Paolo Rossi

El técnico italiano Enzo Bearzot lo miró de frente, de arriba a abajo, comprendiendo la fragilidad de un hombre arruinado, y le dijo «En el mundial haré que redescubras los gritos del público». Apuntalaba a una vanidad desecha, exclamando esa adicción al lenguaje emocional que transita entre el hincha y el jugador, con esa evocación adictiva que tiene sentido en el riesgo del juego. Paolo Rossi le respondió con una sonrisa breve, bajando la vista, concentrándose en aquello que segundos antes había oído; con un escalofrío sintió la necesidad de mover los pies.

Las críticas por parte de la prensa y del entorno a la nominación del delantero al mundial de España ’82 no se hicieron esperar: «lleva dos años sin jugar», «como futbolista está acabado; lo mismo como persona», «alguna vez hizo goles pero ya no pasa de un tipo desgarbado», ese tipo de opiniones se leían en los periódicos de la época y en los cafés que sudaban palabras alrededor de la pelota antes del inicio de la competencia. La imagen de estrella se había evaporado con el tiempo, luego de haberse visto envuelto en el arreglo de partidos del Calcio y ser suspendido con dos años de inactividad. Los goles, esa exquisita virtud con la que contaba, estaban diluidos en el pasado y en la sentencia de una culpa que nunca reconoció. Pero la calle es una selva y los sentimientos no rebotan: Paolo era un tipo con el carácter magullado, con la cicatriz ardiente de no poder mirar a los ojos. Ni tampoco a la pelota.

Pero el técnico de la azurra comprendía que necesitaba a ese delantero astuto y rápido, que ya había convertido 3 goles en el mundial de Argentina, cuatro años antes. Además poseía buen regate y era inteligente al asistir. No había otro jugador con esa distinción en la bota. Rossi tenía apenas 25 años pero su rostro maquillaba las arrugas del desvelo. Sin el fútbol su cuerpo se había dormido, asilando los sueños en recuerdos alejados.

Sin embargo, volvió a la cancha, y aunque al principio exprimió jugo, terminó reencontrándose con la fascinación del movimiento, despertando y llevando a Italia a un campeonato que no lograban desde hacía más de 42 años.

Costó, claro que sí. Italia avanzó de ronda con triple empate, sabiendo amargo, sin encantar. Rossi estaba perdido con el arco y también con el juego. Italia venció a Argentina 2-1, pero Rossi todavía no encontraba el ritmo ni el arco. Las bromas de sus compañeros eran hirientes y el calificativo de «fantasmal» más usado que nunca por la prensa.

Hasta que llegó el gran partido en Barcelona: Rossi por tres y adiós Brasil, el exclusivo candidato de la competencia. Ni la magia de Zico, ni el carisma de Sócrates, ni el empate de Falcao fueron suficientes para detener la inspiración contenida de Paolo, que soltó la rabia y escuchó el sonido de la galería nuevamente. Ahora Paolo era denominado «el prodigioso», y las cuentas morales se atenuaban: «a los 23 años todos pueden cometer algún error», escribían los mismos que antes con nariz respingada asesinaban. E hizo los dos goles a una Polonia de leyenda y luego abrió el camino para el 3-1 en el Bernabéu a Alemania en la final. Italia fue campeón, Enzo tenía razón, Paolo Rossi seguía siendo un jugador.

«Redimí mi imagen y silencié la ira que había en mí. Nací de nuevo», afirmó alguna vez el delantero. Reconoce que mientras daba la vuelta olímpica se decía para sí «Que se detenga el tiempo. No puede haber terminado ya». Y no se detuvo, hoy cumplió, con casi las mismas arrugas de ese entonces, 60 años. Pero la imagen de Rossi en España ’82, eso sí se detuvo para siempre, al igual que los gritos del público que siempre oye cuando está en silencio, descansando, sin desvelo. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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