La cancha de Mariana

Es sábado por la mañana en Puente Alto. Por las ventanas ya se escuchan las cumbias y bachatas de fondo que acompañan el aseo matutino y el agrio despertar de los encañados. Excepto en la casa de los Sandoval, donde Mariana, la madre, señora y jefa de hogar, salió temprano para irse a su segunda casa: el Centro Deportivo Amador Donoso, sede del Club Nueva Esperanza. A las diez juegan los cachorros, esos que siempre le sacan una sonrisa cuando se ponen a cancherear con un balón que les llega hasta a las rodillas. Son las nueve en punto y ya está en la cancha, acompañada de su termo con café y lista para recibir a sus pequeños jugadores que sacan pecho en el colegio cuando cuentan que su entrenadora es la mamá del príncipe, Charles Aránguiz.

Llevaba una semana dándole vuelta al partido de hoy, después de que Mataquito les robara un empate en el último minuto. Todo por una chambonada del Kevin Melo que otra vez trató de salir jugando a los 90’, en vez de reventarla como se cansó de pedirle en los entrenamientos. El cabro de miechica era bueno pa la pelota, pero porfiado como ella misma. Aún recuerda perfecto esas noches, hace más de 20 años, en que su marido y sus hijos le rogaban que dejara de entrenar, sobrepasados con la lluvia de puteadas que cada fin de semana le caían desde la galucha. La hinchada del Nueva Esperanza era cosa seria y no podían entender que una mujer fuera la DT de los juveniles del equipo. Pero ella no se iba a rendir tan fácilmente. No después de todo lo que le había costado cumplir el sueño de dirigir al club de sus amores.

Su papá, sus hermanos y la cancha: la imagen era nítida a pesar de los años. Ahí estaba ella, de 5 o 6 años, concentradisima viendo el partido y a su padre desaforado gritándole al Mario que profundizara por la izquierda. Y después la celebración al escuchar el silbido del árbitro cobrando un tiro libre, la especialidad del clan Sandoval. No se ponía nerviosa, era gol seguro, pero se emocionaba soñando despierta con su hermano acariciando la pelota con la comba izquierda en el pasto del Nacional. Era lo que más quería en el mundo: ver a uno de sus hermanos llegando al fútbol profesional.

No se pudo. No era fácil pasar de los potreros al profesionalismo, y aunque uno de ellos alcanzó a jugar un par de partidos con Palestino, ninguno de los Sandoval pudo dedicar su vida al fútbol. Pasaron los años y Mariana se convirtió en madre, pero su amor por el deporte rey y el club de Villa Diego Portales seguía más vivo que nunca. Y de nuevo empezó a soñar cuando vio a Gilberto, su hijo mayor, derrochar talento con una pelota en los pies. Lo llevó al Nueva Esperanza y no se perdía partido de su primogénito. Las mamás tenían su sector en las galerías, pero ella prefería estar ahí, al ladito de la cancha, para que su hijo escuchara bien sus instrucciones. Después de ver su entusiasmo, los dirigentes le ofrecieron ser parte del club. Sus labores iban desde preparar sándwiches a ordenar las camisetas del equipo, aspectos auxiliares, pero las que hacía con la misma pasión que le generaba el fútbol.

Tanto era su fanatismo que un día se decidió: juntó todas sus agallas de madre y se inscribió en el curso de dirección técnica de la ANFA. No sabía qué eran los wins ni podía sacar un córner, pero no se dejó intimidar por nadie ni nada y terminó con su diploma bajo el brazo. Llegó con él a las oficinas del Nueva Esperanza y terminó convenciendo a los dirigentes que le dieran una oportunidad; no era algo fácil que la tomaran en serio, pero fue tal su determinación que lograría salir de la oficina como la entrenadora de la categoría cachorros y juveniles. ¡Nunca se había sentido así de viva!

Desoyó todos los consejos que le sugerían abandonar el cargo tras los primeros resultados -Marianita, esto no es para usted, no se exponga- o -Ahórrese el mal rato, no es bonito ver a una mujer recibiendo tanta chuchada- sin embargo, confiando plenamente en ella misma, se mantuvo en el puesto. No había que rendirse, cómo recordaba en cada charla con sus jugadores. Aguantó el chaparrón a puro carácter y gozó como nadie cuando llegó la primera copa con el Nueva Esperanza. Los mismos que la apalearon, se cansaron de levantarla en andas tras los 9 campeonatos que ha logrado como DT, cargo que todavía ocupa en el Nueva Esperanza.

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