La patada de Eric Cantona, un villano libre

El partido se juega con aspereza, en atmósfera de niebla. Es la noche del 25 de enero de 1995. Manchester United, bicampeón del fútbol inglés, tiene una disputa tensa en el campo del modesto Crystal Palace. El número ‘7’ visitante es la gran figura del campeonato y el rústico pero venenoso defensa local, Richard Shaw, lo trata como tal: no le pierde pisada; le contamina el oído; lo muele a rodillazos imperceptibles; …y perceptibles también.

El número 7 de los diablos rojos es Eric Cantona, y comienza a fastidiarse.

Cantona vive apasionadamente, con talante agresivo, con temperamento de puerto. Así se expresa. Al marsellés el ahogo de la esponjosa marca, inevitablemente, le está restando las únicas dos causas que verdaderamente le importan: su orgullo y su libertad. Está a punto, está a un gramo de aire de estallar.

Ferguson, atento al escenario, desde la banca le pide calma. Conoce el carácter de su muchacho. El futbolista lo observa, es al único técnico que ha respetado; los demás han sido unos imbéciles que lo han encadenado, piensa en serio. Este no, este sabe putear: la rabia sale desde el consejo, no desde la excusa. Trata de dominarse, escupiendo mierda sincera que le brota desde el pulso.

De pronto, un largo pelotazo brinda la oportunidad. El delantero, que usa arrogante el cuello de su camiseta levantado, comienza el pique, perfilando la diagonal. La jugada de secuencia directa ya es un sello patentado y el estadio tirita de silencio. Pero cuando la carrera asumía el galope, desde atrás, Richard Shaw, sin asco estira el brazo y lo sujeta, frenando a Cantona. ¡¡La galería explota!! El famoso foul táctico se celebra como un gol. El ataque quedó en nada.

Ya es suficiente para Eric Cantona, y bajo el normal trayecto de su desquicio, se voltea y le regala una poco diplomática patá en la raja a su marcador. Un puntete necesario, exorcizando sangre. El arbitro, envuelto en la estridencia de las tribunas, no duda y le muestra la tarjeta roja.

Cantona se encuentra a pocos metros de Ferguson, quien no lo mira, ni parece mirar a ninguna parte, tan sólo mastica la impotencia; ¡se lo había advertido!, pero el francés cayó redondo en el flagelo de sus impulsos. Eric va rumbo a los vestuarios, con la adrenalina colapsándole el corazón. Y la cabeza espesa, en zona animal, hace paredes con sus ojos que expulsan fuego.

Justo en ese momento, un trol de voz chillona, con patética pretensión de hooligan, comienza a insultarlo. Una vez, dos veces, tres veces… Pero no se trata de los poemas típicos de la cancha. No. Son irritables frases xenófobas y racistas vertidas desde la piel de un muchacho que arrastra labios blandos y en la frente le brilla, con obvia elocuencia, una vida sin historias de cama. “Ese a mí no, ese a mí no”, se dice Cantona. El orgullo del francés no puede estar a prueba en un momento más delicado. Más viendo el rostro pálido de ese papelucho sin letra. Ya no hay peaje racional para la medida y sin amagues va en búsqueda del bocón. Gambetea a la contención de seguridad y en un acto lleno de estética criminal, patenta una deliciosa patada voladora en pleno pecho del casto veinteañero. Increíble. Mágico. Y brutal. Acto seguido, le pone colores a la escena con dos puñetazos a lo choro.

El escándalo es inmediato; el agredido se convierte en tibia celebridad; y, por supuesto, Cantona se marcha como todos los hijos de Caín nos hemos ido en algún momento de nuestra existencia: detenido.

Eric Cantona es la estrella de la Premier League y el refresco de una competencia históricamente hermética. De cierta forma, es la luz distinta del marrón fútbol británico. Se sabe de su comportamiento temperamental, vivamente irascible, pero poco importa, pues nadie en la isla busca en la cancha a un modelo de conducta que luego venda tarjetas de crédito en la tele, además, ese rasgo villano congenia con el espíritu en cancha de una sociedad tradicional pero seducida por esa honestidad salvaje y despeinada. Detrás de su carácter hay un guiño de libertinaje. Y desde su capacidad futbolística, imaginativa y sudamericana, comienza a refundarse un estilo de fútbol. O eso creen muchos. Incluso en este último incidente, que ha ido demasiado lejos, el antihéroe de Marsella es el rostro magnético de la competencia.

Así lo sabe Graham Kelly, uno de los dirigentes a los que debe convencer de mitigar o, al menos, no profundizar el castigo tras lo sucedido. Manchester United ya lo ha sancionado con cuatro meses sin jugar y dos semanas de salario.

Es el día de la audiencia y Kelly se le acerca en privado, sugiriéndole que se disculpe con todos, incluido el hincha, y de esa forma la pena será atenuada. El futbolista lo mira con desgano, pero parece entender y atender la propuesta del dirigente.

¿Pero vale la pena? ¿Siente realmente culpa?

Se sienta y escucha atentamente los cargos, hasta que llega su turno. Toma aire, mira al frente, y no se pone ningún disfraz, expulsando con tono ceremonial: “Pido perdón a todos: a mi club Manchester United, a mis compañeros de equipo, a los fans, a la Federación… Y también quiero disculparme con la prostituta que compartió mi cama la semana pasada; sé que no estuve en mi nivel”. El silencio lo quiebra todo, junto a la mirada atónita de una sala llena. Luego se levanta y se marcha sin mirar a nadie.

La sanción aumentó a ocho meses de castigo, diez mil libras de multa y dos semanas de cárcel que pagaría con 120 horas de trabajo comunitario. Ni contra las cuerdas dejó de ser él. Aunque si se lee atentamente, se disculpó con todos, excepto con el “hincha”. Se trataba simplemente de Eric Cantona, un villano libre. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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