Los días olímpicos del Loco Bielsa

Argentina igualaba 1-1 con Suecia y se despedía, imprevista y tempranamente, del mundial de fútbol. La tarde de ese 12 de Junio del año 2002, Marcelo Bielsa despertó del sueño de su apasionada locura y entró en la pesadilla normal de la vida. De golpe descubrió la decepción más dolorosa, inesperada, en esa instancia tan anhelada. Sintió, acaso por primera vez, odio por los lentos segundos que se sucedían. El llanto desconsolado del camarín fue lo de menos, fue simplemente un desahogo inmediato; los días, en el silencio del mundo, apegado a los cuestionamientos incesantes de su cabeza, no descansaban. Y por primera vez sentía vergüenza, no de su trabajo, tampoco del resultado, sentía vergüenza de haberse transformado en uno más en la dinámica absolutista de los éxitos.

En Argentina pasó del correcto tipo del interior, a demonio nacional; de hombre letrado, a neófito total. Se le responsabilizó, en definitiva, de todo lo ocurrido como la tragedia que significaba, porque el fútbol en el país trasandino es el hilo del autoestima, la rebelión al dominio real del día a día y quedó, sin escape, bajo el rotulo subrayado de culpable. La agresividad de la prensa y de buena parte de la hinchada no tuvo misericordia, y salvo contadas excepciones, su figura fue asumida como un símbolo de fracaso.

Bielsa, a diferencia de la corriente expresiva porteña, no salió a defenderse, explicó lo que tuvo que explicar y luego se encerró en su mundo en el campo de Carlos Paz; tragó la saliva espesa, durmió poco y asumió el coraje de evaluarse una y otra vez. Fueron varios meses. Al volver, bajo la expectativa de un obvio despido, fue invitado a continuar. Con la revancha encima, un tipo introvertido pero de carácter, no lo dudó. Sentía la deuda con su país, ese que ahora lo rechazaba masiva y, en muchos casos, burlonamente. Bielsa, el tipo que había dado sustancia al discurso prepotente, de los pocos atrevidos que traducían en cancha la imaginación literaria de un fútbol ofensivo, era aborrecido tras lo ocurrido en el mundial. Argentina, que por años se jactó de ser el champagne del fútbol, pero que sólo jugaba como equipo grande con los mismos de siempre en Sudamérica, con Bielsa iba a Italia y ganaba, a España y ganaba, a Alemania y ganaba. La albiceleste llegó a ese comentado mundial con chapa de campeón, pero se fue temprano, muy temprano, y eso era imperdonable, daba lo mismo todo lo demás. Bielsa, en medio de la selva, quería continuar; se trataba quizás de un testarudo, de alguien autoflagelantemente loco, pero en resumen, de un hombre. La cuerda era delgada, no permitía tropiezos.

Su fútbol, quizás excesivamente vertical, tal vez monotemáticamente externo, tuvo una refundación. Los principios básicos no se alteraron: salir a presionar ofensivamente, apoderarse del balón y machacar, machacar, y machacar. Un centro al área y cinco receptores. La osadía fue irrenunciable, porque no entendía otro modo, porque en la obsesión de su fútbol no existe otro personaje que el protagónico; héroe, antihéroe o villano, eso lo brinda el resultado, pero su equipo no estaba para ser la hiena astuta del último capítulo. Pero a todo eso le agregó la versatilidad de la gambeta, filtrarse por el centro y darle mayor valor al potrero. Aimar y D’ Alessandro, parte de sus nuevas banderas.

Argentina nuevamente entró en la orbita planetaria y era la selección a observar. Sin embargo, pese a los resultados, la resistencia seguía siendo feroz. Para colmo, Bielsa no daba entrevistas exclusivas a las grandes cadenas, lo que desataba la suspicacia de los peces gordos del “periodismo” trasandino. En buen chileno, lo hacían mierda. Y cuando el rosarino verbalizaba conceptos, imponía ideas, nada de eso servía, porque la necesidad era ganar algo. Ganar, ganar, ganar, sólo ganar servía. Probablemente su feliz paso por Chile se debió a que por estos lados sí se valoró su labor pedagógica, pero en Argentina la ansiedad por el resultado era lo único trascendente.

Adriano clava el gol en el último segundo de partido y Brasil iguala el resultado 2-2. Era la final de la Copa América en Perú y el título, tan cerca, se alejaba. La tanda de penales haría que definitivamente se escapara. Otra vez no podía. Otra vez el culpable. Pero la reivindicación estaba un par de meses delante, en el evento que quizás más mimo le hace a su estilo: los Juegos Olímpicos.

Bielsa, un tipo futbolero pero también nutridamente deportivo, estaba excitado con la oportunidad. Tanto que no dejó cabos sueltos y los preparó mañana, tarde y noche. Si no estaba agitando sus cuerdas vocales con sabias puteadas a sus dirigidos en los entrenamientos, estaba anotando en el cuaderno, desarrollando la síntesis, ganando tiempo; porque pensar es eso, usar el tiempo para luego abreviarlo. En la máxima cita deportiva caminó feliz, maravillado por lo que presenciaba: la sencillez de la villa olímpica, compartir con diferentes atletas, empaparse del sacrificio ajeno, codearse con gente como él: apasionada. Se le veía distendido, alegre, tirando tallas. No hubo mejor lugar para desarrollar ese fútbol amateur: jugar, ir por más.

Argentina fue una tromba, de principio a fin. 6-0 a Serbia de entrada. Y no se detuvo hasta el 28 de agosto de ese 2004 en Atenas, cuando derrotó 1-0 con gol de Carlos Tevez -la figura del torneo- a Paraguay en la final. El partido más complejo, con Italia en semis, lo goleó 3-0. 17 goles a favor, ninguno en contra. Fútbol espectáculo en todo lo alto. Bielsa estaba contento, tanto que incluso fue parte de la ronda en el festejo. Argentina conquistaba, además, la primera medalla de oro en la historia olímpica del fútbol albiceleste, el único gran título que les faltaba. Hubo festejos por todo el país, y al fin el nombre de Marcelo Bielsa ya no era pisoteado de entrada. Los mismos periodistas que le habían hecho la guerra ahora se daban vuelta. Bielsa no mandó recados a nadie.
Quienes lo conocen y estuvieron con él durante esos días, dicen que nunca antes estuvo tan relajado. Pero no es ese relajo que algunos confunden con flojera, era ese relajo corporal de sentirse en el lugar que uno quiere. Bielsa ganó, es cierto, pero lo principal fue que tuvo la ilusión durante unos días que el fútbol era nuevamente un deporte. Argentina salió a entretener y entretuvo. Bajo el método del Loco. Él no se llevó ninguna medalla, porque los técnicos no se las llevan, pero se llevó la satisfacción de haberse reencontrado con el fútbol que tanto amaba. ‪#‎BB‬

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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