La honesta locura del afecto

El 10 de diciembre del año 2013, O’higgins de Rancagua, luego del solitario gol de Pedro Pablo Hernández, conseguía bajar la primera estrella de su historia; fue una definición a partido único frente a la Universidad Católica en el estadio Nacional. Tras el silbato final en el quinto minuto de descuento, la galería sur cubierta de celeste al fin descargaba desde sus bocas aquellas palabras prohibidas: finalmente gritaban ¡CAMPEÓN! ¡CAMPEONES!… Pocas cosas pueden generar mayor éxtasis, pues desde el arrebato más sincero hay una proyección de tiempo, de identidad, de cariño; son pensamientos con ropa sentimental que visten el camino rutinario de los días. Y en este caso cayendo por primera vez en el mismo escenario de la realidad. Querer a un equipo es vicio de raigambre, y un motor de ilusiones dentro del sencillo abanico de los días de nosotros, la gente común.

En el campo de juego la celebración se desataba: jugadores y cuerpo técnico se estremecían en abrazos violentamente emotivos. El esfuerzo de un proyecto futbolístico de años, en que cada torneo el conjunto de la sexta región se acercaba más y más, ahora sí pagaba sus frutos. Y a lo grande, en juego decisivo, dominando y con cara de chico malo. El equipo del Toto Berizzo se había ganado con justicia el derecho a levantar la copa; era el premio del esfuerzo, al trabajo de los años y a un fútbol contagioso, agresivo, de carácter. Inevitablemente la última fecha del torneo regular se instalaba en el causa y efecto inmediato ¡pero qué partido! O’higgins debía ganar a Rangers en Talca para así al menos tener la opción de llegar a un encuentro que desempatara la liga, si no, el titulo sería para la Católica. En un juego eléctrico, cambiante, de corazón en la garganta, la visita logró dar vuelta dos veces la desventaja y en el último minuto del segundo tiempo Pablo Calandria, desde doce pasos que se movían y temblaban, cruzó el remate y sentenció un 3-4 para el manual del recuerdo. Dramático y espectacular. Los siguientes 90 frente a los cruzados simplemente renovaron la amistad con la épica. Sin embargo, la figura inmediata prontamente daba paso al verdadero sustento envolvente.

11 meses antes, la madrugada de un 9 de febrero, se vivió una tragedia. O’higgins, la tarde anterior, en un día de semana, visitó a Huachipato en Talcahuano derrotándolo 0-2. Todo era normal en una jornada más del fútbol chileno. Pero y en ese uno más, ahí estaba un grupo de fieles e incondicionales hinchas, raspando los bolsillos, sudando al nervio, cantando sin control. Para ellos no se trataba de una jornada más, se trataba del contacto con lo propio en un rato de sentido; era fútbol, su equipo y su mundo. De vuelta, con la alegría de los 3 puntos, diciendose entre ellos «este año sí, hueón; este año sí», en un minuto los tragó la fatalidad y el bus en el que viajaban de regreso a su otra casa se desbarrancó más de 100 metros en Cuesta Caracoles en la comuna de Tomé. De los 37 hinchas, 16 perdieron la vida. La noticia inició como un rumor de redes sociales, pero al cabo de las horas se ratificaba el crudo desenlace. El fútbol, que más allá de la cancha, se expande atemporal en el sentimiento relatado del hincha, se volvía mudo. El mazazo fue brutal. La honesta locura del afecto arrebataba a amigos de este juego.

No cabe duda, ese 10 de diciembre se jugaba por algo más, se hacía en honor al apego y al instinto persecutorio de la camiseta. No hubo entremedio, cada palabra desde la cancha fluyó hacia ellos, y en la galería el eco transcribía el pulso conectado «este año sí, hueón; este año sí». #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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4 comentarios en La honesta locura del afecto

  1. Un orgulloso celeste que admira desde hace mucho tus relatos, pero con este en particular con un nudo en la garganta y las lágrimas a flor de piel, gracias totales por este reconocimiento a esos muchachos que nos dejaron físicamente, pero que nos acompañan día a día

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