La señora que quiere verse linda

Sus hijos ya no están en la esquina de la plaza jugando a la pelota, tampoco su hija camina como chica mala por los pasajes de la villa. Los años pasaron, poco a poco fueron desapareciendo las tardes en que los cuatro se reunían alrededor de la mesa a comer con pan mantequilla, frente a una televisión y risas que terminaban en discusiones. El mayor se enamoró y se fue prontamente de la casa; el del medio eligió el arte y vaga sin apuro buscando un sentido de belleza; la menor salió independiente, yéndose prontamente del refugio familiar, con un ojo en las mesas del bar, el otro en los libros de biología. La señora quedó sola, con el eco de sus pasos y las nostalgias que atrae el silencio.

Observa de vez en cuando el álbum de fotos familiares, sonríe mientras contiene la pena; ve a sus niños ahí, tan pequeños, frágiles y apegados a su cuerpo, nada que ver con el presente, cuando apenas si la llaman, con voz apurada y sin preguntas. Hay un par de fotos de Miguel, ese viejo y único amor real, que simplemente se fue, de un día para otro. Le sigue pareciendo atractivo, a pesar de la rabia con que le mira, y le crece un ahogo de angustia cuando luego pasa por un espejo y ve que su rostro ya no es el de antes. Ha encontrado algunos motivos para sentir que el día vale la pena, a través de los tejidos que le han dado el alimento, también junto a un grupo de amigas con las que una vez a la semana aprende pasos de tango en el gimnasio de la vuelta. A veces sale a caminar, sola, imaginando otro destino, esperando un poco de compañía. En alguna ocasión su vecina Olga camina con ella y juntas confiesan sus deseos, pero quedan ahí, secretamente. De noche una película, generalmente románticas. Cada día es parecido, como una rutina, hilando para vida ajena, atada en los mismos recuerdos.

Una noche de miércoles, tras el último baile, se le acerca don Pedro, uno de los pocos tangueros varones que aparecían por el gimnasio. La invitó a conversar un rato, algo que hace tanto no le pasaba, que se sintió acorralada y se negó por apuro. Sin embargo, regresó a su cama con una sonrisa. Al día siguiente pensó en el hombre, no bailaba demasiado bien, ni tampoco era James Dean, pero conoce su paradero, no le debe nada a nadie y los comentarios sobre él siempre han sido favorables. Don Pedro tiene un almacén, dos hijos y es viudo desde hace unos años. Ya no le queda mucho pelo, pero sí gracia, y se desenvuelve seguro, agradecido de la vida, sin temor a perder. Lo analiza una vez más en su cabeza y ya le parece un poco más buen mozo. Incluso se acuerda de Miguel cuando decía que don Pedro tenía ‘un aire’ a Sandrino Castec; ella de fútbol poquito, pero por supuesto que le viene a la mente la chilena en Mendoza y siente un nervio extraño, casi olvidado.

De pronto el día ya no es parecido, enciende la radio, tararea una canción de los Beach Boys, hila lo que le gusta, liberada en el hoy y la incógnita del mañana. Se mira en el espejo, sin ánimo de cuestionarse, más bien repasando lo necesario, empolvando sus mejillas, coloreándose los labios. Siente vergüenza, pero quiere que sea miércoles nuevamente, esta vez le gustaría volver comiéndose un algodón de azúcar, y acompañada. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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