Los enredos de Freddy el lateral

El siguiente relato no es una moraleja, por el contrario, se recomienda no seguir el ejemplo del Freddy, sobre todo los niños; sin embargo, la vivido sigue latente y grabado a fuego dentro de las historias y leyendas que se cuentan por su barrio. Acá vamos:

Freddy Caroca llegó a este mundo producto de una brumosa y borracha noche de pasión entre sus progenitores. Vinito, humo del bueno y los bailes apretados de la salsa, transformaron la banca de una plaza en el colchón. Una canita al aire, como se dice; aquí te pillo, aquí te mato, en modo amantes ocasionales. No obstante, el abuelo materno del Freddy, don Fito, un tipo de tradiciones firmes, atento al qué dirán, y aprovechando su condición de viejo matón de la villa, con el único ojo que le quedaba después de tantas batallas, al ver la panza de su hija, no escatimó en resolver la situación: “¡Se me casa el par de hueones!”, dijo, sin ceremonias, sin titubeos, con cara de diablo. A los pocos meses, tras una trifulca de bandas, el padre del Freddy cerraría los ojos de un tunazo. Freddy nació siete días después, pesando poco más de tres kilos, aunque extrañamente colorín. Un antepasado irlandés, señaló don Fito. El padre del Freddy, el señor Caroca, nunca fue el padre, lo más colorín que tenía en sangre eran los fanshop que se tomaba; sin embargo, bajo la tutela de don Fito, aquello no sería tema de discusión alrededor de sus cuadras.

El Colorín, así le dicen todos al Freddy, ya tiene veinte cinco años, además de un mal empleo, deudas varias y un amor no correspondido, la Juanita. Un tipo normal. Con lo justo vive, miente y se gasta algunos pesos en los juegos de azar; no ha ganado jamás. Sin embargo, cuenta con una actividad que es capaz de sanar todos sus dolores cotidianos, el Romario, el club de fútbol de sus amores; nombrado en honor al crack brasileño que supo llevar las gambetas de la noche y la fiesta a la cancha. Gane, empate o pierda, el rito de usar la camiseta del Romario, al Freddy, le limpia el alma. Sin ser un jugador destacado, le alcanza para entrar en el once inicial desde el puesto de lateral. Un correcto lateral derecho; de tibio despliegue, fina hacha y escaso gol, el Colorín es un fijo por la banda. Y también del convite posterior, por supuesto, siempre hasta el final, como dios manda. Es que al Freddy le gusta pasarlo bien, y pensar nublado, y desaparecer.

El campeonato ya estaba en su última jornada y el Romario, después de cinco temporadas, por primera vez tendría la chance de ser campeón. Una campaña sólida, con apenas dos empates y una derrota. Una escuadra regular, un equipo serio. Don Fito, veterano pero con iniciativa, fue hasta hace un año el técnico del equipo; lamentablemente, tras asustar a un gato en la vía pública, este pisó la avenida, exigiéndole la pirueta a una micro llena que justo-justo viró hacia donde estaba don Fito con cara de vicio, pereciendo, lamentablemente, en el acto. El Romario juega con una cinta negra en su honor. Y el Freddy este año se tomó la competencia con una responsabilidad única.

Viernes por la mañana. Faltaba apenas un día para el momento más importante en la vida del Freddy. Despertó más temprano que de costumbre, aunque no por ansiedad; su vecina y amor casi platónico, la Juanita, llevaba más de treinta minutos escuchando la misma canción: A fuego lento de Rossana. Y ella, siempre tímida, la cantaba con pasión. Para Freddy, un tipo golpeado por el amor desde los trece años, con apenas un par de éxitos jugando a la botella, otro en un bar karaoke de Quinta Normal y un revolcón pagado, cada señal se había convertido en amenaza, y en este caso para él era evidente: la Juanita, la noche anterior, se enamoró de otro. Nuestro héroe tomaría desayuno escuchando A fuego lento a todo volumen que venía del departamento de al lado. Y solo le quedaban galletas de agua. Una escena cruel.

Tras terminar el trabajo y abrumado todavía por la situación con la Juanita, decidió aplacar el momento con un traguito en el bar del Pepe, la cantina habitual. Sabía que obraba mal, que fue quien más les insistió a todos que se cuidaran hasta el día del partido, sin embargo, su mano no tuvo control, los vasos no tuvieron fondo, y en la barra apagó tele.
Borrado y con la misma ropa del viernes, despertó el sábado, el día del partido. Sus ojos rojos y la piel más pálida que de costumbre lo delataban: el Freddy estaba con la mansa caña. Mareado aún y sin comer nada, porque escondió hasta al hambre, llegó a la cancha, y sin decir palabras, se puso la camiseta.

Más lento que de costumbre, sin ritmo para las patadas y con claras muestras de estar al borde del güitre, el Freddy estaba dando la cacha. Las puteadas y miradas enconadas de sus compañeros se multiplicaban, el cambio parecía ser cosa de segundos…, hasta que desde una esquina vio sentándose en la galería a la Juanita. El hueón despertó, abrió los ojos, respiró profundo y sacó el coraje: comenzó a correr hacia campo contrario, envalentonado, buscando la gloria, queriendo su gol a lo Romario, con noche y fiesta. Claro que no llevaba ni cinco metros cuando desde atrás, el Palote Marcelo, su arquero, le gritó: “¡¡Pa’ onde vai, ahueonao!!”. Inmediatamente vino el grito desde atrás, el rival recuperó la pelota y de un pelotazo el balón quedó frente al arco, con el delantero de ellos dominándolo. El lateral, el Freddy, el Colorín, con las mejillas más rojas que nunca, como un tomate a punto de explotar, corrió y corrió, tan rápido que incluso cerró los ojos, e intuitivamente se tiró de hocico al suelo, en la misma línea de remate. ¡Y puuum!, sonó desde el empeine del delantero; y, ¡Pauffff!, se estrepitó el cuero en la cara del Freddy. La pelota, que salió sin mucha fuerza y parecía ir mansa a las manos del Palote, cambió de dirección, colándose lenta y burlonamente por una esquina de la malla; mientras el lateral yacía en coma, cuál ketchup, vomitado cerca del punto penal.

El partido, tristemente, terminaría 0-2 en contra; el Romario no pudo proclamarse campeón. Para colmo, la Juanita no era la Juanita, era otra muchacha que se le parecía; y la verdadera no estaba enamorada, simplemente, había encontrado un viejo CD con recuerdos esa mañana. ¿El Freddy? Ahí anda, como siempre… Ya le pidió disculpas al equipo por lo sucedido, con mucha vergüenza, prometiendo, ¡nunca más, nunca más, nunca más!; también llevó flores a la tumba de don Fito. Y sigue en la misma: de lateral y poco Romario, con sus enredos, el boleto de azar y esa vida normal. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 413 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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