La tarde en que el jalea jugaría en Italia

Se pasó a uno, luego a otro…parecía encerrado en la orilla pero sin mover la pelota, simplemente engañando con los ojos, también con el cuerpo, abrió el espacio y siguió avanzando. Ahí mostró barrio, porque el fútbol no es sólo la estúpida academia que vemos ahora -pase, pase, conos y pases-; es fluir, rendirse al instinto, comunicar con el cuerpo lo que no será.

Santa Laura no contaba con más de 1500 personas en sus tribunas, pese a que el partido era importante. De un lado Santiago Morning, con Orlando Mondaca como técnico y Francisco Anderson Huaiquipan vendiendo la pescá en la banca. Folclórico el “Huaqui”, se paseaba con perso’, garbo de calle, con la risa que le daba pisar el pasto y tener los estoperoles al pie del cañón. Y miraba a la tribuna, a nadie en particular, saludando. Del otro lado, Copiapó, el pelado Nelson Cossio como jefe y un equipo que había hecho una tremenda campaña durante toda esa temporada en la “B”.

Esa errática visión del futbolista y la modelo, el flash, el auto deportivo y las vacaciones en el caribe. Sí, claro que existe, y en esa línea viajan muchos de los grandes peloteros, esos que hacen fama y consiguen el éxito. Sin embargo, esa proporción es minúscula, la mayoría no llega a ello y desarrolla una carrera de constante lucha, de micro o colectivo, detrás del anhelo de días que se consumen en expectativas alejadas, lejanas, que se funden a diario en el barro y la ducha helada.

Una familia que apoya, pero también es mochila. Una pelota que se ama, pero alrededor tiene espinas, y clava los pies, aterrizando la realidad. Mas no da para quejas, porque es para guapos, valientes que ven en el juego una salida. También una sonrisa, porque más allá de los ripios, detalles y constantes comas, es pasión, pues da lo mismo si es el Camp Nou, la Champions o la promoción, es fútbol y en una gambeta está el mundo.

Era un 12 de Diciembre del año 2007, ambos elencos jugaban sus opciones en una particular liguilla de promoción que tenía tres aspirantes a conseguir el último cupo para jugar en primera. Puerto Montt, el otro en disputa.

Pasadas tres fechas, Copiapó sólo tenía un punto, Puerto Montt tres y el Chago cuatro. Todos con dos juegos a su haber. Para el equipo nortino esta era la última chance de subirse a la disputa; para el conjunto microbusero, este partido podía ser determinante para timbrar los pasajes.

Cara de perro, todo por la gloria y la familia, en un partido intenso, áspero, de cierta forma, jodido.

Llegué al Santa Laura de buena gana, aunque sin grandes expectativas. Fui apañando al Teo, un amigo que no sé bien por qué cresta es del Chago Morning. Le he preguntado, pero nunca me ha dado una respuesta convincente, aunque en realidad eso da lo mismo, las causas que la busquen los psicólogos, lo que a mi me importa es la dinámica, y en esa Teo fue hincha en todo momento: vista clavada, corazón acelerado y esa mezcla sin frecuencia entre el estallido y el silencio. Las cuentas de Teo eran claras: “Ganamos hoy, perdemos con Puerto Montt, y a Copiapó llevamos el maletín”. Sonaba posible, aunque el partido pintaba bravo, y en el movimiento inquieto de mi amigo se notaba: no se sentaba, no se calmaba, no dejaba de vivir más adelante del presente, con el riesgo del rebote.

Todos corrieron, sudaron, dejaron la piel, pero la memoria descansa de las batallas diarias, tal vez porque están normalizadas en nuestro día a día, y resalta el destape elegante de quien se distingue por el talento. Y te sorprendes; y ese día, en esa cancha, el Jalea Hernández regaló potrero.

Miguel Hernández, un delantero más bien puntero formado en la Universidad de Chile, con un breve paso por la Universidad de Concepción y que en algún momento sonó en la Católica de Pizzi. El popular Jalea, por lo movedizo, se hizo referente del querido Chaguito Morning, un equipo de choros urbanos y dirigentes de sombras y humo encendido.

