Jürgen Klopp: sueños, derrotas y pasión

Para su cumpleaños número 7, Jürgen Klopp no recuerda cuáles fueron los deseos que pidió antes de soplar las velas, sino el momento preciso en que el fútbol se convirtió en su indispensable; el gol a media distancia de Paul Breitner por la Alemania Federal a Chile en la fase de grupos del mundial de 1974. Categórico, fulminante y letal, mandó a los chilenos de vuelta a casa, a los germánicos divididos un poco más cerca de una copa que debía quedar en casa y a Klopp deseando sentir una y otra vez, por siempre en su vida, la emoción del triunfo.

Como una pasión que no se controla, una adicción a algo más que la sensibilidad, Klopp se probó en cuanto club se le cruzó por la mente. No importaba si el sacrificio era pasar de la cancha a algún trabajo de perro para pagar la olla. Porque el fútbol no es de medias tintas. En el fútbol se gana o se pierde. Un sistema tiránico que de democracia también tiene: no solo el mejor llega a la cima.

Fichó por el Mainz, un equipo de 2° división con un pequeño estadio y una pequeña hinchada, como delantero, aunque luego fuera enviado a defender. Sabía que en realidad, tenía suerte. Con sus brillantes habilidades futbolísticas en la cabeza pero sin la capacidad de traducirlo a jugadas, vestía la camiseta que merecía, no más, no menos. También sabía que su liderato dentro de la cancha radicaba no en su técnica sino en su inteligencia y carisma. Sin embargo, no podía evitar pensar que quizás lo suyo no era estar dentro, sino fuera. Quizás él no debía ser jugador, sino entrenador. Y mirando el techo de su pieza fantaseaba con el trueque: los botines por el asiento en la banca.

Pasaron muchos años antes de que su deseo se materializara y para su sorpresa, la oferta vino de su propio club. El Mainz atravesaba por unas de sus crisis más agudas y solo él podía apagar el incendio. No tenía un plan y académicamente solo lo respaldaba su título de Educación Física con una tesis sobre ‘caminar’. Pero de todos los profesionales que barajaron, siempre llegaban a la misma conclusión: tenía que ser ‘Kloppo’. Sin necesidad de pensarlo mucho, dijo que sí de inmediato. Pero en esa larga espera por lo que se desea, aprendió dos cosas: 1. los técnicos no pueden permitirse soñar y 2. La historia necesita tiempo. Así, al día siguiente entró al camarín de siempre, con sus compañeros de vida, no para vestir short y camiseta, sino para decirles cómo había que salir a la cancha: con ganas, con todo y con la fe de que nada es más importante en el universo que lo que sucede en esa cancha durante esos 90 minutos. Con intensidad, deseando adictivamente recuperar la pelota e ir para adelante. Así, de jugador pasó a entrenador. El Mainz, al borde del descenso, ganó sus siguientes 6 partidos. Y como si sus triunfos anteriores solo hubieran sido una premonición de lo que venía, Klopp celebra no como parte de la fanaticada, ni tampoco como el entrenador que ve su cosecha, sino como ese primer gran sueño de sentirse Paul Breitner en ese ya lejano partido contra Chile en 1974.

Pero, tal como él mismo sabe: en el fútbol se gana o se pierde.

Al Dortmund llegó como siempre, con la mística de sentirse el elegido para resolver conflictos y hacer con poco demasiado. Se había enamorado de la hinchada hace tiempo, de su estadio, de la ciudad, de su fútbol. Sin embargo, se resistía a la idea de soñar y solo, entre cervezas con los amigos de años, les confesó que el arribar a ese club germánico era su segundo gran sueño. Y se cumplió. Lo llamaron al poco tiempo y entró al camarín pisando fuerte, con la ambición saliendo por los poros y con la intención de aprovechar lo que el resto veía como un desastre. Lo que sucedió en las temporadas siguientes ya es conocido: atacar y contraatacar para ganar. El bicampeonato de la Bundesliga la prueba de que era posible.

La final de la Champions entre el Bayern Munich y el Borussia Dortmund el 25 de mayo del 2013 tenía todas las características para quedar en la historia: dos equipos alemanes, uno gigante y otro que se abría paso como nunca antes. Irremediablemente, el partido más importante en la carrera de Jürgen Klopp. Pero la historia necesita tiempo y ese no era el momento para sellar el gran título, porque la épica es más larga que eso.

Este miércoles, Liverpool perdió 3-1 contra el Sevilla en la final de la Europe League. Al puerto inglés llegó de nuevo por la sintonía de la hinchada, la vida del club con sus pesares y victorias, además de la intención de reivindicar un pasado glorioso con él como protagonista, como eje de hacer posible lo imposible. Sin embargo, otra medalla de plata para Jürgen Klopp, quien si bien está cansado de la monocromía de su oficina, está seguro que no está haciendo las cosas tan mal.

Los tres equipos que ha entrenado tienen como himno You’ll never walk alone de Gerry and the Pacemakers. Nada premeditado pero sí una coincidencia que solo le agrega mística al genial Jürgen Klopp, quien persistirá soñando, con las derrotas a cuestas, lleno de pasión.

Acerca de Juana Gonzalez 32 Articles
Columnista de Barrio Bravo. Estudió una de las carreras menos rentables del área humanista -y con eso se puede ver de qué va- pero, con mucha suerte, trabaja en lo que le gusta. Se retiró de las canchas a temprana edad por el bien del fútbol y hace poco, por primera vez en su vida, se abonó a un equipo: Palestino.

2 comentarios en Jürgen Klopp: sueños, derrotas y pasión

  1. Puta que es lindo ver a los equipos de Klopp, ojalá se llevara chilenos, que encajarían perfecto en su esquema (Gary, Charles, Díaz o Isla)

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