La pasión de Iona

-¡¡¡Pégale, pégale!!!- Le gritaban sus padres desde afuera de la cancha. Sin embargo ella, fiel a su estilo, distribuía el juego. Un pase aclarando el resto de los movimientos, un cambio de frente abriendo los espacios, un puñal filtrado entre líneas. La volante no dejaría de ser quien era, aun cuando la competencia no se tratase de un partido normal. Más de dos mil muchachas en Quilín esperando llamar la atención de alguno de los veedores que se paseaban por las distintas canchas. Chile había sido recientemente invitado a Suiza para participar de un torneo femenino juvenil sub14 y se buscaba conformar una selección para dicha competencia. Y ahí estaba ella, como una más de esa multitud de jóvenes futbolistas que soñaban con ganarse un cupo en la nómina. Por eso desde afuera los gritos continuaban -¡¡¡Cómetela, cómetela!!! ¡¡¡Muéstrate, muéstrate!!!- No obstante, ese no era su fútbol. Además, aun cuando el deseo de ser considerada fuese el máximo anhelo que hasta ahí la vida le proponía, la heroína de esta historia contemplaba con delicia abrumada el trance de la pertenencia: era la primera vez que veía a tantas compartiendo la misma pasión; era la primera vez que veía en un mismo lugar a tantas como ella. Nunca antes había sido tan feliz.

Para Iona el fútbol no fue la extensión de un lazo con alguien más; no se estaba acercando a su padre o algún hermano al patear el balón. Tampoco una costumbre adquirida para involucrarse; al arco peleado del pasaje llegó sabiendo, sin pedir permiso. Darle con las piernas a la pelota resultó algo natural de su cuerpo, tan natural que lo construyó como su mundo. Persiguió álbumes, se robó láminas, coleccionó llaveros e imaginó cancha con Zidane.

Sus viejos lo sabían bien: su chiquilla amaba este juego, para ella el fútbol era el tiempo. Por eso su madre, quien tuvo que recorrer Santiago entero para encontrar una escuela de fútbol femenino años atrás, estaba desde la raya gritando como una barra brava. Mientras, Iona convivía con el nervio apremiante de entender que en esos momentos se jugaba la gran oportunidad que nunca creyó tener. Siempre fiel hincha de la Roja, mascando la rabia viva en tiempos de don Choco y ahora devorada atentamente a los primeros pasos del profe Bielsa, imaginar que ella podría usar esa misma camiseta, representando al país, la enloquecía. ¡Pero la enloquecía! Y es que hasta ahí la realidad dominaba la decepción: el espacio para tener anhelos siendo futbolista mujer en Chile era mínimo, tanto como una sandía azul, tanto como una buena canción de Cristían Castro. Sin embargo ahora se daba cuenta que eran tantas…¡Qué contradicción! Amaba cada segundo de verse rodeada de todas esas iguales, pero a la vez sabía que eran su competencia directa. Y por más romántico que fuese el momento, ella era una futbolista, eso era lo primero. Jugó para quedar. Sin gambetas de sobra porque así no lo sentía, pero sí dando el pase justo y moviendo al equipo.

Y ya quedaban mil, y ella seguía. Y luego quinientas, y de a poco el temblor de lo posible. Y cien, y un ligero y elegante “conchasumadre, conchasumadre”, recorría sus pensamientos. Y finalmente quedó entre las veinte seleccionadas para los entrenamientos. ¡No lo podía creer! ¡Era real! ¡Era real! … Claro que aún restaba timbrar el pasaporte. Tras un mes y medio de trabajo, de ese grupo sólo irían 13 jugadoras. Ella sería la última en subirse al avión. Llegó a su casa, se encerró en la pieza y abrazó su almohada, con escalofríos. Y lloró, a moco tendido.

Pasó el tiempo y la futbolista Iona Rothfeld ya era una integrante habitual de la Roja femenina. Con la 10 en la espalda y con un deslumbrante estado físico, desde la banda derecha hacía el trajín y mandaba asistencias letales. Definitivamente vivía el mejor momento de su nobel carrera. El próximo desafío era el sudamericano sub17, que daba cupos para para el mundial de la categoría en Trinidad & Tobago. La chiquilla coleccionista de álbumes y que miró con sensación perdida su futuro en el fútbol, ahora se acercaba a un mundial. ¡A un mundial! … Porque ella siempre quiso ser futbolista; no diseñadora, ni doctora, futbolista. Iona, con la 10 y por la banda, era una fija de la Roja. Pero ocurrió un imponderable de la juventud y de los postres, en clave chocolate. Iona se fue durante algunas semanas de viaje de estudios con su colegio y “sí, me lo comí todo”, reconoce a día de hoy. Un desliz que hoy resuena gracioso, mas en aquel momento la dejó con pie y medio fuera del proceso. El equipo chileno se tomaba las cosas en serio, ninguna regalaba nada y la exigencia era un mínimo común denominador. ¡Lo que tuvo que correr!

