Hoyito patá

Iba caminando por la playa y me encontré con un compañero de colegio, el Juan Riquelme. Años que no lo veía. Nunca fue de mi banda, este se sentaba adelante, nunca un rojo, jamás una anotación; nada que ver con la mafia delictiva que estaba atrás. Este hueón era un buen tipo, un sujeto que le iba a aportar a la sociedad, alguien a quien Claudio Bravo le dedicaría un tuit homenaje o Farkas lo premiaría con 5 palitos. Sí, un hueón ejemplo, un chileno diferente. Sin embargo, todo cambió en un recreo:

Era abril y él caminaba por el pasillo, con los zapatos lustrados, sin sudor. Penca, pero en su estilo. Paralelo a eso en la cancha se jugaba la pichanga de siempre: 15 cursos al mismo tiempo, 15 arqueros, 15 pelotas, la media cagá. Glorioso. Nuestra costumbre, al toque del timbre, era jugarse un hoyito patá exprés. Timbre, caño y moliendo de patadas en la raja al incauto. Hasta la sala, lo que en nuestro colegio no era poco. El hoyito patá es una institución demasiado noble. Además es profundamente democrática: le puede pasar a cualquiera, aunque todos lo sabemos, siempre es al mismo personaje. Nuestra victima favorita era el Meneses, un flaco que por buena gente se llevaba la maldad colectiva. ¡Qué buenos puntetes te llevaste, Meneses! Y nunca lloraba, ni ponía las manos: un hueón muy digno.

Claro que ese día, la situación fue otra.

El cabezón Cristopher era un pasado a caca ingobernable; se juraba bueno pa la pelota, se juraba mino, se juraba inteligente. Un juraba de mierda. Pero era cagón porque antes del timbre se iba, nunca se jugaba el hoyito patá. Excusas más, excusas menos, daba igual, a ese hueón todos le queríamos pegar una patá en la raja. Y ahí iba el hijo de puta, timbre y a la sala… mientras el balón, coqueto, buscaba al Meneses. La normalidad siendo normal, hasta que el enredo de pelotas saca la nuestra al pasillo, justo al lugar donde estaba… Juan Riquleme. Juan, impecable, con su bolsa de ramitas de queso, en vez de correrse, plantó barrio y le dio un toque tres dedos a la pelota, y la redondita, mimosa, viajó en sombra y encontró las piernas abiertas del cabezón Cristopher que iba a la fuga: ¡¡¡HOYITO!!! Ninguno dudó, 25 salvajes corriendo detrás de la raja del cabezón, con furia contenida, con odio adolescente, una belleza…¡Lo que fue esa carnicería! ¡Hasta Juan Riquelme le dio una patada! Qué gran día fue, qué recreo más destacado.

Luego de eso, Juan jugó un poco más, se sentó ya más atrás y lo pervertimos. Hoy es un tipo feliz y al verlo nos cagamos de la risa. #BB

Acerca de Roberto Meléndez 413 Articles
Creador de Barrio Bravo. 30 años. Viviendo en la playa y escribiendo. Delantero con poco compromiso defensivo. Galán de rachas... esperando que llegue la racha. Convencido de la validez y fuerza de esta idea. Agradecido de todos quienes le dan el aguante a este espacio. Salud.
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