La tapada

En IV° medio las alianzas en mi colegio eran cosa seria. Se jugaba el honor no solo del curso, sino la posibilidad de dejar una huella indeleble que quedara estampada dentro del anuario de generación. De todas las competencias, eran únicamente dos las que entregaban la mayor cantidad de puntos y el suficiente honor como para poner todos los huevos en la misma canasta: fútbol y baile. Los hombres, por razones obvias preferían la primera, y como se podría llegar a pensar, nosotras, las minas, la última. Pero como todas sabemos, siempre gana el curso con las minas más ricas, esas que no temen ocupar la falda más corta de lo reglamentado, las que en octavo fueron a la fiesta de graduación de IV° medio y siempre aparecían en las listas negras de la generación saliente. Y como mi curso no era el caso, con mis compañeras decidimos salvar los puntos con una presentación mediocre y enfocarnos en la única competencia que nos mantenía con vida: fútbol femenino. No teníamos un mal equipo, contábamos con una excelente delantera (la Adri) y dos defensas de temer (Cota y Feña). El resto se defendía como se pudiera (Paulina, Rocío y Fran). Yo al arco y con el siguiente desahogo: nunca fue mi posición. No porque lo mío fuera la gambeta y gol de media cancha, sino porque mi frágil mente sucumbía ante la sola posibilidad de comerme un gol con mostaza y mayo.

Debutamos tímidas ante un aún más tímido I° medio, algo absurdo. Pero nuestra barra brava, compuesta por el equipo masculino, nos tenía una fe inmensa y eso le agregaba peso a los pies. Cuento corto, ganamos 1-0 y yo hice más de espantapájaros que de arquera. Un alivio. “¡Muy bien, cabras!” nos dijo con alegría el Robe, indiscutido capitán masculino, “un poco más de confianza, y si tienen que hacer cariñitos, hagan no más” agregó bajando la voz y moviendo el pie de atrás a delante.
Los cariñitos no fueron necesarios, y con minutos en el cuerpo la confianza llegó sola. La Adri que corría a todas y la Fran, que con menos vista que un topo encaraba todo lo que alcanzaba a distinguir. Perdimos lo que los hombres piensan es femineidad para ganar huevos, algo que nosotras llamamos ovarios. Y así fuimos avanzando hasta que lo increíble se materializó: después de jugar con las buenaspalachuleta del 3°medio A (ganamos 2-1; el descuento me lo comí a pleno: la pelota se me resbaló de las manos y la cruz la cargué incluso semanas después), pasábamos a la final. Hasta nuestros compañeros, que siempre nos dijeron que estábamos ‘para cosas grandes’, estaban sorprendidos.

Para ocupar una metáfora de cómo veía el público esta final, era entre David y Goliat. No solo porque todas las del IV°B, sin excepción, fueran ricas, sino que además formaban parte de alguna selección de deporte del colegio. Cuerpo tonificado, resistencia física al límite y, sobre todo, cancha. Sabían lo que era estar en un torneo de verdad, y no en estas liguillas. Los nervios no existían en su planeta de entrenamiento y gimnasio. Pero lo peor de todo, es que eran simpáticas. Ninguna mala palabra. Nada. Hasta tuvieron la gentileza de ir a saludarnos apenas se enteraron que nosotras también habíamos pasado a la final. “¡Qué chori, Juana!”, dijo una, “¡nos vemos mañana!” se despidió la otra. ¿Y su jugadora estrella? La Cami, la mina más rica, más buena onda y más matea del nivel. Pero, como equipo, decidimos no caer en sus redes de coquetería y buenos modales para mandarlas a la reconchesumdre.

Llegó todo el colegio, y cuando digo todo, es la mitad, pero de todas maneras un número considerable. Además de los alumnos, llegaron profesores, auxiliares e incluso directivos. La barra brava se apropió de su papel, con pocos recursos convirtieron los basureros en bombos para que, de repente, surgieran los primeros cánticos: “ole ole, ole ola está es la hinchada de las del A”. Así, corta. Nos pusimos en posiciones, ellas con sus short justo en el límite permitido, nosotras con el poto a dos manos y pitazo inicial. El IV°B entró aniña’o. Empujaban si tenían que empujar, y no dejaban pasar una. La Cota y la Feña resistían como fierro y la Adri ocupaba todas las habilitaciones con la maestría característica de ser la única mujer que podía driblar sin mirarse los pies. Y yo de espectadora in situ de una batalla librada que sentía lejos. Con los minutos, el empate se veía inminente y la definición a penales no era una opción para nosotras. Por el puntete o la uña, daba igual. Pero de repente, un pase de la Paulina a la Rocío fue interceptado. Camila llevaba la pelota y tenía los ojos puestos en el arco. Un contraataque que tenía que ser letal. Mis compañeras le hicieron la carrera, pero ella no dio tregua y con unas pocas zancadas ya había cruzado la media cancha. Me acuerdo de no haber pensado nada. El cuerpo actuó solo, y como si hubiera sido algo de toda la vida, se puso en posición. La cuchara a mil y ella que no paraba de correr. Hasta que llegó a pocos metros del arco y pateó. La pelota se elevó lo justo como para entrar en la esquina derecha del arco. Salté y estiré el brazo como pude. Estoy casi segura que la barra dejó de cantar y que algunos profesores soltaron un grito de asombro mientras todo esto transcurría. Floté en el aire y pensé que quizás esto era lo más parecido a un capítulo de los Supercampeones, cuando los tiros demoraban capítulos en llegar al arco rival. Y de repente, el sonido de una pelota rebotando en una mano. La había tapado. LACONCHASUMADRELATAPÉ.

El resto fue todavía más rápido, la Cota recuperó, pase a Paulina, otro a Adri y, para sorpresa de todos, la Rocío, con los ojos inyectados en sangre, le pegó con una fuerza que ningún profesor de gimnasia vio alguna vez con ella en clases. La arquera rival no pudo hacer mucho. 1-0 arriba. Pitazo final y la barra que no daba más de felicidad y mis compañeras que me hicieron hincha del fútbol.

Ahora Camila, para complementar sus estudios en ingeniería y sociología, trabaja como modelo; aparece en varios afiches publicitarios de la capital. Y cuando vamos con algunos amigos caminando y la veo enmarcada en una gigantografía, sonrío y les digo: “¿les conté que yo una vez le tapé un gol a ella?”. Porque el que no tenga triunfos personales pencas, que tire la primera piedra.

Acerca de Juana Gonzalez 32 Articles
Columnista de Barrio Bravo. Estudió una de las carreras menos rentables del área humanista -y con eso se puede ver de qué va- pero, con mucha suerte, trabaja en lo que le gusta. Se retiró de las canchas a temprana edad por el bien del fútbol y hace poco, por primera vez en su vida, se abonó a un equipo: Palestino.

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