La vida en la cabeza

“La única cosa que puede hacerme sentir mejor es la idea de no jugar este partido… esto que ves no es a mí pensando, este soy yo reaccionando, sintiendo, tratando de sobrevivir”. La frase es de Mardy Fish, tenista estadounidense, a pocas horas de jugar uno de los partidos más importantes de su vida. A su lado, quien lo escucha atónita, es su esposa.

Es el año 2012, Nueva York, en camino a las canchas de Flushing Meadows y el rival es Roger Federer, por los octavos de final del US Open, el cuarto grand slam, su torneo favorito, en horario estelar, en el mejor momento de su carrera tenística, en el día del cumpleaños de su padre. Lo que debía ser el momento más valioso de su vida, el más excitante, estaba siendo el peor y más angustiante: sufría una crisis de pánico y el mundo completo, ese que parte desde uno mismo, estaba invertido, desencajado y en su contra. Finalmente el partido por el que siempre esperó, no lo jugó, no pudo hacerlo.

En Chile lo conocimos como el rival de Nico Massu en la inolvidable final de los juegos olímpicos de Atenas 2004. Un gran sacador, con olfato de malla y buenas rachas. Tras esa batalla, confesó que no quería oír nunca más un ‘ceachí’, fue portada de LUN por eso e incluso el mítico Julio Martínez contradijo el ‘vejamen’ salpicado al grito de guerra patrio. Cuando el chino Ríos hizo su gira de despedida, uno de sus partidos fue con Fish y como no podía ser de otra manera, nunca antes se repitieron tantos ‘ceachí’ en un court de tenis. Los chilenos y ese humor pichulero que nunca debemos perder.

Ganaba y perdía por partes iguales, conocía el mundo, tenía un buen pasar y aunque no era de los mejores, se consideraba un tipo contento. Llegó el año 2009 y los años de circo y rutina fueron de a poco cambiando la mentalidad, y el espíritu competitivo apareció en una dimensión voraz: bajó de peso, el entrenamiento comenzó a ser más intenso y desapareció la calma, ingresando la autoexigencia. Y a medida que los resultados venían de la mano, la ambición era mayor, también la infelicidad y los problemas.

Ya más flaco y ganador, pasó de ser un tipo más en el tour, a top ten y el mejor ubicado de USA. Además de una nueva dieta, altos ritmos de estrés y una cabeza nunca conforme. Y entre mejor le iba, más presión se imponía. Su corazón comenzó a fallar, fue operado de arritmia y regresaría más sano que nunca; pero los problemas volverían y peor. La ansiedad y las crisis de pánico, situaciones que comenzaron como extravagancias, se hicieron más intensas, profundas y sistemáticas. Ya no podría viajar solo, algo que amaba, y aunque los resultados seguían siendo buenos, sin salud la vida es una mierda.

La resistencia se hallaba en la pista, ahí al menos, nunca había pasado nada. Googleaba sobre cómo tratarse estos padecimientos, en la isla de la vergüenza y del desconocimiento; sí, esa maldita isla. Apoyado en sus miedos, siguió adelante, sufriendo pero con el espíritu de vencer sus objetivos, esos que seguramente, habían detonado todo esto.

Venció a Giles Simon sin entender bien lo que había pasado y advertía que finalmente, la enfermedad había llegado al único lugar que aún le seguía siendo suyo, la cancha de tenis. Ahora lo esperaba el mejor de todos los tiempos y sentía que tenía las armas, o casi, porque sin cabeza no hay vuelta y adentro suyo se instalaba el caos, un temblor que inhabilitaba al tiempo, estirando el presente; mareado, desolado y sin final. Había que arrancar, detenerse.

Dejó la raqueta, el amor de su vida, y perdió el rato en el golf. Buscó asistencia y siguió entrenando como parte de las cosas que nunca podemos dejar de hacer porque son eslabones de nuestra identidad.

Pasó el tiempo y ya estaba mejor, aunque nunca recuperado.

Volvería este año a jugar un par de torneos y ganar algunos partidos; ayer fue el último. Por la segunda ronda del US Open. Tres años después, dijo adiós. Caería en 5 aprestados sets ante Feliciano López. Creyó poderlo ganar, pero la cosa era en el cuarto set, ya luego las fuerzas no eran las de antaño.

Se va entre lagrimas, muchas. Perplejo, abatido, orgulloso.

Una linda carrera que cuando despegó no encontró refugio, tan sólo la vida real azotando un deseo y esos trastornos mentales de los que nadie habla y que tan anidados caminan en el mundo moderno, ese que no te deja respirar sin nuevas inquietudes.

Mira hacía atrás y hay gratos recuerdos, el ‘ceachí’ seguramente un detalle que hoy le provoca gracia. Manos alzadas y victorias que nunca olvidará. Ahora viene el desafío más importante: ganarle a la vida y los miedos que construyó en su cabeza.

Cerrar los ojos, tomar aire y buscar un mejor mañana.

Mucha suerte, Mardy Fish. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 413 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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