La historia del Manzana

Nací en la comuna de La Granja, en el sur de Santiago, al interior de una familia de origen humilde; mi padre es maestro carpintero y mi madre es dueña de casa. De chico fui el más gordito del curso, y como tenía la cara un poco colorada, no pasó mucho tiempo hasta que me bautizaron como el Guatón Manzana. Crueles los hueones. Y más encima la manzana roja nunca me ha gustado. Puta que la sufrí con ese apodo, de hecho, nadie en el colegio me decía Sebastián, ese es mi nombre, salvo los profesores, y ni tanto. Pero eso me enseñó a tener resistencia, o resiliencia como dice hoy en día la gente siútica. En fin. Ahora que estoy más grande lo agradezco.

Tuve cuatro grandes escuelas mientras fui creciendo: mi casa, la sala de clases, el recreo y la calle. Y obvio, en el recreo y en la calle, jugar a la pelota siempre fue la materia principal. Yo quería ser goleador, a lo Rubén Martínez, Beto Acosta, Marcelo Salas, pero como era el más gordito, a mí me dejaban en el arco. ¡Al principio lo odiaba! Con el tiempo empecé a sentir como que volaba, y me ponía un jockey, jurándome Benji Price. Las pichangas duraban hasta tarde y volvía pasado a tierra, con las manos pa la cagá, pero pleno. En 1994, cuando la moda del Super Nintendo se apoderaba de todos, yo estaba en la rama, en la casa no había plata nomás, así que mi hermano mayor a sabiendas de eso me convenció de pedir mi primer equipo de fútbol para Navidad: la amarilla del Rambo Rámirez. No me la quitaba nunca, la usaba siempre, y del arco tampoco salí más.

Mi biotipo no me ayudaba para ser arquero profesional, eso lo entendí en las canchas de Santa Rosa, creo que era el paradero trece, cuando tenía catorce años y medía un metro y sesenta cinco centímetros de la última punta del pelo pa abajo. La cancha estaba llena y decían que había veedores de varios equipos ojeando talento. Sería en ese campeonato de barrio cuando supe que para el puesto era un enano. En el pasaje pasaba piola, en el recreo también, pero aquella vez el arco me quedó gigante. Golpe bajo. En todo caso seguí jugando, siempre al arco; la de Baby quedó como mi cancha.

Una tarde, poquito después de la hora de almuerzo, el cabezón Felipe, un amigo, vecino y compañero del equipo de Baby que habíamos armado en la cuadra, dijo que nos habían propuesto un “Internacional”; así le decíamos a los partidos que jugábamos contra desconocidos de otras villas. Esos eran los partidos más esperados, los que se jugaban más concentrados, ¡los más de guapos!

Llegamos y cachamos que la cancha de baby estaba justo entremedio de los blocks, y los muros pintados se dividían en azul con rojo y blanco con negro, todo ahí mismo. Nosotros habíamos ido de blanco, de Colo Colo; minutos después llegaron ellos, de azul, eran de la U. Los vimos y fue adrenalina pura. Éramos cinco contra cinco, más una niña, la hermana de un hueón gigante que tenían ellos al que le decían “Tanque”. Loco, ella era preciosa, lo más lindo que en mi vida había visto. ¡Tenerla ahí era la media motivación! Pero como que siempre pasa lo mismo: ella finita, bonita, y el hermano un gigante culiao con mano de empaná y cara de matón. La vida a veces es muy injusta.

Nos juntamos como equipo y tiramos rápido la arenga. No podíamos perder, ¡nicagando!, era un clásico. Me puse los guantes, unos Reebok pulentos que me regaló mi hermano y llenos de talco (no sé de dónde chucha saqué que a los guantes se les ponía talco) me fui debajo de los tres palos; tosiendo por culpa del talco, ya que para colmo soy asmático; más colorado que la cresta, manzana roja de cuento; y justo con la hermana del Tanque mirando. La manerita de empezar…

