicial de los muchachos, porque nunca habían visto en esas calles jugar a una mujer, nuestra Nataly los evangelizó con malabares en cunetas cubanas, tocando, asistiendo e incluso reclamando; viviendo cada segundo, incluso cuando un carro frenaba la marcha del juego. Ese era el momento más nostálgico, sin dudas. El partido terminó en el gol treinta, con un zurdazo cruzado de la chilena.

El viaje está por acabar, sin embargo, han sido buenos días, pasan ligeros y Nataly ha ido todas las noches al mismo lugar, a seguir jugando. A estas alturas, la rodilla es un pendiente más. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 413 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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