Y una vez más se subió por la ventana al avión, ya no con la 10, sino que con la 13 y en rol de banca. Fue duro, ¡durísimo! Pero sí reconoce un aspecto que le sirvió para siempre: estar en la banca le regaló la mirada colectiva de este deporte. Sumar para el grupo, dar una palabra de apoyo a una compañera, dejar todo en el entrenamiento. Chile clasificó al mundial, y ella estaba en la lista. Con la 13, un número que en principio detestaba y que ahora sentía personalmente suyo. El debut sería nada menos que contra la selección local.

Era el partido a ganar. En el grupo además estaban dos potencias como Nigeria y Corea del Norte. Si Chile quería tener opciones debía darle el golpe al anfitrión. Los entrenamientos fueron extenuantes, al borde de las lagrimas, pero valía, claro que valía. Y después de estos, Iona se quedaba practicando tiros libres, porque tenía buena pegada y el técnico nacional estaba convencido de que esa podía ser un arma frente a la trinitarias.
Los días previos fueron de absoluta ansiedad. Algunos ratos en la piscina del hotel y una que otra guerra de almohadas arriba de las camas, el resto, concentración. Iona fue sin computador ni distracción alguna: solo pensaba en el encuentro, en que Chile sumara de a 3 y esperar ingresar al campo de juego. A ratos hojeaba el libro “Orgullo y prejuicio”, buscando las respuestas que Mr. Darcy tenía para darle; en otros escribía…y hacía la pizarra. El partido lo jugó tantas veces…

El estadio estaba lleno, como nunca antes el equipo chileno había jugado; como todas ellas siempre soñaron hacerlo. Chile era un equipo de buen trato, con vocación ofensiva y saldría a lastimar. Ese era el plan. Lamentablemente el ritmo de las locales fue abrumador en los primeros minutos y tempranamente quedaron en desventaja. Iona, desde la banca, se sentía desesperada. De a poco las chilenas pusieron la pelota abajito e hicieron juego. Llegaban y llegaban, pero sin embocarla. De pronto: “Iona, a calentar”, fueron las palabras que remecieron a la número 13. Jugaría, al fin jugaría en un mundial. A los 70 minutos de juego y cayendo 0-1, ingresó a la cancha. Entró desajustada, nerviosa, sin ritmo. Pero de a poco se fue soltando, con el contacto. El pie junto al balón y el relajo. Lamentablemente, cuando hacía pie y movía la gallina, un descuido defensivo entregó el 2-0 para Trinidad & Tobago. Todo se desmoronaba.

Pero después de tanto sacrificio, ¿podían simplemente rendirse? Todavía quedaban algunos minutos. -¡Vamos, vamos!-

Restando 3 minutos para el final el estadio era de absoluta algarabía. No lucía así el rostro de Iona Rothfeld, quien concentrada como jamás alguna vez lo estuvo, estaba parada frente al balón. La distancia era aproximadamente de 35 metros. Un tiro libre más, podía pensarse. No lo creía así la número 13. Todas las chilenas poblaban el área esperando el centro. Tomó carrera, los 3 pasos de siempre y afiló el derechazo: el esférico viajó como un rayo, a toda velocidad, en estilo Juninho Penambucano, en estilo Iona Rothfeld: AL ÁNGULO, ¡¡GOLAZO!! El estadio quedaba en silencio, mientras los pensamientos de Iona apenas festejaban el gol: “el balón, traigan el balón”. Chile iba por el empate. Y las muchachas fueron por todo, arrinconando a su rival, escuchando desde la galería los ceachí del par de chilenos que hacían patria.

Y fue en esa dinámica que se abrió la puerta: una vez más falta para Chile, esta vez a unos 20 metros del arco, cargado a la banda izquierda. Iona no dudó y fue a buscar la redonda.

Apoyó el cuero en el césped, el que acarició un momento, conectándose con el refugio de su lenguaje. Miró la barrera, detectó la posición de la portera y dio tres pasos para atrás. Inhaló, exhaló, corrió y tiró la bomaba con el interno, secuestrando un resto de empeine; sintió el golpe, voló en curva, pasó la barrera, la arquera rendida…TRAVESAÑO… ¡¡TRAVESAÑO!! … Llegó un despeje apurado y sonó el pitazo final. Chile caía 1-2.

“Si hubiese puesto la pelota un par de centímetros atrás…”, aún se pregunta a siete años de aquello.

A día de hoy vive y persiste atadamente enamorada al fútbol. Lo sigue jugando, fiel a su querido número 13, y lo sigue conversando, masticando, dando la lucha para deslindar los prejuicios acerca de la practica femenina, y abrazándolo como todo lo que es: su tiempo, su vida. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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