La casi historia de amor del ‘puntete’ Rivera

Por esos días todavía no era conocido como el “Puntete”, tan sólo como Rivera, ‘el Rivera’ más precisamente. Así lo llamaron toda la vida en el colegio, lo mismo en el instituto, igual en el trabajo. Endeudado como la mayoría de los chilenos, trabaja para pagar deudas, las cuentas básicas y la liga de futbolito. Se da ciertos lujos, obvio, como todo el mundo; el schop de los viernes no lo perdona, a veces va a ver malas películas gringas al cine y también, al estadio, una tradición que no afloja pese a los precios, los ridículos horarios o las barras bravas.

El Rivera toda la vida ha sido futbolero, de esos troncos con el pie plano que nunca se resignaron, que siempre dieron la cara en el recreo… que siempre anhelaron ser parte de alguna selección escolar. Se sabe, ganas tenía, también los implementos, porque ese fanatismo venía heredado de un padre que al igual que él, tenía una pelota en la cabeza. Cómo sufría la señora Irma, su madre. Sufría, porque de la frustración pasó a la indiferencia, y luego a un sigiloso amante. Amante que también es futbolero, pero moderado. Es que lo de ambos Rivera es un tanto alocado: la radio nunca se prende para otra cosa que no sea un partido; cualquier partido. Y la tele, bueno, para qué seguir ahondando en lo obvio, tan sólo decir que no cambian la liga mexicana, e incluso, ya le tienen algo de cariño a Maurizziano, todo un caso.

El Rivera es de esos hombres actuales que no saben en dónde ubicarse en esto de las relaciones con las mujeres; cualquier actitud independiente de una falda, lo descoloca, de cierta forma, lo debilita. Habituado a las costumbres -visuales- de su casa, a un lenguaje generalizador y machista, el nuevo rol femenino siempre lo pilló a contramano. Desesperado por su ‘mala suerte’, gastó fortunas en remoliendas e incluso una vez se vio las cartas del tarot. Lo increíble es que es casi el único caso en que el Tarot arrojó un pésimo augurio: “En el amor deberás seguir esperando”, le dijo la bruja sin mayor ceremonia. Luego de putear a la tarotista, se prometió a si mismo cambiar su destino. Y lo que pensó fue dramático: “¿Cómo estaré de cagao que ni la tarotista se anima a mentirme?”. No, el hombre tenía que hacer algo, pero claro, no tenía idea qué.

Como les contaba, el Rivera es malo para la pelota; en su liga está relegado al banco de suplentes, aunque como cumple con el pago y los horarios, juega unos minutos, de cualquier cosa, restando adentro de la cancha. Con todo, lo importante para él es agitarse, sudar un poco, sentirse parte de algo, estar en un grupo chat de whatsapp. Por supuesto, al igual que de niño, está full equipado, de marca y casi nuevo.

Un buen sábado por la tarde, estaba el Rivera en un paseo con los compañeros de la pega; un paseo por el aniversario de la empresa. Llegó bien vestido, bañado en Axe y una promo de pisco con coca cola light; hacía unos días que estaba tratando de cuidar su figura, ponerse más buenmozo, ganarle al presagio del tarot. Incluso salió a trotar, ni les digo lo que fueron esos primeros 5 minutos. También fue al mall y se compró ropa nueva, algo infantil al elegir ‘Maui’, pero nueva al fin y al cabo. Casi se puso osado y se rapó los costados de la cabeza, aprovechando que está de moda, pero se acojonó. Además, él es tradicional y usa zapatos negros, los de toda la vida.

Tragos, tallas y el folclor. Apareció el Rojo Díaz, el presidente del sindicato, con su guitarra y los temas obvios que ya todos se imaginan; hubo un torneo de penales, del que Rivera no alcanzó a participar por exceso de protagonistas; y ya cuando el sol se disponía a pegar tierra derecha para abajo, comenzaron las historias, esas que nunca sabremos si son verdad o mentira, pero que o sacan carajadas, o pierdes crédito social. Demás está decir que el “Puntete” Rivera era pésimo contando historias; no tenía matices, ni decibeles, ni cambios de ritmo. En definitiva, cero carisma.

