Lemaitre

Tal vez la vida de Cristophe Lemaitre (Culoz, Francia. 1990) hubiese sido diferente de haber nacido en otra época, cuando el dominio de la velocidad mundial no estaba monopolizado por atletas de color ni menos por el imbatible Usain Bolt. Su lucha contemporánea ha estado dada en un último asalto, con la única opción de un nocaut improbable. Y así sigue siendo. Pero no sólo la victoria brinda validez al camino, la existencia humana no se reduce sólo a eso, aunque se persiga.

El joven Cristophe era un chico callado, excesivamente callado. Presumible si se le ve hoy, con ese caminar despistado, indiferente al viento y al resto. Pero ese rasgo social desgarbado y displicente fue una alarma inmediata para sus padres, quienes temían que no se tratara simplemente de una personalidad introvertida, sino que de autismo. Se le realizaron las pruebas correspondientes y no lo era, sólo se trataba de un muchacho tímido que prefería pasar el tiempo jugando con su mente más que con los demás. La recomendación del médico fue que debían integrarlo en alguna actividad deportiva y de esa manera insertarlo en el mundo, mal que mal, somos sujetos sociales. Su padre inmediatamente pensó en el fútbol, pero Cristophe no le daba al balón ni al quinto bote y además el cambio parecía ser demasiado brusco; de la salita a la selva detrás de un balón. Se recomendó el atletismo, un deporte individual, como camino intermedio. Los resultados fueron buenos; no temía a competir, se concentraba absolutamente en la carrera y, lo más importante, ya compartía algunas unas risas.

Cristophe Lemaitre nunca se transformó en el alma de la fiesta, ni menos andaba de galán pese a que pinta llevaba, pero inesperadamente se convirtió en un corredor excepcional. Paralelamente en sus resultados académicos pasó de intimo amigo del rojo a soplar en matemáticas. Su familia estaba fascinada y él tremendamente motivado. Creció, dio un tardío mal primer beso y conoció a los Rolling Stones. Definitivamente se había integrado. Todavía silencioso, reservado y de aquellos que se ponían bien rojo cuando les tocaba disertar para la clase, pero así era él y no se hizo mayor drama. La tensión eso sí llegó en el momento en que decidió ser velocista como actividad de vida. Tuvo el apoyo, pero bajo el recelo de una dedicación en la que probablemente nunca destacaría tanto. Pero tampoco estaba predestinado a ser el mejor ingeniero o biólogo del mundo y para eso nadie hacía drama. Él se entendía corriendo, esa era su fascinación, su droga. Y a medida que más entrenaba y su cuerpo se estiraba, el reloj se detenía antes, y antes, y antes.

Lemaitre lo ganó todo en Francia y en Europa prontamente. Con 20 años ya era una estrella continental, el campeón de 100 y 200 metros, además de ser el primer ‘blanco’ en bajar de los 10 segundos en los 100; rotulo que odia porque no le interesa destacarse por un tópico de esa vulgaridad. Además autodiscriminarse sería el primer camino a la derrota.

Con 22 años fue medalla de bronce en el mundial de atletismo en los 200 metros y prontamente se ganó la fascinación de los medios. Ahí conoció la presión y con ello su estancamiento. Para los Juegos Olímpicos de Londres la ausencia de la medalla depositó las dudas. Se temió por su continuidad, dejó de entrenar un tiempo y estuvo desaparecido por semanas. En realidad estuvo encerrado, volviendo a su origen infantil. Pero ya había conocido el mundo y construido su yo. Era un atleta, un corredor, tal vez no el campeón mundial pero no todos pueden serlo y no por eso se invalida el recorrido.

Tras años de sombras, en que nunca dejó de entrenarse, llegó su especial revancha. No llegaba con cartel de nada, más bien un pasado destacado. En los 100 metros no hizo mayor historia, pero anoche en los 200 fue fuerte y corrió con el alma. La curva lo tuvo retrasado y con un Bolt que iba en la pista del lado ya lejos-bien-lejos. No se desmoronó. Perseveró, se olvidó del mundo como bien sabe hacerlo, e imprimiendo el esfuerzo de años, estirando el pecho como de chico le enseñaron, remató tercero, consiguiendo el bronce. No lo podía creer, caminó incrédulo de un lado para el otro, eufórico, externalizando todas las emociones contenidas en sus 26 años. Había valido la pena. Luego llegó Bolt, uno que sabe bien su historia, y lo abrazó. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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