Nos vemos en la cancha

Subieron al avión que los llevaría a Medellín entre bromas, risas y selfies; la expectativa movía el nervio pero también la exquisita e inevitable ilusión de ese grupo de jóvenes futbolistas que, contra todo pronóstico, disputaría la final de la Copa Sudamericana frente a el Atlético Nacional de Colombia. El Chapecoense, un humilde pero orgulloso club del pequeño estado de Santa Caterina, Brasil, rompía la quietud de lo presumible, alcanzando una definición continental que estaba en los cálculos iniciales de muy pocos, salvo de ellos y no todos, salvo sus hinchas y no todos. Pero así es el fútbol, un deporte de sudor, contagio y empeño colectivo, en el que cuando la pelota empieza a moverse, en muchas ocasiones, la realidad modifica la aparente línea de rutina. Chapecoense ya había dejado en el camino durante este torneo a Independiente de Avellaneda y a San Lorenzo de Almagro, dos de los clubes más importantes de Argentina, señalando en la ruta que el hambre por hacer historia era más fuerte que el respaldo precedente. Así lo manifestó públicamente el técnico brasileño Caio Junior «No renunciamos a soñar», un mensaje aparentemente común, pero que deja de serlo si realmente se cree en ello. Delante del último desafío, todos sus futbolistas, todos sus hinchas, estaban abrazados firmemente a ese sueño; creían.

Vivir tiene un destajo brutal de conspiraciones que muchas veces promueven la renuncia de la mirada, atajando el futuro en el mareo del presente y la oscuridad de algunos recuerdos. Jugar al fútbol inyecta pasión, despejando paradójicamente el destino a través de primarias señales infantiles. De niño los temores están en la misma habitación de la felicidad: la fantasía. Es en esa habitación de contrastes el lugar donde se experimenta el inicio del lenguaje de los sentimientos. Jugar al fútbol, aunque incluso más, la experiencia general, aun desde quien solamente lo descubre desde la mirada, es transitar nuevamente por ese mundo fantástico, lleno pero lleno de vida y desbordado de sentimientos. Por supuesto que se experimenta la tensión de la competencia, los fantasmas propios, la crueldad del fracaso, pero también convive el anhelo inagotable, el desahogo emocional, la sinceridad expresiva junto a otro, el reclamo de una identidad. Jugando, con goles o transportado en la observación de esos goles, hay un lenguaje común y nos sentimos relacionados a este mundo. Da lo mismo dónde, no importa la cancha. No es perfecto ni burdamente armónico, pero sí una creencia popular y salvajemente romántica.

El avión no llegó a destino, abrazando la cruel tragedia. Sólo tres de ellos sobrevivieron. Es insoportablemente real. Fue en la búsqueda de esa creencia, a través de la honestidad de sus sentimientos. Ahora todos jugamos con ellos, los alentamos y despedimos con respeto. Ahí tienen la copa, muchachos de Chapecoense, aunque sea a través de un partido imaginario empujgador por nosotros; o más bien empujado por la fantasía del fútbol y la que ustedes mismos construyeron. Y así merecen ser recordados, felices, como niños, como enamorados del fútbol, gambeteando en la cuerda improbable. Nos vemos en la cancha, en cualquiera.

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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