La semana de la rebelión

Estábamos un lunes de recreo colegial jugando a la pelota como siempre, en esa cancha compartida entremedio de más de 10 pichangas diferentes; era una selva, el arte de los instintos, un caos precioso. De pronto, un balón de cuero hiper inflado salió desde el empeine de un robusto y poco técnico jugador de cuarto medio. El esférico cruzó el entorno de manera asesina, frenando los amagues de la multitud…salvo el del flaco Riquelme, que recibió el pelotazo en la sien: a piso de una. La carcajada colectiva fue instantánea. ¡Y cómo cayó el flaco! Se desvaneció sin resistencia, succionado por la gravedad, con los ojos en blanco. Una imagen inolvidable, maravillosa.

Justo, en ese mismo instante, iba pasando don Ricardo, el reciente rector del colegio, quien hasta ahí gozaba de amplia popularidad; básicamente porque se le veía poco y durante los meses que llevaba en el cargo se mostraba como un un tipo sonriente, conciliador y de bajo perfil. No obstante, ocultaba una personalidad diferente: en un arrebato de poder inmediato y agresivo, frunció el ceño, se mostró sin calle y estrujo el arrebato suspendiendo el fútbol en los recreos. Así, tal cual, sin matices. Y no sólo eso: dejó terminantemente prohibido el uso de balones de cuero para las clases de educación física. ¡Absurdo! ¡Ridículo! ¡Canalla!

La determinación causó conmoción: ¡¿qué chucha vamos a hacer ahora sin fútbol?!

No hubo otra alternativa: la manifestación. Y, afortunadamente, no hubo moderadores; y, para gracia popular, absolutamente masiva. El rector se había metido en medio del juego, en medio de las clases, en medio del colegio. Y aún peor, sin conocerle demasiado. Y aún más grave, limitando nuestra libertad. ¡La pelota era la esencia del colegio!

Al cabo del mismo día ya no había banco en la sala que no tuviera una «generosa» dedicatoria para don Ricardo. Y a la vieja y reiterada consigna reivindicativa de «Pelo largo», ahora se sumaba «Que vuelva el fútbol». En los recreos ya no se jugaba a la pelota pero se marchaba. Se formaron comisiones, grupos negociadores y otros voluntarios espontáneamente «terroristas»; el flaco Riquelme, que se sentía culpable, el cabecilla del terror. Se hicieron bombas de humo, constantes ruidos molestos e incluso se secuestró en la sala de un tercero medio a un niño de segundo básico. Se había instalado la rebelión.

Con los días las peticiones fueron aumentando: más computadores, más libros, una trepa nueva, la renovación de la sala de ciencias y la contratación permanente de la profesara asistente de castellano -una veinteañera que nos tenía con el corazón roto a todos-.

Estudiar y aprender era una cosa; vivir, respirar, ser joven, pegarse y reírse, otra. El ahora bautizado como «el guatón de mierda», no lo entendía así. Fueron días de unión, también de renovación: ya no éramos simples alumnos, nos habíamos configurado como personas. Además, estábamos unidos y eso nos daba fuerzas.

La tercera y cuarta hora del miércoles nos negamos a entrar a clases. Eso fue espeso. Querían obligarnos a través de la única amenaza con la que contaban: la expulsión. Algo absurdo porque éramos todos. Salvo uno que otro, pero la inmensa mayoría lo entendía como algo más allá: no dejarse pasar a llevar, no ser serviles, reforzar la identidad y combatir por lo que creíamos. El jueves llegaron las guitarras, los basureros se transformaron en bombos y dale carnaval. Incluso el cura Washington, un sacerdote de galería y garabato, nos bendijo. La rebelión se había vuelto divina.

El viernes, finalmente, llegó la paz. Luego de varias reuniones, mediaciones y otro secuestro, la medida se ablandó y algunas de las peticiones se cumplieron. Volvió el fútbol, claro que sin balones de cuero (prohibición que nunca se respetó); llegaron más libros; se renovó la sala de ciencias; se cambió la trepa. Lamentablemente, la profesora asistente de castellano se marchó a fin de año.

Don Ricardo nunca más volvió a ser don Ricardo, de ahí en adelante, quedó como el guatón de mierda. Y lo más importante para nosotros: nuestro recreo volvió a ser nuestro. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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2 comentarios en La semana de la rebelión

  1. Que recuerdos, nunca fui un gran jugador, pero si le ponía empeño en los partidos de los recreos ya sea con la pelota de papel enrollada con cinta café o su buena pelota de trapo.
    Me pregunto qué dirán los alumnos de hoy en 20 años más, te acuerdas cuando te enviaba Whatsapp cuando estabas al lado mío y me respondías con un emoticon que se yo.
    Me quedo con mi recuerdo, grande #BB

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