Permiso, soy el fútbol

¡Muchachos, La cabeza juega más que los pulmones!, fue la especial arenga del técnico Lavallén un día antes del partido. El modesto pero centenario Atlético Tucumán de Argentina jugaría en algunas horas el hasta ahí encuentro más importante de su historia, y lo haría en el espeso terreno indomable del Atahualpa de Quito. Un 2-2 como local una semana antes definía el complejo escenario: vencer, definitivamente vencer en la cumbre ecuatoriana, a más de 2800 metros sobre el nivel del mar, algo que para el fútbol trasandino, llámese River, llámese Boca, ha sido más tortura quimera que posible. El conocido como “Decano” iba por su gramito propio de hazaña. Y el plan pactó dos tretas diferentes: protegerse de los efectos de la altura aguardando la previa en el llano de Guayaquil y persuadir el rincón emocional que sostiene las razones. Desde Guayaquil, Lavallén inspiraba a sus dirigidos: la cabeza jugaba más que los pulmones.

Paralelamente, desde la capital en el centro del mundo, más de dos mil tucumanos encendían las calles, dando vida y lustrando su propia travesía; esa de equipo humilde que de pronto, tras un cúmulo de sueños inevitablemente renovados, en el arte incauto de ser hinchas, se medían por la instancia tan anhelada: la vieja y querida Copa Libertadores, ese sueño esquivo que ahora se vivía. Qué podía importar la distancia y que sólo se tratase de una etapa previa, vaya cita que era, al carajo el lugar y la hora, ya estaban ahí dispuestos a gastarse toda la garganta por estirar, aunque fuese un ratito, el romance de vivirla.

El fervor de la hinchada tucumana en suelo ajeno conmovió de sobremanera a Luis Juez, embajador argentino en Ecuador, un cordobés extrovertido y pelotero que hizo migas con todos. De terno pero coloquial se entremezcló con los fanáticos dando consejos de alojamientos, lugares dónde comer y advirtiéndoles encarecidamente que esta policia no era como la “otra”, así que mejor evitaran mandarse cagadas -¡Para qué van a manchar este momento tan lindo!- reforzó ganándose el aprecio colectivo. Y a la vez se mostró diligente como el primer operario para que la llegada del equipo desde Guayaquil fuese lo más expedita posible -ya hablé con las autoridades del club y les aseguré que desde este lado está todo en orden- aseveró orgulloso. Impecable.

Sin embargo, desde el otro lado, la mano venía llena pero llena de desprolijidades, en plan novatos, en tranco de barrio. Fue así como el charter que debía llevar al equipo a Quito no pudo despegar por falta de permisos. Increíble y con chapa de tragedia. No pasaron muchos minutos hasta que la noticia se hizo conocida: Atlético Tucumán está varado en el aeropuerto. La inicial preocupación fue desplazada por la angustia: no tenían cómo llegar. Jugadores y cuerpo técnico sofocados en la completa desesperación de verse fuera sin competir. La hinchada tucumana, en tanto, se encomendaba a la fortuna que pocas veces los visitaba. La sencilla institución quedaba presa a medio camino.

Pero fue en ese minuto, cuando la ilusión parecía extinguida, que nuevamente apareció el embajador quien, una vez enterado, contactó rápidamente otro charter que trasladara al equipo. Ahora sí, Luis Juez se vestía de figura. Mientras el otro equipo implicado, El Nacional de Ecuador, cerraba filas a través de la legalidad: no llegan, que hable el reglamento. Y el reglamento lo decía claro: si Atlético Tucumán no entraba a la cancha al menos a las 10 de la noche quedaría automáticamente eliminado. Y fue ahí, una vez más, que apareció Luis Juez; dio todas las entrevistas que pudo, inclinó el rating, mandó recados a CONMEBOL e incluso dijo que si se sacaba el saco, daba una mano -10 minutos te la aguanto- señaló canchero. Ídolo. Y ya para inmacular su performance, subió a la micro que debía trasladar prontamente al “Decano” al Atahualpa y dictó la premisa -¡Apretá a fondo!- más un par de billetes para el conductor. ¡Crack! ¡Enorme!

Atlético arribó a Quito sin camisetas ni zapatos de fútbol, perdidos en el cambio de vuelo. Pero el destino ya lo tenía previsto y la selección argentina sub20, que participaba en Quito del sudamericano de la categoría, fue la estafeta celestial: los de Tucumán saldrían al campo de juego luciendo la albiceleste, mismos colores que ellos portan cada fin de semana.

Al borde de las lagrimas, con el pulso acelerado, los futbolistas del Atlético sólo querían jugar. Y al mismo tiempo que la micro volaba como rápido y furioso, el embajador Luis Juez declaraba a un medio televisivo desde su celular -Estoy llamando al general Nosecuánto (presidente de El Nacional) y no me contesta. ¡Que no rompan las bolas que ya llegamos!-. Espectacular.

Finalmente llegaron, atrasados, pero lo hicieron. Se vistieron con las prendas prestadas y salieron a un breve calentamiento. La hinchada tucamana estallaba. Ellos, durante todo ese tiempo, vivieron el colapso de verse sin la posibilidad de intentarlo, de no saborear aunque fuese una derrota con la garganta al ritmo de la pelota. Pero en Sudamérica podrán existir todas las carencias que se quieran, pero jugar es jugar. Y se jugó.

Para maravilla de la historia, en un encuentro eléctrico, el conjunto argentino impuso condiciones y se llevó el triunfo 0-1. Fue un gol en suspenso, como la llegada del conjunto tucumano a Quito, con un cabezazo flotado a contrapierna del portero, mimándose lentamente en la red.

Luis Juez quedó como el embajador de la pasión; en Tucumám lo vivieron con semblante de épica y llenaron las plazas; la hinchada en el Atahualpa rompió la voz; y los jugadores, esos muchachos que llevan la magia del fútbol al más allá de los sentimientos, lo ganaron con la cabeza y también el corazón. Fútbol en estado puro, a latido disparejo, en secuencia sudamericana.

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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