Cuando el partido recién se iniciaba, nunca me voy a olvidar, escuché el sonido de unos bombos. Los cinco de nuestro equipo nos miramos y vimos que, a lo lejos, venía una tropa de hueones con banderas azules, y no iban al estadio, no, iban ahí, donde estábamos jugando. Y nosotros vestidos del Colo. ¡Oh, hueón, quedé helado! Al mismo tiempo, pero desde el otro lado, casi en respuesta automática, empezamos a escuchar unos cantos…, era un grupo de como quince cabros con banderas del Colo, y bates y otros palos que usaban pa hacer ruido. ¡Cómo no iban a llegar si estábamos al medio! “Va a quedar la cagá”, fue lo primero que pensé. Los almacenes que estaban alrededor, inmediatamente, comenzaron a cerrar, y la gente que iba tranqui caminando, al instante, desapareció. “Se puso brígida esta hueá”, me dijo el Patito, mi defensa. “¡Vámonos! ¡Vámonos!”, me decía ahora el Patito, porque estaban cada vez más cerca. Pero algo me pasó a mí, no sé bien qué…, a lo mejor entre tanto grito, petardo y susto, el instinto de supervivencia me incitó a seguir jugando. Nunca había escuchado tanta chuchada junta, en serio, si hasta aprendí garabatos nuevos pos hermano, pero si los escribo yo cacho que le entra un virus al teclado, así de cuma eran. “¡Juega Pato culiao! ¡Juguemos como sabemos y ganemos conchetumadre que pa eso vinimos!”, le contesté con más perso que nunca y en idioma de chuchás, si ya estábamos en esa. El fútbol era lo único que nos podía salvar, o no hacer pensar, que a veces también salva. Además, pese a todo, el ambiente te calaba los huesos, a lo mejor era miedo, pero mi cuerpo latía entero. Loco, era un clásico sin tele, sin auspiciadores, sin sociedades anónimas, pero ahí adentro había sentimiento y un grupo de diez pendejos jugando por honor. En el barrio, eso vale más que el sueldo de Messi.

Afuera ya había olor a todo y adentro el partido estaba parejísimo; pocos goles y harta pierna fuerte, pero siempre dentro del marco de la pelota. Hasta que de repente las piedras empezaron a volar por encima de nosotros. Ahora sí: afuera había quedado la cagá. Miro pa atrás en el tiempo y encuentro increíble que, en vez de frenar el juego, los diez niños de adentro seguimos. La pichanga fue nuestro refugio. A cinco metros de la cancha, el refugio era la pasta y la mocha.
Yo tenía miedo, más miedo que la cresta, pero igual seguía gritando: ¡¡Uno con uno!! Y “¡¡Vamos!!”, cada vez que hacíamos un gol. Por momentos miraba para el lado y veía como cualquier cosa del suelo servía de arma, y como la sangre caía sin sentido, y quería estar en mi casa, de verdad que sí; pero tampoco quería perder la pichanga, ese clásico, ni renunciar a jugar, de verdad que no. De pronto apareció otro sonido cerca de la cancha: era la baliza de carabineros. Al acto todos los choritos arrancaron, corriendo pa zafar. Y quedamos solamente nosotros, nuevamente, los mismos diez que empezamos el partido, y la más linda del mundo, la hermana del Tanque (¡ese hueón merecía la expulsión del minuto uno!), mirando tranquila desde la única banca. Los once, después de todo, seguíamos ahí. Cuático.

Ganar estaba para cualquiera, pero llegó la noche, en una cancha sin luz, y tuvimos que definirlo con un último gol gana todo. Otro clásico. Cayó pa nuestro lado. Fue el “¡¡Vamos!!” más fuerte que he gritado en mi vida, más que el penal de Alexis, más que los goles del Chupete en el Colo, más que cualquier otro gol. Es el partido más intenso que he vivido, el que más recuerdo, el que juego siempre en mi cabeza…, y mi cuerpo, aunque parezca loca la hueá, lo reconoce.

Cuando ya nos íbamos, el tío del almacén, que acababa de volver a abrir, salió y nos regaló dos jugos en sobre y un par de botellas de plástico. Ese fue nuestro premio. Llenamos las botellas con la manguera de una señora que estaba regando y terminamos haciendo amistad con los rivales, a la talla y al sorbo, mal que mal, éramos niños que se habían juntado a jugar a la pelota. El Tanque, eso sí, bien canalla y ojo al charquí, nunca le quitó la marca a su hermana. Desgraciado. Claro que un par de años después, en una fiesta colegial, la vi de nuevo; no estaba el Tanque, ¡al fin! Ella se acordaba de mí, por supuesto después de tamaña pichanga, y entre cachaña y cachaña, terminamos de la mano. Había que seguir jugando; yo creo que eso lo supe desde que era el Guatón Manzana y no me sacaba la camiseta del Rambo; aunque me quedó claro aquella vez en esa cancha, y de ahí para el resto de mi vida. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 413 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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