Lo recordaremos y sonreiremos

El anuncio fue hace algunos momentos; un anuncio que en la práctica ya estaba escrito: Ronaldinho, el jugador de la sonrisa, se retira del fútbol profesional. La noticia, claro, no es una sorpresa para nadie, ya que desde hace más de un año y medio que el astro brasileño dejó los entrenamientos de lunes a viernes, para simplemente deambular por diversos amistosos alrededor del mundo; de show en show, regalando magia sin presiones; de noche en noche, cultivando la misma panza que lleva el vividor corriente. Porque, en definitiva, eso siempre ha sido Ronaldinho: un tipo popular lleno de talento. Sin embargo, pese a que el anuncio no sorprende, para el futbolero con memoria y sobre todo para quienes fuimos creciendo con él, comprender que el tiempo del Gaúcho ya pasó, de cierta forma, estremece y planta un vacío.

Ronaldinho fue la representación natural de la alegría en los pastos contemporáneos. El juego, abrumado por la omnipresencia táctica y el explosivo desarrollo físico de los futbolistas, en el oriundo de Porto Alegre encontró a un rebelde y a uno de esos jugadores capaces de traspasar el encanto del potrero a las luces del negocio. De cierta forma, para Ronaldinho pocas veces el fútbol se convirtió en un trabajo, más bien, siempre ha representado la conexión con sus orígenes espontáneos, y cuando dejó de serlo, escapó a su modo.

De pequeño esto fue así. En su casa el fútbol se respiraba con frecuencia sagrada. Su padre, Joao, fue un fanático que inculcó desde el primer día el amor por la pelotita a sus hijos. De hecho, el mayor de ellos, Roberto, así como Ronaldinho, también llegó a ser futbolista profesional, no obstante, las lesiones amputaron una carrera que muchos consideraban prometedora. Sabemos que el destino de Ronaldinho en el mundo del fútbol fue distinto al de su hermano, pero ¿cómo sucedió todo?

Desde las primeras pichangas de barrio supo convocar multitudes. Sencillas en la escala de su futuro, pero increíbles al tratarse de un imberbe colegial. El muchacho era todo inspiración, plena fantasía. Los rumores incluso hablaban de algún extraño pacto entre su cuerpo y el balón. Claro que el único pacto real que tenía era con su padre, su mejor amigo, su compañero de los tiros. El mejor momento en la vida de Ronaldinho era ese: fugarse con su viejo cuando este llegaba de la pega; metiéndole gambeta a los deberes de la escuela; gritando goles como niños en redes inexistentes. Un mal día, todavía en esos días, Joao falleció. La pena ahogó a Ronaldinho de tal manera que estuvo semanas sin salir de su casa. Ni siquiera quería salir a jugar un rato a la pelota. Hasta que comenzó a sentir algo distinto a la pena, todo lo opuesto al olvido: extrañaba a su amigo, extrañaba a su viejo, extrañaba reír. Con los mocos líquidos volvió a la calle. Jugó. Y la risa volvió a brotar. Ese fue el lazo que quedó y que al mundo le regalaron.

La carrera de Ronaldinho nace en ese punto: en el contacto consigo mismo y con sus más queridas remembranzas. Bueno, el fútbol mismo. Ya no quedaban arqueros que vencer en ninguna cuadra, ni defensas que ridiculizar. A los trece años, finalmente, fue fichado en las juveniles de Gremio. El resto es historia: verlo jugar y quedar boquiabierto.

Algunos, los más recelosos de la deportividad, dirán que no supo tomarse en serio, que la noche le ganó, que fue menos de lo que pudo. Pero para una inmensa mayoría, que no está atada a lo perfecto, sino que, a los recuerdos, es de lo más revulsivo que se ha tenido el placer de observar. Un verdadero artista que supo calzarse la diez y marcar el paño de una época.

Fue campeón del mundo el año 2002 y le devolvió la gloria a un Barcelona que antes de su llegada, por varios años, venía marcando el paso. Tal vez en su mejor momento llegó el más sonado de sus fracasos, como fue su actuación y la de Brasil en el mundial del 2006. Durante esa competencia Ronaldinho nunca sonrió. Probablemente, como nunca antes, durante ese mes de junio conoció la presión. Estaban todos encima de él: su país, los hinchas del fútbol, la prensa, Nike, su yo mareado por el éxito. Las críticas no tuvieron un gramo de piedad. Ronaldinho se había convertido en un objeto; en un objeto incapaz de fracasar.

No volvería a ser el mismo jugador después de ese mundial. Ahí comenzó otra etapa, de pinceladas en la cancha y harta noche y hueveo, algo que siempre le gustó pero que a partir de ahí se acentuaría. Se refugió en la bella oscuridad de la joda. Para algunos un sacrilegio, para otros simplemente había optado por salir de esa maldita esclavitud de tener que ser el mejor. Tal vez, a partir de ese momento, fue cuando realmente Ronaldinho renunció al fútbol profesional. Tal vez la motivación original de su sonrisa se había extraviado en la gloria. Aun así, con el resto igual le alcanzó para ganar una Copa Libertadores con Atletico Mineiro, y encantar con su sello cada vez que quiso, cuando se enchufaba, y volvía a estar contento.

En su risa hubo una causa más honesta que el dinero, que bien ganado lo tuvo, y los tres puntos, que siempre los buscó; fue la causa del juego; fue el cariño de un viejo apego. Y quizás, más que sus golazos y filigranas inolvidables, ese sea su legado más poderoso: lo recordaremos y sonreiremos. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 407 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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