Si bien es cierto la dinámica lo tenía preocupado, en el fondo sabía que su turno no estaba asegurado y que alguien lo usaría sin consultarle. De pronto, lo improbable: la Carlita, la más rica de todas, una rubia teñida bien apretadita, lo miró y le dijo, “Ya, Rivera, te toca”. Y en su mirada había una orden, porque llevaba años siendo el florero de mesa; se sabía observada, así que aprendió con el tiempo a dirigir y mandar, y le encantaba. Por supuesto, los hombres en general, estúpidamente, le hacían caso. Nuestro Rivera, evidentemente, no supo gambetear esos ojos.

En la medida que el silencio le daba la entrada, se tomó raudo su piscola; no sabía qué chucha decir. Sin embargo, hubo un factor que el Rivera no tenía en cuenta y que le sería de gran ayuda: mientras estuvo en nada mirando como los otros pateaban los penales, un pelado de ojos rojos, se fumó un Bob Marley a su lado. El Rivera no le hacía a esas cosas, pero se tragó todo el humo.

La presión, de repente, se esfumó y lo que nunca antes había pasado, pasó: se puso creativo. Todo lo que dijo era mentira, ¡pero lo contó con una pasión!: se paraba, gesticulaba, metía pausas, cambiaba de tonos. Nadie pestañeaba, y la Carlita comenzó a sentir cosas por ese perno de blue jeans con zapatillas de trote. ¡Y la historia le salió güena!

¿De qué se trataba la historia? Él y su equipo, ‘Los malacticos’, definiendo el último lugar de la Copa tapita, la copa más charcha de una liga mala. Extraordinario. El partido tuvo de todo: mocha, expulsados, lesionados, minas mirando, goles perdidos, etc. ¡Las carcajadas que sacaba! Y ahí, en un 13 a 13 de mete y ponga, donde la pelota lloraba más que oído en discurso de la Ena: el autogol del Rivera. Maestro. El Rivera se cagó de la risa de si mismo, y el autogol, lleno de mímica, fue de puntete. No es que haya querido que fuera de puntete, pero nuestro galán era tan discreto para el fútbol, que hasta sin pelota era malo, así que así pareció. Sacó aplausos.

La Carlita ya no daba más, de pronto le pareció misterioso, y divertido. Sí, le gustó. El Rivera, ahora un poco más popular, estaba rodeado de más gente, integrado, y ella no perdió la oportunidad de mandarle las señales. Señales que por supuesto no captó. Absolutamente descolocada, miraba como el ahora “Puntete” Rivera se tomaba otro trago más. Sí, el lector me imagino que está sospechando lo evidente: el “Puntete” se estaba curando. Pero él no lo advertía, ella tampoco. De pronto, la música y el bailecito; ella ya lo tenía atrapado. “Puntete” al fin entendió de qué iba la cosa, y pensó en su pasado, también en ese futuro del tarot, miró su presente y suspiró hasta el fondo.

Cómo no sabía qué decirle, no le habló. Una maquina. Y cuando ella le hablaba, él sólo la miraba y le decía que sí con la cabeza. La Carlita se sintió al fin comprendida. Ardiendo, ella fue al baño a emperifollarse, se ajustó sus atributos y salió decidida. Pero el “Puntete” Rivera ya no estaba. ¿Adónde estaba el “Puntete”? ¡No, no, no! Nuestro héroe estaba en una silla, con el mentón en el pecho y roncando. Sí, el “Puntete” Rivera se nos quedó dormido. Justo, justo, justo cuando era su momento, ¡apagó tele! Y ahí quedó el “Puntete” Rivera, en coma; casi le ganó al tarot, casi se ganó a si mismo, casi tuvo una historia de amor. ‪#‎BB

Acerca de Roberto Meléndez 414 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
Contacto: Twitter

1 comentario en La casi historia de amor del ‘puntete’ Rivera

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*