La primera Copa Libertadores de Pelé

El estadio Monumental de River Plate presenta un lleno total este 30 de septiembre de 1962. Claro que en la cancha no está el equipo local, ni tampoco la selección argentina, ni ningún otro conjunto trasandino. Sin embargo, la alta expectativa no es extraña: se enfrentan por la final de la Copa Libertadores el vigente bicampeón, Peñarol de Uruguay, versus el gran dominador del fútbol brasileño de estos años, el Santos. La ciudad de Buenos Aires respira fútbol desde el paso diario, cafés, bares y revistas. El fútbol es parte de la transpiración del día, del entorno, del lenguaje común. La atención es cierta y curiosa, se miden dos estilos y el morbo discursivo ya está rodando. Peñarol tiene fuerza, es aguerrido, saca chapa de campeón y cuenta con un goleador extraordinario como Spenser; Santos representa el fútbol lírico, divertido, ofensivo, con gambeta, y está Pelé, la gran estrella del fútbol actual. Se viene un partidazo.

La serie está igualada a un triunfo cada uno. El equipo brasileño venció en el mismísimo Centenario a los de Montevideo por 1-2. La llave se creyó cerrada tras los goles de Coutinho, pero la garra charrúa y los goles oportunos de Spencer dieron la sorpresa para devolver la mano en Brasil por 2-3 y exigir así un tercer encuentro en cancha neutral. La final está siendo final con ribetes épicos. El barrio de Núñez tendrá el honor de ser el telón del episodio definitivo. Episodio que además contará, ahora sí, con Pelé como protagonista, pues estuvo ausente en los dos primeros juegos por lesión.

Todos esperan ver qué puede hacer “el negro”, como le llaman en el Río de la Plata. Algunos confían en que será el factor determinante del triunfo; lo aguardan ansiosos y esperan ver en directo qué tan cierto es todo eso que se lee de él. Es la fascinación de ver por primera vez al 10 que copa todas las crónicas con calificativos que parecen desmesurados. Porque Pelé para el mundo es más bien una figura literaria, un héroe popular frecuentemente relatado, pero ahora estará ahí, en la cancha, y será real. Por supuesto también hay muchos que dudan de todos esos cuentos exagerados, desbordando el mito con escepticismo. Sí conocen a Peñarol y aseguran que con un buen set de patadas las palabras serán sólo eso y el fútbol volverá a ser tan habitual como siempre. Los ojos, creen los desconfiados, arruinarán el reino imaginativo de la lengua.

Comienza el partido y Santos comanda las acciones. Los 5 atacantes del cuadro brasileño no se quedan quietos y machacan desde el inicio: el zurdo Pepe y el rápido Mengalvio destrozan por los costados; Dorval por el medio genera la pausa; el fiero Coutinho entra y sale del área; Pelé juega de todo. Las patadas no se aguantan ni matizan por parte del equipo uruguayo, pero no es suficiente para frenar el vendaval inicial. Aún así el arco todavía no se abre, la defensa oriental se agrupa, está bien paradita y no tiene empacho en mandar largo algún balonazo a ninguna parte para respirar.

Pelé baja al medio a pedirla. Así se juega, en dos trazos y maniobras individuales que despejan y acumulan rivales, para luego jugar alguna pared. El toque y la posesión es algo residual, son los duelos los que definen el curso de la historia. Pelé lo sabe y con eso saca ventajas: físicamente es superior, su zancada inicia el murmullo atónito de la tribuna, que se vuelve griterío con los amagues y aplauso cuando se frena, mira y vuelve a arrancar.

Ahí va Pelé desde el medio: pasó uno, pasó otro, y a otro… ¡PATADA EN EL CUELLO! Pero no se queja, de hecho, lo levantan con una palmadita en el espalda y él se ríe, ya es rutina. No la lleva pegada al pie, no tiene ese broche, aunque no es necesario, es demasiado rápido, tanto con las piernas como con la cabeza: engancha, gira y amaga el remate y abre a un costado libre. Es bueno, es muy bueno. No es sutil pero tiene otro ritmo, es de otro tiempo. La enemistad argentino-brasileña cobra un paréntesis, está jugando Pelé y es un espectáculo. ¡Se le ovaciona! Peñarol, el actual campeón del mundo, se ve tosco y torpe ante las filigranas de esos cinco de arriba. Y lentos, muy lentos al lado de Pelé.

Ahí va Pelé nuevamente encarando: recorta hacia afuera, sigue avanzando por el borde del área rival, engancha para adentro, el defensor sigue de largo, dispara fuerte, mientras varios se abalanzan hacia él intentando al menos un bulto que le quite los espacios; pero el balón ya salió del pie del genio y en esa ruta acelerada se produce un rebote, el cuero sigue girando ante la vista imperturbable de Pelé, quien con los ojos parece guiar el destino de aquel objeto que mima sus impulsos…y va al arco, y sigue girando, y Pelé comienza a celebrar: autogol después de un jugadón. 1-0 el Santos y Pelé salta con el brazo derecho haciendo un gancho, como siempre. Ahí está Pelé, ha sido. El futbolero vibra y reconoce en eso algo que probablemente sea historia.

Peñarol debe animarse a más, lo intenta, pero cada contragolpe brasileño parece el final. Coutinho, el denominando virrey, el mejor socio de Pelé, no está en su mejor jornada y desperdicia una tras otra. La noche de Buenos Aires, días antes, le quemó los pulmones, ¿quién puede culparlo?, frente al tango y unas ojos coquetos en cabellera plateada. Termina la primera etapa.

-¡¡Hay que bajar al Negro, muchachos!!- se repite una y otra vez en el vestuario uruguayo. -Es como se escribía- le dice un gastado canoso a otro, mientras fuman una pipa, en el centro de la galería.

El segundo tiempo no tiene cambios. Va Pelé de nuevamente, descubriendo la cancha por el centro, nadie lo alcanza. Ya está a metros del área, ¿qué va hacer?, obviamente, un GOLAZO. Derechazo de 20 metros al ángulo. 2-0. Peñarol ya quiere que esto se acabe. Sin embargo Pelé quiere más. La gente corea su nombre y quiere darles una guinda. Y la tiene. La bola está en el área tras un par de centros y rebotes, uno de lo cuales le queda al número 10 y este como viene, planta la volea y sacude la malla. 3-0. Otra vez el salto y el gancho.

El juego se acaba y Pelé es campeón de la Copa Libertadores. Un hincha uruguayo, que está en el estadio, le dice a otro -Y menos mal que hace poco estuvo lesionado-. Fue Pelé, el de las letras, y el de la cancha.

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
Contacto: Twitter

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*