El Jalea, inexistente hasta ahí en mi diccionario futbolístico, se daba un festín.

Así fue como a los 35 minutos encadenó un slalom, palitroques al suelo y un centro medido al corazón del área que rebotó en un brazo harto más alocado que el de Ronald Fuentes frente a Baggio en Francia ’98. ¡¡¡PENAL!!! Gritó buena parte del estadio, Teo incluido, quien a la vez botaba desde su boca una mechada jugosa que tragaba en ese momento. Un Jalea imparable. El árbitro Rubén Selman, histriónico, cobró al instante.

El capitán Felipe Díaz se puso frente al balón y sin pensarlo demasiado, despachó el fusilazo: ¡¡¡GOOOL!!! Resonó al unísono en la tribuna; “¡GOLAZO!” Se le escapó a Teo, vivamente emocionado. Cossio mandaba su Jockey al suelo y puteaba a Selman. El Huaqui lo festejaba como propio desde la línea, y aleonaba a la tribuna alzando los brazos y moviendo la pelvis. 1-0 y ese alarido lleno de alivio que no dura más de 15 segundos, porque luego vuelven con aún más fuerza los nervios. Cuando se tiene lo anhelado, la posibilidad de perderlo desnuda la escarcha sobre la que nos paramos. Y este juego, volátil y de sensación agresiva, consume…absurda y románticamente, consume la escarcha.

No obstante todo, y el intento desesperado de Copiapó, el Chaguito resistió los pelotazos y cada uno de los embates. Y cuando hubo que desahogar, ahí siempre estuvo Miguel Jalea Hernández para aguantar, llevarla de un lado a otro, esconderla, usar el tiempo y alterar al rival; en definitiva, trabajar para el equipo. Recibía patadas, no alegaba. Y en el suelo, silencioso, arreglaba sus medias, mientras bajaban los aplausos de un respetable que por momentos olvidaba el partido, el resultado y se emocionaba con la habilidad de ese jugador. Teo me miraba y sin arrugarse, embobado, me aseguraba: “¡Este hueón va jugar en Italia!”, y luego se tomaba la cabeza, porque al cabo de unos segundos, nuevamente era el Jalea quien venía al ataque.

A los 65 minutos entró el Huaqui: la pisó, hizo show y regó un par de bellos garabatos allá adentro. Santiago Morning aguantó el resto y la figura del Jalea nunca dejó de ser figura. 1-0 y tres puntos fundamentales.

Miguel Hernández se fue tranquilo del campo de juego, sin grandes alardes, callado, casi enigmático. Había jugado un partido de arte, arrojado, esquivando todo a su paso. “‘Güeno pa’ la pelota este cabro”, pensé mientras Teo le tiraba garabatos a Cossio que se iba encima de Selman.

Pasó el tiempo pero el Jalea no llegó a Italia, de hecho ahora tiene 31 años y sé que está retirado, no mucho más. No es sencillo lograrlo, cuesta más que una gran tarde; pero esa tarde, no lo duden, el Jalea jugó para irse a Italia.

Probablemente tras el partido él llegó a su casa, tomó tecito y se comió un buen pan con mantequilla; festejó tibiamente entre los abrazos corrientes de su familia. No salió nada suyo en las noticias, pero de seguro él sintió lo mismo que todos quienes estuvimos ese día en Santa Laura: que había jugado extraordinariamente bien. Y seguro nadie le paraba la risa. Y quizás también creyó que Italia era posible, ¿por qué no soñar un rato?

Ya está, ya fue, no siempre se puede, sin embargo, adónde sea que estés ahora, Jalea, muchas gracias por ese partido, estuviste descomunal, y eso aunque no te haya hecho millonario, te hace protagonista de este sencillo pero honesto recuerdo futbolero.

Finalmente el Chago subió; Copiapó, ya sin chances, derrotó como local a Puerto Montt en la última fecha y dio una gran mano: si ganaba Puerto Montt ascendía el cuadro del sur. Dicen que fue vergüenza deportiva, claro que a mi que me gusta la literatura, prefiero creer que fue el hombre del maletín. ‪#‎BB‬

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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