Humberto Suazo, el goleador

Recibe un pase de Jorge Valdivia al borde del área y apura con un breve toque al balón, este pasa por entre las piernas de un rival, e inmediatamente otro fino toque, esta vez de emboquillada; la pelota flota coqueta por encima del portero y se abraza mansa en la red: golazo. Es la Copa América de Venezuela 2007, la selección chilena ahora cae 1-5 frente a Brasil. Humberto Suazo acaba de anotar un gol genial, nada menos que al ‘scratch’, pero no puede celebrarlo, ni siquiera amaga una sonrisa. Chile finalmente caería 1-6 y se iría no sólo vapuleado en cuartos de final, también con una imagen de escándalo, de continuos papelones.

Un par de días atrás, el técnico Nelson Acosta autorizaba una celebración por parte del plantel, en medio del torneo, tras avanzar de ronda. De los 12 equipos iniciales, la selección se colaba entre las 8 mejores: para un carnaval. El resultado de la historia es conocido: ‘jamonazos’ en el hotel, boleta a manos de la “Verde-Amarela”, 6 jugadores suspendidos por 20 partidos (se reduciría a 10), la renuncia “indeclinable” de don Nelson. El ‘equipo de todos’ comía fango, sin embargo, el bello gol de Suazo queda, junto al buen torneo que hizo, y la dignidad mostrada.

Humberto Suazo casi fue uno más de esos tantos futbolistas con potrero vivo que estuvo a segundos del destino de no ir más allá de su barrio. Su contextura física gruesa, tan del pueblo, invitaba a la desconfianza, al igual que esa personalidad distante, a ratos fría, sin dudas displicente, tan del mar y el puerto. Suazo, un tipo tímido, introvertido, de cuna sencilla, adentro de la cancha se transformaba, bordeando la agresividad que requiere la victoria, estimulando una vanidad rebelde cuando se trataba de fútbol. Además, se reconocía bueno, en cualquier cancha: arena, tierra, pasto. Esa relación de espacios opuestos alteraba el perfil, construía una imagen impredecible; no sólo para los demás, para él también. De ese modo, encerrado en el desconocimiento, sin lograr encasillarlo -ni encasillarse-, conducirlo era difícil. A su alrededor el murmullo habitual era ese de “tanto talento desperdiciado”. Así no fue extraño que la respuesta indisciplinaría llegara con la adolescencia, tampoco que volviera asiduamente a su casa, al lugar donde no necesitaban hacerle preguntas para saber cómo estaba; a las canchas donde simplemente jugaba y no tenía que responder por esquemas ni kilos.

No obstante todo lo anterior, nunca se despegó del fútbol, era lo que mejor hacía, donde mejor se sentía. Mientras estuviese cerca de la redonda, la oportunidad de mostrar su capacidad innata era cosa de tiempo. Y el tiempo llegó.

De la brisa hogareña y bohemia de San Antonio a la presión de Santiago. La rompía cada vez que jugaba, pero el resto del tiempo el suplicio le hacía mella. Universidad Católica hizo el esfuerzo, pero bajo el concepto equivocado: esa formación integral donde el éxito es el ángulo primario. Suazo, todavía joven, sólo quería patear una pelota. Enviado a préstamo a Ñublense, ya no volvería. Tras eso, la ruta larga y comenzar desde abajo, bien abajo. Fue ahí, en la difícil, cuando comprendió que esto es un suspiro, y ya sin arrebatos comenzó a hacer goles y entrenarse callado. Primero volviendo a sus orígenes en San Antonio, ya con los pulmones llenos, la descoció en Magallanes , luego en San Luis de Quillota. Fueron tantos goles que de tercera división pasó a primera: Audax Italiano depositó la confianza y el ‘pelado’ no falló. Todos los domingos por las noches veíamos algún gol de Suazo, muchos de ellos golazos, de esos que se hacen en el recreo del colegio. Todo, siempre, excesivamente natural. Tan natural como su llegada a Colo Colo. Cercano a los 25 años daba el gran salto de su carrera, y como si nada, respondió. Respondió tanto que ese mismo año hizo 47 goles por el cuadro albo. Sí, 47. Ese año, el 2006, sumado a sus 4 tantos por la selección chilena, en la que poco a poco comenzaba a insertarse, lo erigieron como el máximo goleador del mundo de esa temporada. El muchacho, que tan solo un par de años antes jugaba en el mundo amateur nacional, ahora estaba en Suiza, con Mourinho, recibiendo un premio.

