La última noche de pasión de Garrincha

Su cuerpo está prácticamente contaminado, aferrado a los recuerdos y a una fría cerveza. Observa el televisor del bar sin demasiada atención, la camisa la tiene empapada de sudor, junto a unos shorts sin bolsillos, porque eso ya da igual. Garrincha simplemente camina y espera la invitación de la gente, dinero ya no le queda, tan sólo una mecánica sonrisa, que se desgasta día a día, mientras va derecho a su muerte.

El ídolo del pueblo brasileño juega sus descuentos, en la miseria absoluta, desnudando lastima de algunos, viva admiración en otros, olvido de una mayoría que ya no lo ve joven ni de corto, regateando como quizás nadie más lo hizo en una cancha de fútbol. El otrora crack de la banda derecha yace sentado solo en un mal oliente bar de Fluminense, cerca de donde nació; adonde como un Salmón del destino, vuelve a dejar sus huesos maltrechos, junto al humo del tabaco y el alcohol llenando cada una de sus venas.

Poco queda del mozo galán que fue capaz de robarle la amante al presidente, aunque en sus ojos aún habita esa llama de deseo indómito, porque para ser Garrincha no bastó con la alegría, también tuvo que ser salvaje; desmontar los prejuicios, destronar el dictamen científico, arrollar la visión normal y equilibrarse en un mundo que no lo tuvo recto, con sus piernas desajustadas, las rodillas ladeadas y la columna encorvada.

Tres han sido sus grandes pasiones: el sexo, el trago y la gambeta. Amante decidido, nunca se achicó y a día de hoy nadie sabe cuántos hijos dejó en este planeta. Oficialmente son catorce, pero seguramente el número es mayor. Ni su breve paso por el mundial de Suecia escapó de esa carnalidad que lo despojaba de lo humano, esa característica que poco sentido le hacía, porque para él lo simple no estaba en el lenguaje ni en las formas, más bien en una animalidad sobreviviente, fluida y desconcertantemente natural. Y así como su prole se extendió por distintos lugares del mapa, su aliento bramaba sin dobleces el alcohol del que nunca pudo desprenderse, más allá de tibios intentos. La bohemia y ese escape de una rutina que solo aplacaba con juerga, unos besos profundos y el día del partido. Y si como don Juan y borracho amanecía su conciencia libre, con el balón pegado al pie descansaba, y así era, pues no existía otra cosa en la cancha para Garrincha que su propio juego.

El alma del maracaná, ídolo máximo del Botafogo y llamado sin rubor: “la alegría del pueblo”. Pocos jugadores alcanzaron su carisma. En su figura la masa carioca resumió una noble proyección, ya que como pocos, el astro logró disimular cada uno de sus defectos físicos transformándolos contrariamente en presuntuosa habilidad. Y pocos lo pararon. Se dice que siempre hizo la misma jugada, algo falso porque constantemente improvisaba, pero sí es cierto que turnaba periódicamente el trazo corto con el trazo largo, y era esa dinámica oscilante la que encarnaba el delirio popular: aquella idea repetida, nunca con las mismas palabras.

De pronto, una mueca arremete sin control en el rostro de la figura, que con 49 años, siente el peso de su vida en las caderas, también en su lengua, pero, por sobre todo, en su pecho. Es Pelé en la tele, con un traje fino, anillos y diciendo tonterías, ahí, bien de la mano de una cantante que llaman Xuxa. El rey tiene a su modelo, cuando Garrincha mira con envidia, mientras siente hambre. Observa los ojos de su excompañero de selección, los ve relajados, sin ojeras, tan diferentes de los suyos que parecen no haber tenido nunca un descanso. Luego sonríe, sabe que el moreno de la pantalla se jacta de un tricampeonato mundial que tiene un hueco; hueco que lleno él para Chile ’62. Porque Pelé para el mundial del país austral no hizo nada, al contrario del cojo, que lo hizo todo.

Siente el resquemor y una amargura como pocas veces experimentó, aunque intenta aplacarlo. Sin embargo no puede, tiene pocas energías y se ha vuelto mucho más humano. Ahora entiende, distingue, envidia y sufre.

Pelé y el resto llenados de gloria tras México 70, y él con sus rodillas hechas trapo, autoexiliado en Roma, escapando de una política que meramente rozaba. Roce, eso sí, que lo ligaba con su amor definitivo: ese cómplice, admirado e intensamente inseguro. Esa voz ronca y llena de dinamita sensual de Elza Soares. Porque si Pelé ahora paseaba a una cantante de medio pelo, Garrincha rompió el colchón con la reina del Bossa Negra, una mujer de carácter y absolutamente comprometida con ideales que dividían el mundo de la época.

La amó sin freno, bestialmente, desnudando gemidos, pero también maltratos. La perdió, como todo lo que tuvo, desde que sus piernas dejaron de responder y su lengua sólo supo sumergirse en vasos sin fondo.

Piensa en Elza, sus ojos se humedecen y siente cansancio. Quiere estar con ella, una vez más. Reconoce el dolor de ese amor desperdiciado, vesánico, a ratos infantil. No la encuentra, ya nunca más la encuentra… como tampoco a la pelota, que hace mucho se alejó de su corazón.

Tiene una botella en la mano, quiere ir a casa; tristemente advierte que aquella botella es la única casa que le queda.

Una morena que está sentada cerca lo mira y se sonroja. Garrincha se da cuenta de ello, la llama. Ella sabe de quien se trata, a él poco le importa. Le cuenta algunas historias de sus partidos, aunque no acaba ninguna. Se van juntos, ella paga el taxi, el motel y se toma una fotografía con la leyenda. Él queda depositado en la cama, ya no fue como antes, pero al menos alcanzó para sentir lo que se siente.

Regresa, a ninguna parte, tal vez un lugar que le dé algo de beber. Imagina otros tiempos, cuando realmente dominaba en la cama, también el estadio nacional de Chile, ese que lo llevó a la cima del mundo como principal héroe. Revive sus goles, repasa ese fútbol que le dio fama, aplausos, una casa, comida y lo insertó en una sociedad que nunca comprendió del todo. Quiere ver a Elza, tararea sus canciones, mira sus manos que la golpearon y se siente putrefacto. Nunca dejó de amarla pero lamentablemente nunca dejó de ser él. La extraña, sus sentimientos se vuelven físicos, y siente el dolor. Mira al frente, Elza ya no aparece, nunca más está al frente…, se ve una luz, es el Maracaná lleno y él está siendo velado. ‪#‎BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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