La primera Copa América

“Che, ¿y si hacemos un torneo de fútbol?”. Quizás no fue exactamente eso lo que le dijo José Luis Murature, ministro de relaciones exteriores, al presidente de la nación Argentina, Victorino de la Plaza, pero sí recae en él la fantástica idea de celebrar el centenario de la independencia de su país: un cuadrangular con sede en Buenos Aires. Contactó a las escuadras invitadas, las únicas federaciones de fútbol creadas a la fecha, y definió la modalidad todos-contra-todos para dar con el triunfador. Así, el primer Campeonato Sudamericano se conformó con las selecciones de Chile (el equipo invitado con el que todos contaban ganar los puntos), Brasil (el futuro pentacampeón era en ese entonces una escuadra inferior), Uruguay (máxima potencia futbolística del continente) y Argentina (ventaja de la localía).

El torneo comenzó el 2 de julio de 1916 con el partido de Chile – Uruguay donde los charrúas golearon a nuestra selección con un contundente 4-0, lo que provocó la ira de los directivos chilenos, quienes con brutal ignorancia denunciaron que los uruguayos habían alineado a dos “africanos”, entre ellos Isabelino Gradín, delantero de origen lesotense autor de dos tantos y posterior goleador del torneo. Cuatro días después, Chile volvía a caer por goleada, ahora con los locales para, pocos días después, despedirse del certamen al rescatar un esforzado y agónico punto en el empate contra Brasil. Argentina, que no miraba con seriedad la conformación verdeamarela, presentó un equipo alternativo para disputar ese partido, lo que le valió su primer empate, un oprobio para la crecida y engominada albiceleste. El 12 de julio, Brasil seguía dando sorpresas y se fue al descanso un gol arriba contra los charrúas, pero la expulsión de uno de sus jugadores durante el segundo tiempo permitió a los celestes dar vuelta el marcador 2-1. Brasil, que llegó como comparsa, terminó siendo un animador y factor decisivo del sudamericano.

El último partido del campeonato, y como final con tintes de futuro clásico, dispuso que las escuadras de Argentina y Uruguay se enfrentaran en la cancha de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, en Palemrmo. Por la disposición de la tabla, los albicelestes necesitaban contra viento y marea un triunfo, mientras que los celestes no pendían de nada. Con la expectación al borde del delirio y las escazas experiencias similares, 16.000 hinchas lograron entrar al estadio, colapsando el recinto y provocando el ingreso de la fanaticada a la cancha de juego. Entre gestos de buena crianza, y otros no tanto, los policías lograron despejar los incidentes. Sin embargo, 5 minutos después del pitazo inicial, Carlos Fanta, técnico de Chile y árbitro designado para este partido, decidió suspender el carácter de final del encuentro para comunicarle a los asistentes que este se jugaría como amistoso únicamente, ya que el comportamiento del público no permitía llevar a cabo el espectáculo (?). No cayó bien la noticia. Los hinchas se abalanzaron nuevamente a la cancha, incendiaron las gradas con el reclamo de reanudar el juego y Fanta corrió desesperado por su vida. Fanta no entendió que el fútbol siempre fue fútbol. Saldo total; de los 16.000 asistentes solo hubo cuatro detenidos.

Sepultados los ánimos, el partido se cambió a la cancha de Racing 24 horas después, y quizás por esta misma razón, por entrar fríos, por no sentir que acá se jugaba la celebración de la independencia, por no anticipar futuros encuentros en similares condiciones, Argentina entró distinto, y eso a un charrúa no se le pasa. Si bien el partido terminó con un marcador sin goles, -demostrando pocas heridas abiertas, pero sí los primeros roces- el empate permitió que Uruguay se coronara como el primer campeón sudamericano. El clásico rioplatense cobró forma.

Para Chile el cuadrangular no revistió grandes éxitos deportivos, sin embargo, para el español (naturalizado chileno) Ramón Unzaga, el Campeonato Sudamericano de Selecciones no significó una derrota, sino un pequeño triunfo personal: la internacionalización de su jugada maestra, un poco trillada en su estilo por qué no, pero única, grande y de él, «La Chilena».

Unzaga la venía practicando ya hace algunos años y debutó nacionalmente en el estadio el Morro de Talcahuano. No tenía ese nombre, sino otro que hacía referencia a su escuela de fútbol: “La Chorera”. Pero Ramón vio en el campeonato continental una oportunidad, y no solo una sino que varias. La que se le presentaba lo elevaba en el aire, dejando la espalda paralela al suelo y golpeaba la pelota con su pierna derecha. Hasta que la prensa uruguaya y la argentina lo notaron, los primeros llamándolo “trizaga” (porque ese gol debía valer por tres) y los segundos “La Chilena”, el nombre que quedó no solo en la historia de la Copa América, sino en los anales del fútbol.

Y así fue como partió todo, hace cerca de 100 años, con fútbol, incendios y chilenas.

Acerca de Juana Gonzalez 32 Articles
Columnista de Barrio Bravo. Estudió una de las carreras menos rentables del área humanista -y con eso se puede ver de qué va- pero, con mucha suerte, trabaja en lo que le gusta. Se retiró de las canchas a temprana edad por el bien del fútbol y hace poco, por primera vez en su vida, se abonó a un equipo: Palestino.

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