Monterrey pagó 5 millones de dólares por él. Justamente, tras el gol a Brasil en esa Copa América de 2007, viajó a México para iniciar un camino inolvidable, el mejor de su carrera.

El comienzo no fue sencillo, el alto costo de su pase, la llegada de estrella y los egos en un camarín ya formado se la pusieron complicada. Por supuesto la prensa estuvo siempre cerquita, haciéndolo mierda: “Que gana mucho”, “Que es aburrido”, “Que está gordo”, etc. Los primeros meses parecían ser los últimos. Independiente de Avellaneda lo quiso amarrar, pero claro, en múltiples cuotas. Finalmente se quedó, y ya instalado, con las conversaciones hechas y el rostro desafiante, asumió desde el juego su liderazgo. Quizás Suazo no haría un discurso ni una arenga, tampoco sería quien iba a dar consejos a los más jóvenes, ni menos iría a un show donativo para endulzar la imagen, Suazo jugaba muy bien al fútbol y era eso lo que inspiraba a sus compañeros. Humberto lideraba desde la pichanga, junto al gol cuando más se le precisaba. Ese atributo de bajo perfil, un tanto enigmático, además de goles y más goles, terminaron en lo obvio: ídolo de la hinchada. Y una vez Humberto Suazo se sintió en casa, querido e importante, llegaron los títulos. Paralelamente a Monterrey, la selección chilena cambiaba su ruta con Marcelo Bielsa; Suazo era el goleador del equipo, acaso su figura más importante.

Dentro de un recorrido veloz y explosivo, pudo cumplir su sueño de jugar en Europa; serían sólo 6 meses, además de una lesión que lo tuvo al borde de perderse el mundial de Sudáfrica 2010. Mundial al que igualmente llegó sumamente disminuido, rebajando ampliamente las opciones de una renovada y joven selección. Con todo, su aporte fue indispensable para salvar a Zaragoza del descenso.

Regresó a Monterrey y cómo no podía ser de otro modo, lo hizo de forma espectacular, anidando definitivamente su nombre en el club mexicano. La final de ese mismo año ante Santos Laguna seguramente será un momento inolvidable en la carrera de Suazo; anotó dos golazos, el segundo partiendo desde mitad de cancha, eludiendo rivales y definiendo con un pique cruzado fenomenal con la zurda. El estadio se vino abajo y sentenció el definitivo 3-0. No sería lo único, luego se consagraría tricampeón continental con el conjunto azteca. Y sí, Suazo anotó en las tres finales.

Ya con menos aceleración, descendió su posición, pero aún así fue útil: tenía calidad y perspectiva para generar buenas asistencias. Suazo, con tal de jugar, se reinventaba.

Su carrera debía terminar con honores en Colo Colo, sin embargo, disputas internas y el manejo a través de tinterilladas acabaron su carrera en la justicia, bajo el “yo te dije”, “tú me dijiste”. Rasca. Penoso. Seguramente Suazo ya no era el mismo de antes: un par de garabatos le ahorraron la plata a Colo Colo, los tribunales hicieron el resto.

Hoy, cuando Chile es bicampeón de América, el nombre de Suazo parece reducido, atrasado, pero fue hasta hace tan poco tiempo que era nuestro ‘9’ y ese goleador que llenaba portadas…y los relatos más apasionados de la tele y la radio.

Acá en Chile se fue por la puerta trasera, sin embargo, el domingo 10 de junio de 2016, en Monterrey sí le hicieron un sentido homenaje: en un abrazo inextinguible del recuerdo; porque quien te hizo vibrar, soñar y algún-cualquier-día más feliz, lo vale, claro que lo vale.

Camino y goles con estampa alternada y bella de barrio; Humberto Suazo, el goleador. ‪#‎BB

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Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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1 comentario en Humberto Suazo, el goleador

  1. Gracias por recordar a este enorme jugador, el más grande en la historia de nuestro club. En un mundo dominado por la mercadotecnia y la individualidad, Humberto dejó un legado construido desde lo más hermoso del fútbol: el trabajo en equipo.

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