La escalera

Caminábamos ya de regreso, el matrimonio había pagado todas las expectativas, pero faltaba la última, para él, tal vez, la más sincera y urgente. La primera vez que hablamos, lo recuerdo bien, fue para advertirle que había marejada. Él iba con una tabla de body de pésimo nivel, el rayfilter marcado en la nariz y un paso altanero. No pasó mucho para que terminara sin tabla, escapando de las olas a nado y con la cara llena de susto. Fue una buena sacada de chucha y un lindo aterrizaje. Tras eso, con los días, nos terminaríamos haciendo amigos. De eso ya han pasado, no sé, tal vez 17 años. Y en esa misma playa, cada verano que fue pasando, se construían nuevas historias, legados que nuestros nietos agradecerán infinitamente.

Aprendimos de la noche y de las mujeres durante todos esos días, que fueron muchos; también de las mejores pichangas y tardes completas en el agua.
Nunca me voy a olvidar de la mina de Punta Arenas; fueron 3 veranos seguidos. El primer verano, ni el nombre ni una bebida. Lo miré con angustia y le expliqué que la cosa así no funcionaba; el segundo verano, ya más curtido y más malo, el nombre, una Fanta y la manito. Lento, lentísimo, pero un avance; ya en el tercer verano, claro, le sacó el besito.

Es que nos vimos crecer, guitarreando en la arena, las eternas caminatas por la costanera, las primeras borracheras; también los momentos de pena.
La construcción de la amistad, entremedio de expectativas comunes, diferencias necesarias y la eterna promesa de una risa al final del camino.
Y eso, que ya en si mismo es profundamente sustancial, no lo agota ni lo acaba. Porque en cada rinconcito hay una mirada que fue o tal vez que no fue nunca, pero se pensó e imaginó, y se estrujó hasta la última gota de vida en medio de ese paisaje tan propio. El vinculo familiar; ese almuerzo, esa pelea, el color de las toallas. Sus hermanas pequeñas chapoteando en el agua, primos con las paletas y su mamá, flotando, paseando a la ‘pepa’.

Quizás, por esa fuerza gravitatoria que tienen los recuerdos, su vieja decidió no volver a ir y así, sin más, cerró con llave y por fuera. Es que las arrugas, en definitiva, nos confirman que esto del tiempo es real y que lo de antes, lamentablemente, ya no vuelve. Y aceptarlo, duele, y con detalles, lo negamos. La juventud, ese bien preciado que parece estar siempre en presente hasta que desaparece.

Yo sabía que él necesitaba volver, a su casa, al lugar que lo identifica tanto como su nombre; o quizás más. Su hermana, no lo dudó y cumplió su sueño de casarse a pata pelada, ahí, en la playa; su playa, la de ella, sus hermanos, su madre, su papá que los dejó de enanos pero con el legado de ese aire. Y del brazo la llevó mi amigo, no a pata pelada, pero con el pecho seguro de quien pisa el suelo que te pertenece. Porque de eso se trata la identidad, reclamar lo que te pertenece.
Caminábamos ya de vuelta, conversando lo de siempre, es decir, cosas nuevas. Ahí, bien atento y voraz tratando de capturar al máximo mis ideas, también mi realidad, que siempre es brumosa.

Acordamos un carrete en Santiago y le confesé que recién ahora siento que paso a sentirme un hombre; es que estiré todo lo que pude mi inmadurez; lo pasé bien, pero llegó el momento de ir por más. Por supuesto que también aparecieron las mujeres y ahí nos clavamos un tiempo, como pasa con los ojos y una pollera bonita, y el tono agarró ritmo, como la agitación que te produce una cómplice inteligente. Una nena graciosa, que te empuje y lleve tus pensamientos a mucho más que la cama. Siempre hay que buscarla y mientras la conversas y la imaginas, el mañana se promete más dulce, y por supuesto, más salado.

Obvio que le metimos al fútbol y nos cagamos de la risa con lo mañoso que es Gonzalo Jara.

Ya había que despedirse y al fin, después de tanto tiempo, bajaría la escalera; la escalera que está en su registro inconsciente; la escalera que da con el edificio; la escalera que lo lleva a su casa y a él mismo.

La bajó lento, masticando cada segundo, tragando el viento, con los ojos bien abiertos; con los ojos llenos de recuerdos.

Es que en algunos casos, si se quiere, lo de antes, afortunadamente, sí vuelve. Abrió la puerta y se reconoció. Durmió feliz. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
Contacto: Twitter

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