La revancha

Primer año de universidad, final de segundo semestre, última prueba rendida. Unas chelas heladas, un pitito buena onda y el alivio de haber salido de vacaciones. Estábamos con los compañeros tirados en el pasto, gozando de los primeros minutos de libertad, de saber que ahora podíamos leer por placer y que teníamos el verano por delante. Nuestro ‘locus amoenus’. Me acuerdo que hablábamos sobre algún partido de Chile, plena era Bielsa y con la esperanza de estar pisando fuerte y sin miedo. Comenté algo que no me acuerdo bien qué fue. Algo que salió del relajo, la impresión del partido y la confianza de estar entre amigos. Pudo haber sido en relación a alguna jugada interesante, mi sensación durante el juego, como también mi impresión del físico de algún jugador. Un comentario, una opinión, una impresión, lo que sea. El Coco dijo algo en relación a eso, la Marta respondió entre risas mientras tomaba de ese veneno llamado Báltica. Hasta que el Camello tiró la bomba:
– No me gusta que las mujeres hablen de fútbol.
Silencio.
Recuerdo no haber entendido la frase. Es decir, escuché pero no lo procesé. En mi cabeza apareció la linterna de “buscando archivo” y poco a poco comencé a abrir carpetas como fútbol y mujer, pero tampoco lograba dar con el mensaje exacto: “no me gusta que las mujeres hablen de fútbol”. Entrecerré los ojos con fuerza para ver si con eso entendía qué chucha quería decir el Camello con todo eso y, más encima, con la desfachatez de tener dos mujeres enfrente (quienes le habían puesto su cuota para las Bálticas, no menor).
Hasta que el Coco intentó limpiar el aire enrarecido:
– ¿En qué volá te fuiste, Camello?
Le dio otro sorbo a la Báltica, sonrió al grupo. Me acuerdo que tiró una talla, como para disminuir un poco la culpa, tipo “debiesen estar en la cocina”. Pero no funcionó. Así que tomó su bolso, no con el peso de la vergüenza sino con el convencimiento de que no estaba en el lugar adecuado, y se despidió con cariño.
– Chau, Camello. Nos vemos pronto –fuimos diciendo uno a uno.
Puede ser porque nos quedamos pegados mirando el pasto que el silencio continuó. Y mirando a las hormiguitas me entró la primera duda: ¿y si había hecho un comentario desinformado? Como cuando una compañera afirmó públicamente que la Segunda Guerra Mundial había comenzado en España. Pero no me acordaba de haber nombrado a Caszely como el jugador estrella del partido. ¿Y si pequé de soberbia? Quizás afirmé de guata al suelo que el Piña Villanueva estaba haciendo el partido de su vida cuando hacía días que pendía de un hilo su estadía en la selección. Pero yo no soy de comentarios de ese tipo. ¿Y si acaso hablé de lo rico que estaba Carmona? Y qué tanto, una vez escuché decir al mismo Camello que la profe de Comunicaciones estaba rica y nadie le reclamó su comentario hormonal. Entonces, ¿qué? ¿Qué chucha le molestó tanto a este weón?
Y de repente, PAF. La iluminación que sucede luego de correr el tupido velo: LE MOLESTABA QUE FUERA MUJER.
Entonces sentí ese vacío que deja el llegar tarde a recibir el pase, la desazón de que se te resbale el balón de las manos camino a tu arco, la impotencia de saber que si se entraba un poco más fuerte, pero solo un poco, se podría haber evitado la catástrofe del gol en contra. El vacío en el estómago de no defenderse a tiempo.
Así que, porque nunca es tarde, y el tiempo siempre da la razón; al Camello, si está leyendo esto: MIRÁ DE QUIÉN TE BURLASTE VOS.

Acerca de Juana Gonzalez 32 Articles
Columnista de Barrio Bravo. Estudió una de las carreras menos rentables del área humanista -y con eso se puede ver de qué va- pero, con mucha suerte, trabaja en lo que le gusta. Se retiró de las canchas a temprana edad por el bien del fútbol y hace poco, por primera vez en su vida, se abonó a un equipo: Palestino.

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