PATO YAÑÉZ

Y ahí está Ignacio, ceremonialmente a la misma hora, siempre mirando las mismas tetas. Sensual, ella se pasea, sabiéndolo.

Es la hora del ‘break’ y el café de la esquina suele ser el templo, el refugio donde los muchachos del ‘taller’ sueltan las amarras del tiempo. Porque una cosa es la galería de fotos empelota que decoran amablemente cada uno de los rincones de la pega, otra es ver un poco menos, pero a las chiquillas de cerquita. Una mirada no es capaz de esconder el deseo y de los ojos del Nacho, salen llamas. No lo contiene, no lo soporta y su entrepierna parece explotar. Quiere tocarla, sacarle la ropa, ahogarse en el sudor de ese cuello largo y moreno; la obsesión física, instintiva, descarnadamente animal, obedientemente natural. El hombre y su sangre. Se lo dice al Juan, que ya no aguanta, que la piensa mañana, tarde y noche; también cuando duerme. El Juan lo mira, se ríe de él y le da malos consejos, como pasa a menudo entre los amigos: lo apura, lo estimula, pero no le detalla ningún plan, como si conquistar una pollera fuese un mero arrebato. A veces sí, pero no es el caso.

Al Caszely le gusta la misma mina, pero el bigote tiene una ventaja: las Luquitas. Mientras nuestro joven héroe lleva apenas meses aprendiendo la pega, este otro ya es una institución, le pasan los mejores autos y deja buenas propinas. Natalia sabe que el Caszely es casado, pero para ella, un polvo es un polvo y lo demás está sobrevalorado. Además, necesita plata para un I-Phone y eso parece ser lo más importante en este minuto de su vida. Si el bigote lo paga, que lo pague.

Claro que la carita tierna, a ratos ingenua del Nacho, la tambalea y en más de una, se clava mirándolo e inconscientemente, le mueve sus labios carnosos al ritmo del reguetón que esté sonando. “Si necesita reguetón, dale; sigue bailando mami no pares…” y le baila mientras le lleva un irlandés cargado al whisky.
Ignacio imagina esas uñas largas clavándose en su espalda y se agita, escucha sus latidos y el de abajo tiene que ir al baño porque ya no cabe encerrado.

Piensa en esos ojos delineados maquiavélicamente, sus pompas que secuestran el aire, esas piernas que terminan en avenida Matta y esa voz de calentona asumida, bien chana. Llega a la gloria con su mano derecha y ya relajado, vuelve a su sitio.

Le hace caso al Juan y le propone pasarla a buscar; ella quiere decir que sí, pero ya quedó con alguien más. Lo seduce con la idea de una próxima vez y resignado, el Nacho vierte su esperanza en ese próximo intento. Termina la jornada laboral y el Caszely, bañado en colonia inglesa, va por lo suyo, con la billetera cargada y un life style que le va quedar grande. El Juan, que cachó la escena, siente el maldito deber de dar una mala noticia; además estima a su amigo, no se conocen hace mucho, pero ya son panas de chela, estadio y tallas. Sopla lo que sabe y el descontrol de un corazón herido.

Sigue al bigote, que va camino al motel más picante del barrio. ‘Hueón rata’ piensa el Nacho. Pasan 30 miserables minutos y el viejo verde sale con la cara extenuada; ella, de lo más corriente. Ignacio espera en la plaza de enfrente, con el último cigarro suelto.

La sigue sin saber bien para qué; ella va a paso rápido, inclinando las partes obvias, sonriendo a cada piropo, sabiéndose rica, maltratando todavía más los sentimientos del joven que la persigue.

Natalia observa su reloj y acelera el paso, quiere llegar al mall y comprar la felicidad de sentirse parte del resto, subirse al carro de la modernidad y estar a la moda. Lo quiere blanquito y con un ring ton de Nicky Jam. Llega al metro, pero no puede entrar, un pelacable se cayó a la vía y en horario punta: está la cagada. Sin embargo, no hay tiempo que perder, así que se da la media vuelta, y en eso, se topa con Ignacio. Este la había perdido de vista y al verla, el escalofrío detuvo cualquier premeditación.

Se miran; ella de forma coloquial, le coquetea y le pregunta que para cuándo la cita; Ignacio, desilusionado pero también con rabia, saca el potrero, el orgullo, la pica y con toda la chilenidad del mundo, le enrostra un majestuoso, épico y apasionado ‘PATO YAÑEZ’, y a viva voz: “Contigo, ni al mall, maraca”. El gesto técnico fue impecable, de manual, de colección, maravilloso, sublime, para siempre. Yo diría que cultural.

Ella, que no entendía nada, se fue al mall bastante contrariada; él se dio media vuelta y se fue aliviado, sabiendo que debe aprender de esta batalla; la gente en la calle, se cagó de la risa, sobretodo las señoras de edad, que incluso, aplaudieron. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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